Psicoanálisis nacional

por Luis Frías

¿Alguien sabe a ciencia cierta qué ofrecen los candidatos a la presidencia en materia de, por ejemplo, seguridad social, crecimiento económico o equidad a grupos en situación de vulnerabilidad? Por no hablar ya de compromisos para apoyar la ciencia y la tecnología, impulsar la pequeña y mediana industria, desarrollar la investigación aplicada o invertir en educación superior. Ahora bien, en contraste, quién ignora que López Obrador viajó en Metro hacia el aeropuerto, o la rebatinga que armaron las huestes de Peña Nieto y Vázquez Mota en torno a un distribuidor vial que, aun cuando tiene unos meses de construido, ya está por venirse abajo.

Quien haya ido al psicoanalista o al psiquiatra, quizá comparta algún punto de coincidencia conmigo: es oportuno hacer una pausa en el camino, para saber en qué situación nos encontramos. Cuando, después de varias sesiones con mi terapeuta, noté que mi cuesta empezaba a aligerarse de cierta manera, finalmente le di crédito a esas terapias a las que tanta resistencia opuse en un principio. Como bien dijo hace unos días Moisés Naim (@moisesnaim), “los psicólogos tratan de ayudar a sus pacientes a cambiar hábitos que dañan la salud (elegir malas parejas, tolerar abusos, etcétera)”. “Sigmund Freud —agrega el columnista— llamó ‘compulsión a la repetición’ a la tendencia a seguir haciendo lo que no conviene.”

No hace mucho leía dos cosas que no por obvias dejan de ser interesantes; y es que no pocas veces, lo que tenemos ante los ojos es lo que se nos escapa más fácilmente. Leía, por un lado, que en México sobran los diagnósticos sobre lo que hay que mejorar, las leyes que deben aprobarse y las soluciones que se debieran aplicar; pero también es cierto que esos diagnósticos no pasan de ser noticias momentáneamente escandalosas, y nunca, o casi nunca, se transforman en acciones para que las cosas mejoren. La segunda cuestión —que leí de Juan E. Pardinas— es que cuando esos diagnósticos son interpretados por los políticos, no terminan convirtiéndose en otra cosa que en leyes; leyes que no solo no se aplican, sino que tampoco están acompañadas de las medidas de difusión, aliento, apoyo, para que sean cumplidas. Y así nos vamos llenando de diagnósticos y leyes, sin que casi nada varíe.

En las actuales campañas electorales, cuál es el propósito de las miles de cápsulas publicitarias que nos repiten sin freno. Para qué esas enormes estructuras de las instituciones públicas y de los medios de comunicación llevan un seguimiento minuto a minuto de lo que hacen los aspirantes, si de todas maneras continuamos ignorando lo esencial: los compromisos que, para mejorar aspectos de la vida cotidiana de las personas, deberían adquirir los candidatos y, como sería deseable, cumplir en caso de alcanzar la silla presidencial.

Causa tristeza ver a los adláteres de los partidos políticos arguyendo públicamente las razones por las cuales sus candidatos debieran ganar las elecciones. Lejos de que, como reza el refrán, elogio en boca propia es vituperio, lo penoso es que ofrezcan razones habida cuenta de sumas y restas sobre su mercadotecnia electoral: y por ejemplo, dicen que según las matemáticas su candidato debe obtener el triunfo porque la campaña empezó de tal modo y determinada encuesta los ubica en cierto punto de la escala de votación. Pero escasamente hablan, como sería plausible, de sus propuestas y compromisos, experiencia y trayectoria, honradez y talento político.

Ahora bien, en el fondo, cómo poder culparlos. Si los medios de comunicación y sus consumidores estamos más interesados por ver la foto de AMLO en el Metro o a Peña Nieto y Vázquez Mota discutiendo, naturalmente los políticos hacen que sus campañas respondan a las exigencias del mercado electoral. Mientras nos quejemos de nuestra tragedia nacional, pero continuemos conformándonos con soluciones inútiles que de nada sirven, esto seguirá igual. Nuestra trágica compulsión a la repetición. Así como la primera sesión de psicoanálisis cuesta tanto iniciarla —disculpen la primera persona—, creo que México está debatiéndose si tomarse en serio, o no, una genuina toma de conciencia sobre su realidad, sus defectos y sus retos por afrontar. Mi propuesta es obvia: hay que hacerlo. Cuesta un gran esfuerzo, pero cuando se empiezan a notar los resultados, se sabe que ha valido la pena.

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