Ser muy hombre

El hecho de “ser hombre” ha sido diferente para nuestros abuelos, nuestros padres y para los hombres en la actualidad. Sí, ser hombre ha cambiado en forma, pero no en fondo.

Los hombres de anteayer (los abuelos) debían ser “feos, fuertes y formales” aunque en realidad la formalidad era siempre entre los mismos hombres (“las deudas de juego son deudas de honor”) y no hacia las mujeres a quienes estaba bien visto engañar si no se trataba de “señoritas decentes”.

De cualquier manera, el valor más apreciado era la fuerza, misma que no sólo debía tenerse, sino demostrarse ante los demás. Un hombre, muy hombre, no sólo debía serlo, sino parecerlo. Los hombres grandes y corpulentos eran sinónimos de un buen defensor y un buen proveedor.

Cuando por motivos políticos y sociales la educación se expande entre la población occidental, el poseer estudios da un respiro a los hombres frente a la abrumadora opresión masculina, que anteriormente sólo privilegiaba la fuerza, el dinero y el poder. Así, el sexo masculino pudo ser valorado también, si acaso se trataba de “hombres de bien” es decir, educado, respetuoso, honorable, pero sin dejar a un lado los valores fundamentales de fuerza y poder. Desde luego, en estos aspectos está incluida la fuerza económica y el poder monetario.

De la misma manera en que a las mujeres se les pedía ser profesionistas exitosas y amas de casa ejemplares, a los padres se les exigió ser buenos y malos a la vez, porque si bien la fuerza física estaba ligada a la brutalidad y, por tanto, mal vista, también resultaba ofensivo no ejercerla para defender a “los suyos”.

Los estudios de género y equidad destacan que ser hombre hoy en día implica sumar una opresión más a las que ataban a abuelos y padres: ahora, para ser hombre hay que ser exitoso. Hay que ser fuerte y poderoso, como los abuelos. Fuerte, poderoso, educado y honorable, como los padres. Pero, para ser hombre hoy, hay que ser fuerte, poderoso, honorable, educado, exitoso y bello.

¿No cumples con alguna? No eres suficientemente hombre. Pero ¿quién lo es? Nadie. Es tan imposible como alcanzar el estereotípico ideal de la mujer perfecta.

El movimiento masculinista reivindica el derecho de los hombres no sólo a no ser señalados por acercarse a la crianza y a la vida doméstica, sino nada menos que a llorar (¡¡¡sí, es brutal pensar que el machismo ha impedido a los hombres realizar una función biológica, como es el dejar salir el llanto!!!)

Algunos de los principales estudiosos sobre masculinidad a nivel internacional son Beno de Kaiser y Michael Kauffman, mientras que en el ámbito nacional destacan Daniel Cazes, Pablo Herrera y Yuri Tovar.

En este momento, uno de los teóricos masculinistas más reconocidos en el mundo es el sociólogo inglés Víctor Seidler, quien señala que

En el pensamiento occidental, que considera a la razón como el estado más elevado del hombre, obviamente no es deseable ser identificado con el cuerpo, sus secreciones y sensaciones. En consecuencia, el cuidado de la propia salud se ve dificultado pues requiere que la persona escuche y esté en contacto con su cuerpo pero, como este contexto lo define como pecaminoso, esta tarea resulta sumamente difícil para los hombres. Por eso ellos aprenden a enajenar sus cuerpos, lo cual los lleva también a negar sus dolencias y enfermedades, y a separar su experiencia emocional para intentar controlarla.

La masculinidad dominante está muy ligada a la actividad, la cual se expresaría principalmente en la sexualidad y el trabajo compulsivos. Por ello, los hombres encuentran difícil tomarse el tiempo para detectar o reconocer sus malestares y sus experiencias, pues ello requiere silenciar su mundo activo y atender a sus cuerpos.

Los hombres se defienden de sus sentimientos porque éstos se consideran un reflejo de homosexualidad: los sentimientos se encuentran sexualizados, pues a la suavidad, la ternura y la vulnerabilidad se les considera como signos de tendencias homosexuales. Una de las formas más eficaces de defenderse de este temor es la conversión inmediata de todos estos sentimientos en enojo o ira. Si un hombre siente una tristeza profunda, la violencia contra su pareja, por ejemplo, le permite aquietar esa emoción. La agresión no es solamente una manera de controlar a las mujeres, sino también de controlar la propia vida emocional. Por eso es imprescindible trabajar con las emociones y sentimientos de los hombres.

Romper las ataduras que el machismo ha impuesto a los hombres no es sencillo, se requiere de un largo y doloroso ejercicio de autocrítica, de aceptar que tal vez, lo que cada persona cree que es correcto, no lo es tanto. De acompañar esta reflexión personal con conocimientos teóricos y estudios sobre masculinidad y, sobre todo, de ir cambiando cada día en la práctica.

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FB: Tania Mezcor

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