El ritmo; abstracción de la vida

por Viridiana Quintero / DESDE ABAJO

Yo que soy una obsesiva del orden de ciertas cosas; del orden de las palabras, de los objetos y hasta de mis ideas, encontré, en un pensamiento que había tenido tiempo atrás, mientras hacía sonar mis uñas contra una repisa de cristal, la extraña armonía entre el movimiento de mis dedos, que era casi inconsciente y el de todo lo que me rodeaba. De pronto el entorno se movía al mismo ritmo; la gente, los coches y las hojas en el asfalto parecían seguir el acorde de mi mano.

Del latín rhythmus, y este del griego rythmós, la RAE define al ritmo como el orden acompasado en la sucesión de las cosas. Entonces, ¿el ritmo está en todo lo que hacemos, es intencionado? ¿O él mismo nos marca pauta de acción?

Desde los inicios de la filosofía se estableció que el ritmo es un elemento dentro de las leyes fundamentales del universo, que rigen tanto la fenomenología de la materia como del espíritu. Partiendo de las variaciones lógicas de contenido en cada época, el ritmo vendría a ser la única constante en el seno de la historia, lo que establece un cierto orden en el movimiento y evita que la dictadura de formas rígidas desgaste el idioma-motivo “que no triunfa opreso en la inercia de las formas hechas”, dice Alfonso Reyes en sus Prolegómenos a la Teoría Literaria (Reyes, 1986: 29-30 y 214).

Pitágoras trató de explicar el equilibrio mediante principios numérico-musicales patentes en la naturaleza. El sentido rítmico es lo que da la impresión más profunda de variantes, mediante el abandono interior que nos vuelve a la percepción primitiva o intuitiva, anterior al lenguaje. Podemos decir que el ritmo es un elemento preexistente a la palabra, se incubó en la euritmia emocional que experimentaron los seres humanos ante lo inexplicable. Surge así la poesía ligada a la música y a la danza, arte de la palabra que el tiempo desligará de éstas para conservar sólo el elemento musical del ritmo. Ritmo es pues movimiento acompasado, pero también indefinido; un dinamismo que rige la vida del espíritu, estético y no mecánico, cuyo fundamento numérico servirá para buscar el tiempo de lo real subjetivo en la percepción especial del sentimiento.

En poesía, la belleza queda condicionada a la coincidencia rítmica entre el movimiento real de las cosas ya acomodadas a lo interno, como lo explica José Vasconcelos en su ensayo sobre la teoría pitagórica y el movimiento.

En este terreno la complicación formal se triplica. Por un lado, el artista obedece y es producto del movimiento que le impone su tiempo, pero también responde al ritmo interior que la vida le imprime a su emoción; por último, ambos principios deben enlazarse con la armonía estética.

Pero vayamos a la motivación de nuestros ritmos en la no creación, esos ritmos naturales e individuales; el que lleva nuestra forma de caminar, hablar, cocinar, pensar etc.

Todas las expresiones humanas constan de formas rítmicas que definen no sólo su exterior sino también su esencia. De acuerdo con la influencia que el entorno tiene sobre el individuo podemos decir que cada sociedad posee un ritmo propio. Cada ritmo es pues, una forma de vida, es percepción y representación de lo material, una asimilación mental.

Entonces el ritmo universal del que hablan algunos filósofos se convierte en una abstracción que nada tiene que ver con la capacidad natural y espontánea que poseemos para ver y sentir el mundo, para movernos en él de una particular forma y para individualizar nuestra propia existencia.

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