La vida de una reportera

por Sara Lovera / desdeabajo

Verónica Alfonso es una reportera veracruzana que vive en Quintana Roo. Trabaja en Playa del Carmen. Estuvo en México con motivo de la marcha del gremio periodístico del pasado 7 de agosto. Debe tener menos de 40 años; hace más de 10 años tuvo que salir de Veracruz por amenazas, persecución y un secuestro no investigado. Sufrió abuso sexual y violación.

Sonríe. Tiene la fe necesaria para continuar y es la promoverte de la justicia y la libertad de expresión de sus compañeros y compañeras de profesión. Piensa que es necesario mantener la libertad de informar contra viento y marea. Es una tejedora de solidaridades.

Fue durante mucho tiempo corresponsal de televisión Azteca; cuenta cómo en los estados de la República los medios del Distrito Federal aprovechan las informaciones, les publican y reconocen sus capacidades, pero no tienen salario fijo, tienen que poner, como las costureras del Distrito Federal, los instrumentos necesarios para filmar, reportear, transportarse e investigar, por cuenta propia.

Fue acreedora de un premio por la mejor forma de reportear. Se llamó Pantalla de Cristal en 2007 y se reconoció con ella a Fátima Vázquez y María Noel Gómez por Especial Huracán Dean, se le otorgó también a la Productora TV Azteca (Quintana Roo) y se le reconoció algo muy importante en periodismo: hacer una cobertura puntual y profesional de un huracán, lo que puede salvar vidas.

Hasta hace muy poco tiempo un o una corresponsal era pagada por nota. Con tan terrible emolumento que da vergüenza decir de qué tamaño, me dijo. Sin recursos, ahora se suma la inexistencia de protección del medio, cuando se sabe que ir a cubrir una nota cualquiera, en alguna ciudad determinada o en la que se vive, puede significar arriesgar la vida y la integridad.

Como ella, cientos de colegas en la República Mexicana se exponen a diario. Por eso vino a la marcha, que sin membrete y sin asociación alguna, fue llamada desde la cadena de conocidas y conocidos en el país; por eso levantó un cartel que escribió apresuradamente para pedir libertad de informar sin ser atacado. Nada la detiene.

Integrante de la Asociación de Periodistas de la Riviera Maya demandó al presidente Felipe Calderón, al gobernador Félix González Canto, al Congreso y a la Comisión Nacional de Derechos Humanos, investigar a fondo el asesinato del periodista Alfredo Velázquez, acribillado en diciembre de 2009 por dos desconocidos en Tulum, Quintana Roo.

La protesta fue acompañada de las firmas de 30 reporteros, editores, fotógrafos, locutores, camarógrafos y corresponsales que laboran en Playa del Carmen y en Tulum, quienes exigieron frenar una “campaña de desprestigio personal” contra el periodista acribillado, que surgió en círculos políticos y policíacos locales. Eso la lleva a una simple reflexión: sí hay periodistas involucrados en el crimen, también tendrían que investigar a las autoridades y castigar en el supuesto de un estado de Derecho. LO contrario es mantener la espiral de homicidios sin investigar y sin justicia. El documento fue dirigido también a la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Verónica Alfonso me contó que las y los comunicadores demandaron “garantías, no solo de palabra sino reales, para cumplir con la información sin temor a ser esclavos del poder que amenacen nuestras vidas”. Por eso vino a la marcha, donde encontró la urgencia de incluir en la lista de asesinados a su compañero Alfredo Velázquez, lo que sumaría uno más a las cuentas, sumas y estadísticas.

Pero lo sorprendente de Verónica Alfonso es su sonrisa y su enorme capacidad y entereza para ser una sobreviviente de los abusos de poder sin retractarse de una sola línea del trabajo periodístico que hace. En Playa del Carmen, de 60 mil habitantes, en la Rivera Maya, “nos tenemos que cobijar unas a otras”, porque a las mujeres nos amenazan de distinta forma, me dijo.

Y es verdad, el documental de amenazas a las mujeres del gremio cambia de orientación. Las quieren controlar a través de su familia, el bien conocido como natural para las mujeres, el bien más apreciado. A Verónica que se ha puesto al frente de esta defensa, que ha viajado de una oficina a otra del ministerio público, le dicen con frecuencia que cuide a sus hijos, que cuide su casa, que ella es vulnerable.

Me puedo imaginar estas acciones. Hace años, en Sinaloa -cuando creíamos que los narcos y sus organizaciones estaban ahí localizados preferentemente, tanto como en Guadalajara- tras la cobertura de una discusión sobre una Ley de Educación, es decir una nota aparentemente tranquila, el gobernador de aquella entidad me dijo: qué era mi marido y mis hijos, contándome que sabía el oficio de mi compañero, su nombre y dirección de la escuela secundaria de mi hija y de mi hijo. Me estremecí cuando me di cuenta que era una amenaza y que era en contra de quienes más amo.

Eso sucede con las mujeres periodistas. En 1995 en una reunión de Red Nacional de Periodistas les preguntamos cuáles eran los riegos en su salud, una mayoría increíble habló entonces de la inseguridad de sus vidas y su integridad. Nos contaron cómo les rompían los cristales a sus autos, que les llamaban por teléfono; nos decían cómo en sus medios locales la respuesta era que exageraban, faltó que les llamaran histéricas como acostumbra el rezo patriarcal.

Sobre todo, recuerdo, eran compañeras de Veracruz y Sinaloa. Nos pareció terrible. Ninguna es un ícono heroico ni están protegidas por las organizaciones nacionales e internacionales de Derechos Humanos, ni les dan un lugar preferencial en las listas de protegidos contra el crimen. Viven con eso, como pueden.

Hoy, cuando contamos el número de homicidios contra las y los compañeros en el país, que llegan a 68 si sumamos al compañero de Verónica Alfonso, la cuestión parece realmente ingente.

Pero hay más. El daño ocasionado por la guerra desatada por Felipe Calderón en el país, ha producido en la vida cotidiana un miedo que se aloja en el cuerpo. Puede no significar una amenaza directa, pero es desestabilizador vivir en Nuevo León, por ejemplo.

De esa norteña entidad, tengo otra colega que acabó en el hospital con los nervios de punta, un principio de úlcera y finalmente hipertensión. La razón era el miedo que tenía cada mañana cuando iba a dejar a sus hijas a la escuela de encontrarse una balacera en plena vía rápida o de regreso a casa algún cadáver o una vía cortada por los narco-retenes instalados de improviso y dificultando todo tránsito. Esa sensación que no se reconoce a simple vista afectó su salud, porque tenía miedo por ella y por sus dos hijas. Internamente teme por su compañero, por su madre, por sus hermanas.

Otra colega enfrenta un padecimiento sin un diagnóstico exacto del personal médico. A ella, le tocó cubrir el conflicto magisterial de 2006 y mucho de lo que aquella revuelta social provocó entre la gente, mujeres y hombres indignados frente a un gobierno que se impuso por la fuerza de la seguridad pública o con paramilitares. Barricadas, marchas, enfrentamientos, asesinatos, gases picantes que cayeron sobre las mujeres y los hombres, el apresamiento y la libertad a cuenta gotas de muchas personas.

Al mismo tiempo tenía que viajar constantemente al norte del país durante poco más de un año para dar seguimiento a una información en el que estaban involucrados militares. Alguna vez en su correo electrónico estaba una amenaza que la llenó de miedo por su familia, sólo pidió a sus hijas que fueran precavidas y no dijo nada a nadie más, se guardó el miedo, vivió con él durante mucho tiempo. El daño físico que vive no forma parte de las denuncias, ni está en la lista de las desapariciones.

Es sencillamente una víctima, como la compañera de Nuevo León, una persona más de las quizá miles o millones que contienen esa rara desesperanza frente a lo acontecido y lo que significa la espiral de violencia en el país.

Por eso Verónica Alfonso me ha sorprendido, porque ha puesto su cuerpo y su vida en la vera de un camino sinuoso en Quintana Roo y a pesar de la realidad, ninguna de ellas tiene la tribuna del esplendor y la denuncia, que a veces llega a otros lares y países, son periodistas de a pie, que cubren sus informaciones bajo riesgo, en completa vulnerabilidad. Asuntos que están en el subsuelo de la protesta del 7 de agosto, esa que se levantó espontáneamente para decir ¡basta! El oficio, este de contar el día a día, de ir a informarse para que el resto de la sociedad sepa, no sólo vive el peligro latente de una bala directa o perdida, de un apresamiento preciso o en la confusión sino que se va llevando vida y bienestar.

El grito es pedir paz y seguridad en un trabajo que necesariamente tiene que desarrollarse en la arena pública, buscando dar la noticia, esa simple y llana, sin mayores pretensiones. Es hora de mantener este arropo necesario, Sin duda. ¿Quién dice yo?

saralovera@yahoo.com.mx

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