El silencio de las inocentes

Cualquiera pensaría que las estudiantes universitarias se encuentran seguras en su escuela, que los peligros están afuera, en las calles. Pero esto no es verdad.

Los peligros que se encierran en la aulas tienen que ver con la violencia – mucho más allá del bullying – con esa violencia que se ejerce principalmente contra las mujeres, por ese simple hecho: haber nacido en cuerpo de mujer, y que se ejerce contra su cuerpo de mujer.

Si algo tienen de semejanzas ambas violencias es que el o los agresores acosan y violentan a la víctima cuando está sola, en los baños, en los pasillos, en el comedor, en el patio de la escuela, sin que nadie los mire, sin testigas o testigos, y que se realiza a través de la fuerza física, acompañada de insultos y amenazas, de amedrentamiento.

Muy pocas se atreven a denunciar tales hechos porque, de hacerlo, en la mayoría de los casos se enfrentan a la condena de sus propias compañeras y compañeros, y pasan de víctimas a culpables, además de que no confían en que la autoridades educativas actúen en su defensa y castiguen a los responsables, ya que como mencioné líneas arriba, no hay personas que sean testigas de tales actos.

Ante esto las víctimas callan, sintiéndose cada vez más solas, se aíslan, se deprimen. Incluso, dejan la escuela al no sentirse seguras o protegidas.

Es este silencio de las inocentes, el que de alguna manera permite la impunidad de los agresores, quienes de manera reiterada elegirán una nueva víctima. ¿Cuántas más? No lo sé.

Lo que sí sé es que una joven universitaria fue víctima de un intento de violación por parte de dos compañeros de su grupo, en las instalaciones de la universidad estatal, quienes aprovechando que era fin de semestre, que había poco alumnado en las instalaciones de su carrera, aunado a la poca iluminación y la soledad de un pasillo, la empujaron a un salón que se encontraba vacío, la sujetaron con fuerzas e invadieron la privacidad de su cuerpo. Como pudo, ella se defendió y logró escapar de sus agresores, evitando ser violada, confundida, sin entender por qué a ella.

Quien lea esta columna no crea que la agresión fue de noche. La agresión se cometió pocas horas después del medio día.

El siguiente párrafo es una cita textual de su testimonio:

“Los siguientes días estuve en mi casa. No salí a ningún lado. Quería que no me afectara, que nadie se diera cuenta de que me sentía mal, de que algo malo me había pasado. Sólo empecé a sentir que mi carácter se hacía duro, no quería salir, no quería levantarme. Y no le encontraba sentido a nada.
Pensé, tontamente, que las vacaciones y el distanciamiento de la escuela que tendría por un tiempo me harían olvidarlo, perder el miedo y sanar el dolor que me causaron.
Pasó el tiempo y […] regresé a la escuela. Tenía un poco de temor, pero me aguantaba por las ganas de estudiar. Desde ese día, cuando vi llegar con sus amigos a uno de los que me violentaron, sentí otra vez miedo, impotencia y mucho coraje.
No volvieron a intentar el abuso, pero los acosos sí continuaron. No era raro que me dijeran todos los días que era mejor que me callara, que no mencionara nada, porque sabían dónde vivo, y se podían tomar represalias en mi contra, hacerme daño a mí o incluso a mi familia”.

Cabe señalar que los agresores se enorgullecían de trabajar para un partido político y, uno de ellos, alardeaba de contar con influencias de personas reconocidas en la política, situación que utilizaban para continuar amedrentando a la joven y así garantizar su silencio.

Retomo el testimonio:
“…El asunto fue tan fuerte, que no resistí… No quería seguir ahí, no quería seguir viéndolos y recordando lo que me hicieron. No quería más acoso. Así que decidí truncar mis estudios…”

A casi 7 meses de esa agresión, esta joven se animó a hablar y tuvo la confianza para hacerme llegar su testimonio para dar a conocer la agresión que sufrió, obviamente guardando la confidencialidad de sus datos personales.

Esto es muy importante, ya que el primer paso para sanar de esas heridas es hablar. Y en su proceso de sanación se ha dado cuenta de que, así como ella, otras jóvenes pueden estar en riesgo.

Por eso desde esta columna, hago un atento llamado a las autoridades universitarias para que tomen las medidas pertinentes que permitan garantizar la seguridad en sus aulas de las jóvenes estudiantes: iluminación adecuada, personal de vigilancia, cámaras de seguridad, educar sobre el pleno respeto que debe existir entre mujeres y hombres, pero sobre todo, orientar a las jóvenes sobre qué hacer si es que llegan a sufrir algún tipo de violencia en la Universidad, y cuál es el protocolo que deben seguir las propias autoridades para actuar en estos casos.

Y para los agresores, que sepan que ella no está sola, hay una red de organizaciones y de mujeres que estaremos vigilantes de su actuación. Si a ella le llega a suceder algo, sabemos quienes pueden ser los responsables.

Independientemente de que si la joven decide denunciar en las instancias legales pertinentes, lo cual es su derecho, la Universidad tiene una responsabilidad y una obligación con las y los estudiantes para que esto no vuelva a ocurrir.

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