Perdieron Nava y Ortega

por Gabriel Pérez Osorio / Desde Abajo

La curiosa primer conclusión de un sinnúmero de “analistas” es que en las elecciones del domingo pasado, hubo ganadores. La segunda, más curiosa aún, es que esos ganadores son eso que se llama Partido Acción Nacional (PAN) y Partido de la Revolución Democrática (PRD) y, otros, ya picados, de plano le levantaron la mano a esos bodrios llamados Jesús Ortega y César Nava.

Y hay unas inocentes criaturitas del señor que de plano alucinan un triunfo de la democracia sobre la violencia y de la ciudadanía sobre los poderes fácticos del Estado. Quizás se estén refiriendo a Polonia, porque en México, eso simplemente no ocurrió

Como en casi todo, no existen las verdades absolutas. Un análisis un poco más serio permitirá observar que, desde el punto de vista estrictamente matemático, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) tendría que prender todas las alarmas que tenga a la mano, si no quiere ver en riesgo la elección del Estado de México, pero aún así, es el claro ganador de la jornada.

Un segundo análisis, objetivo, debería arrojar, pero a patadas, a Nava y Ortega de la dirección de sus partidos.

El domingo, el PRI, como partido, sufrió un doloroso descontón, pero el priismo y la esencia misma del ser priista está más viva que nunca.

Donde perdió el priismo del gobernador Ulises Ruiz, en Oaxaca, ganaron el del ex gobernador y ex secretario de Gobernación, expriista-neopanista, Diódoro Carrasco y el del expresidente del PRI en Tabasco, autor del himno de ese partido, exneoperredista, neopetista, Andrés Manuel López Obrador. Ganó Gabino Cué, no el PAN, no el PRD.

Donde perdió el priismo del mandatario Mario Marín, en Puebla, ganó el del ex primer priista Melquíades Morales. Ganó Rafael Moreno Valle, no el PAN, no el PRD.

Y peor, donde perdió el priismo del gobernador Jesús Alberto Aguilar, ganó el priismo del senador, Francisco Labastida y del ex gobernador Juan S. Millán. Ganó Mario López Valdez, no el PAN, no el PRI.

En los dos estados que siguen en disputa, Veracruz y Durango, los candidatos de oposición son también ex priistas de viejo.

En realidad, la única candidata no priista, era la foxista Xóchitl Gálvez, a quien ayer el Presidente le aplicó la democracia del “haiga sido como haiga sido”, al felicitar al candidato ganador y virtual gobernador electo, Francisco Olvera Ruiz, cuando la “líder de Davos” aún se lamentaba, como lo hizo en Twitter: “Que el PRI en Hgo (sic) no diga que me hago la víctima ellos saben la inmoralidad que actuaron(sic sic), donde la gente esta mejor educada ganamos (megarecontrasic)”

Todo lo anterior debería ser suficiente para declarar la defunción de las alianzas de silicón, pero lejos de eso, Nava (el que nunca acompañó y pronto abandonó a su única candidata “original”, digamos) y Ortega se han declarado ganadores porque, dicen, incrementaron el número de mexicanos a los que van a gobernar. Es buen momento para recordarles que esos millones que no serán gobernados por los candidatos de Ruiz, Marín y Aguilar, seguirán siendo gobernados por priistas.

Ahora, para el PRI hay, en realidad, tres entidades con fenómenos electorales que deberán de ser estudiados con lupa, si quieren evitar que el descontón se convierta en franca madriza.

En Veracruz y Durango, los triunfos aún no están cantados. Es más, con el cochinero del domingo, el de la democracia del “haiga sido como haiga sido”, podrían terminar en manos de la oposición. Y si a eso le sumamos el gigantesco susto que le metieron a los hidalguenses, nos encontramos con un escenario en el que su cúpula tendría que revisar a fondo sus estrategias, las electorales, las de comunicación y, sin duda, la de selección de candidatos.

Porque, y esta es la lectura más interesante de todas, la que perdió el domingo en realidad fue la democracia. Más allá de los análisis profundos que tendrían que hacerse para encontrar si existe alguna correlación entre la violencia y los altos niveles de abstención, el que más de la mitad de los mexicanos no haya votado deberá de ser un problema que, algún día, enfrenten todos los políticos.

La explicación de la desidia, la flojera, la desinformación o la ignorancia no puede, ni debe seguir siendo el consuelo de tontos de los que buscan una explicación a la derrota: si no sacaron a la gente a votar, es por una razón muy simple, porque no los convencieron. Y eso no puede, ni debe, ser responsabilidad de los votantes.

Si los partidos políticos no producen cuadros, bases y propuestas, que vayan acompañadas de gobiernos congruentes con estos y que inviten a más mexicanos a votar, seguiremos teniendo gobernadores, diputados, senadores y presidentes sin legitimación alguna y cúpulas partidistas cerradas y obcecadas, que seguirán viendo las jornadas electorales como trámites al presupuesto, y no como oportunidades de crecimiento para la sociedad y la Nación.

Por lo pronto, la única buena noticia del domingo es que se frenó a la traicionera, hipócrita, elitista y peligrosa derecha. Algo es algo.

Epílogo

Lo de Ulises Riz y Mario Marín no puede ser llamado, ni siquiera, derrota. Estos dos personajillos de vodevil fueron castigados por la sociedad que gobernaron. Ese par, como en su momento Mario Villanueva y Arturo Montiel, son políticos a los que nadie lamentaría volver a ver nunca jamás. Ese es el mensaje de la sociedad. Ojalá que les haya quedado claro.

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