Adictos al Petroleo: El dilema de la humanidad en el siglo 21

DAVID CAÑEDO ESCÁRCEGA

En realidad no es difícil de entender, pero hay que comenzar desde el principio.

Todos los seres vivos necesitamos energía, y esa energía proviene del sol. Las plantas verdes, las algas y algunas bacterias capturan energía en forma de luz y la transforman en energía química. Prácticamente toda la energía que consume la vida de la biosfera terrestre —la zona del planeta en la cual hay vida— procede de este proceso llamado fotosíntesis en el cual se absorbe el dióxido de carbono libre en la atmósfera que en el caso de las plantas se convierte en parte de su tejido orgánico y a cambio se libera oxígeno. Durante la mayor parte de la evolución del planeta tierra la atmósfera era irrespirable, y había una densa capa de gases producto de millones de años de actividad volcánica y del estado incandescente del interior del planeta. La vida surgió en los océanos hace unos 3500 millones de años y ahí se quedó durante un largo tiempo y no fue hasta hace apenas unos 500 millones de años cuando la vida empezó a trasladarse de los océanos a las superficies emergidas. Las primeras formas de vida que poblaron los continentes fueron las plantas, y durante cientos de millones de años hubo enormes bosques de helechos y todo tipo de vegetación en las superficies emergidas que junto con las algas y las cianobacterias de los océanos se encargaron de limpiar el exceso de dióxido de carbono y otros gases en la atmósfera y la hicieron respirable. Solo entonces otras formas de vida empezaron a adaptarse a vivir fuera de los mares. Primero fueron los anfibios, luego los reptiles y las aves y todos los demás hasta llegar a los mamíferos. La proporción actual de dióxido de carbono en la atmósfera es del 0.04 {9e1ff1bee482479b0e6a5b7d2dbfa2de64375fcf440968ef30dd3faadb220ffd}, que es suficiente para mantener el ciclo del carbono y permitir la fotosíntesis.

Los restos de toda esa vida orgánica acumulada durante cientos de millones de años quedaron atrapados en enormes depósitos de sedimentos que por su propio peso se fueron hundiendo en el fondo de los lechos marinos y con la presión de las capas superiores y el calor del interior de la tierra su temperatura aumentó cientos de grados y se siguió cocinando a fuego lento hasta convertirse en lo que llamamos combustibles fósiles, o sea el petróleo, el carbón y el llamado gas natural. Este proceso de formación del petróleo y otros combustibles fósiles representa la energía del sol capturada por las algas, las plantas y otros organismos vivos durante cientos de millones de años, así como también representa billones de toneladas de carbono que fueron secuestradas de la atmosfera de manera que ésta se hizo respirable. La vida tiene la capacidad para transformar las mismas condiciones del medio ambiente que permiten más vida; al limpiar el exceso de dióxido de carbono de la atmósfera la vida pudo extenderse hasta los confines más remotos y las condiciones más inhóspitas. El petróleo y los otros combustibles fósiles son altas concentraciones de energía que fueron, por así decirlo, retiradas de circulación, al mismo tiempo que se limpiaba la atmósfera y se permitían las condiciones ideales para el desarrollo de la vida.
Todos los ecosistemas tienden a la homeostasis, o un estado clímax de equilibrio dinámico; éste es el estado de mayor complejidad y diversidad posible. Mientras más diverso es un ecosistema, es más flexible, más adaptable, y más resistente a las fluctuaciones del medio ambiente; asimismo se recupera más rápidamente en caso de alteraciones o catástrofes que lo afecten. Un ecosistema diverso es un ecosistema sano. La biósfera es el mayor de los ecosistemas; es el ecosistema que comprende a todos los demás, y a lo largo de millones de años ha desarrollado toda una serie de mecanismos de autoregulamiento que permiten las condiciones idóneas para la vida. La vida llama más vida, y la vida consiste en una red de relaciones de complejidad infinita en la que cada especie y cada individuo encuentran un nicho al que está perfectamente adaptado y que le permite sobrevivir y reproducirse. Al cambiar las condiciones del medio ambiente, ya sea gradual o abruptamente, los organismos y las especies se tienen que adaptar a las nuevas condiciones, y los que no lo hacen quedan fuera del juego. La adaptación es la clave, y al mismo tiempo que los factores ambientales condicionan a los organismos, éstos transforman las condiciones de su medio ambiente, a muy pequeña escala a nivel individual pero con efectos cumulativos. Todo ecosistema tiene un límite a la cantidad de vida de cada especie que puede mantener; este límite o capacidad portativa del ecosistema es al que tiende toda población cuando hay abundancia de alimentos y ausencia de depredadores, pero no se puede sobrepasar sin que haya consecuencias. La naturaleza puede ser muy pródiga, pero también puede ser muy cruel e indiferente.

A lo largo de los tiempos ha habido millones de especies que han venido y se han ido. Actualmente se piensa que hay entre 5 y 15 millones de especies distintas, que representan tan solo el uno por ciento de todas las especies que han existido. En circunstancias normales una especie vive entre uno y diez millones de años; la nuestra, el homo sapiens, tiene tan sólo 200,000 años de existir como tal, o sea que somos una especie relativamente joven. Durante la mayor parte de este tiempo el número de individuos de nuestra especie fue muy bajo y el impacto que teníamos en el medio ambiente era reducido. A partir de la implementación gradual de la agricultura y la sedentarización de los grupos humanos que se empezó a dar hace unos diez mil años los números de nuestra especie fueron aumentando, al principio lentamente, y surgieron las civilizaciones que son sociedades altamente jerarquizadas donde hay una división del trabajo y especialización de funciones, y donde no toda la población activa se dedica a la producción de los alimentos; la gran ventaja de la agricultura sobre la caza y recolección es que permitió un excedente de alimentos que se podía almacenar, y con esto una parte de la población se podía dedicar a otros menesteres, y así fue como surgieron las élites políticas, religiosas, económicas y culturales. Fue el excedente de alimentos la que permitió y provocó la estratificación y jerarquización de las sociedades.

Y a todo lo largo del camino en este proceso que se llama historia la principal fuente de energía que utilizaba el ser humano en sus actividades de todos los días era la leña, así como el uso localizado del viento para mover molinos o barcos de vela, así como el uso de animales de carga y de labor para arar los campos, así como el uso y la explotación del ser humano por el ser humano para hacer todas las labores necesarias para que funcionara la sociedad. Todas las civilizaciones que han existido a lo largo de la historia hasta la fecha han sido esclavistas, y el esclavismo ha sido la manera en que se han construido todos los templos, pirámides, palacios, murallas, y demás restos que nos quedan de la grandeza o delirios de grandeza de esos pueblos.

Y pasó el tiempo y el número de humanos fue creciendo y las necesidades de energía se fueron haciendo mayores y hace apenas dos siglos y medio que entramos de lleno a la fase actual del impacto que nuestra especie ha tenido y tiene sobre el planeta tierra. Si vemos la historia de la humanidad en relación al impacto que nuestra especie ha tenido sobre el medio ambiente los dos últimos siglos son el capítulo en el que la curva se dispara para arriba. La curva es una hipérbola que durante mucho tiempo creció lentamente, y a partir de cierto punto de inflexión se dispara para arriba de manera exponencial. Ese punto de inflexión fue el inicio de la llamada revolución industrial a mediados del siglo 18. Fue un momento histórico específico, y unas condiciones sociales específicas, así como el uso del carbón como principal fuente de energía, las que permitieron un cambio radical en la manera como se producía y se explotaba y se relacionaba el ser humano con su medio ambiente. El cambio radical consistió en la escala de las operaciones. A partir de cierto punto la tierra dejo de ser el hogar en el que vivimos y la madre que nos sustenta y se convirtió en una simple proveedora de “recursos” naturales. El nuevo sistema de producción necesitaba de una ideología que lo justificara, y se inventó el llamado capitalismo, en el que todo, absolutamente todo, se convierte en una mercancía, regulada por las leyes del “mercado”, y con una mitología poderosa, irracional, firmemente anclada en el subconsciente colectivo, que se ha convertido de facto en la religión no oficial de una buena parte de la humanidad. Este es el mito del progreso y del crecimiento económico indefinido. Se cree que estamos por encima de la capacidad portativa de nuestro planeta, que estamos por encima de las leyes de la historia y de la naturaleza, y que podemos seguir creciendo indefinidamente en un mundo finito. Para la humanidad no hay límites, y la tecnología nos va a sacar de todos nuestros problemas, y de aquí nos vamos a ir a colonizar otros planetas, y mientras tanto el impacto que tenemos sobre éste es devastador, estamos llevando a miles de otras especies a la extinción, acabando con la diversidad biológica de nuestro planeta, acabando con los bosques y la vida de los océanos, y arrojando millones de toneladas de desperdicios cada día al medio ambiente, y nos las hemos arreglado para alterar los mismos mecanismos de autoregulamiento del planeta Tierra provocando un cambio climático a escala global, y todo en nombre del dios del progreso y del crecimiento económico continuo.

Durante los primeros cien años de la revolución industrial el carbón fue suficiente para satisfacer las necesidades del sistema productivo, pero este sistema siguió creciendo y llegó un momento en que el carbón ya no se dio abasto; el sistema tenía que seguir creciendo y se necesitaban otras fuentes de energía. Y en algún momento se descubrió que el petróleo era una fuente de energía más concentrada, más práctica, más fácilmente extraíble y más maniobrable que el carbón, y que había enormes depósitos de petróleo en diferentes partes del planeta, solo era cuestión de encontrarlos. El primer pozo petrolero fue horadado en 1859 en Pennsylvania, Estados Unidos, y su uso fue aumentando gradualmente, pero fue con la invención del automóvil a finales del siglo 19 cuando el petróleo encontró su razón de ser. El automóvil fue el invento que revolucionó los medios de transporte, y de repente todo mundo quiso tener uno. Y llegó Henry Ford con su sistema de producción en serie y para 1915 en su fábrica de Highland Park cerca de Chicago estaba produciendo un automóvil cada 10 segundos, con un ritmo anual de 2 millones. Para 1929 la producción anual de automóviles en Norteamérica era casi de 5 millones de unidades, y más de medio millón en Europa occidental. En la actualidad hay alrededor de 900 millones de automóviles en el mundo, uno por cada 4 personas adultas.

Y nos hicimos adictos al petróleo. Nos apropiamos de las reservas de petróleo almacenadas durante millones de años y nos pusimos a quemarlas alegremente, de la manera más irracional posible. Le encontramos toda clase de usos, y en tan solo poco más de cien años nos hicimos tan completamente dependientes de la substancia que nuestra sociedad moderna no podría funcionar un solo día sin él. El petróleo es la sangre que corre por las venas de nuestra sociedad industrial. Su uso más obvio es en el transporte y se han construido millones de kilómetros de carreteras para que su majestad el automóvil pueda llegar a los rincones más recónditos del planeta. Toda la red de distribución de mercancía a escala global, incluyendo los alimentos, está basada en el consumo del petróleo barato, y cualquier producto que compremos en la tienda, incluyendo los alimentos, tuvo que recorrer cientos o miles de kilómetros para llegar al estante de donde lo adquirimos. Los alimentos ya no se producen localmente, los jóvenes ya no quieren trabajar la tierra, y hay todo un sistema de agricultura industrial basado en el petróleo barato encargado de la producción y la distribución de los alimentos.Porque no solo es la distribución sino también la misma producción de los alimentos la que es completamente dependiente del petróleo. La agricultura industrial basada en monocultivos no podría mantener la fertilidad de la tierra necesaria para producir los millones de toneladas de alimentos que se consumen anualmente si no fuera por dosis masivas de fertilizantes derivados del petróleo que se le inyectan a la tierra, así como dosis masivas de herbicidas e insecticidas también derivados del petróleo que son necesarios para mantener a raya a las plagas en los monocultivos.

Hay toda una industria petroquímica que se encarga de producir toda clase de productos derivados del petróleo que se han vuelto indispensables en nuestra vida moderna, empezando por los plásticos que son ubicuos y parecen estar en todos lados. Y de ahí se siguen las pinturas, adhesivos, solventes, diluyentes, resinas, detergentes, ceras, vaselina, queroseno, PVC, poliéster, nylon, asfalto, medicinas, polímeros, poliuretano, poliestireno, y etcétera, etcétera. Todos son derivados del petróleo. Y también, y muy principalmente, la generación de electricidad. ¿Qué haríamos ahora sin la electricidad? Pues resulta que en promedio el 70 por ciento de la energía eléctrica producida en México y en el mundo proviene de enormes centrales termoeléctricas altamente contaminantes que están quemando enormes cantidades de carbón, gas natural y petróleo para producir el fluido eléctrico; un 20 por ciento es producido en centrales hidroeléctricas y el resto en centrales nucleares. Menos del uno por ciento de la electricidad producida en el mundo proviene de las llamadas energías alternativas.
Y como el petróleo se usa para todo la demanda ha aumentado exponencialmente. En la actualidad la producción y consumo a nivel mundial es de 90 millones de barriles diarios. Un barril es de 42 galones, o 159 litros, dando un total de 14300 millones de litros diarios. Es una cantidad enorme. Si pusiéramos esa cantidad de petróleo en un contenedor de 100 metros por 100 metros de base, o sea una hectárea, tendría una altura de 1430 metros, o sea casi un kilómetro y medio. Esa es la cantidad de petróleo que nuestra sociedad industrial necesita cada día para poder seguir funcionando. Y no es suficiente. La demanda va en aumento. Países como China e India se están industrializando a pasos agigantados, todo mundo quiere tener un mejor nivel de vida, y se necesita más energía. La demanda proyectada para el año 2025 es de 123 millones de barriles diarios.

Pero hay un pequeño detalle. Resulta que el petróleo como el resto de los combustibles fósiles, son recursos no renovables. Eso significa que una vez que nos los acabemos, nos los acabamos para siempre. Por más grandes que sean las reservas, en algún momento se van a empezar a agotar. Y es posible que ese momento ya esté llegando. La producción de petróleo a nivel mundial se ha estancado desde hace varios años, y cada vez lo tienen que ir a buscar a lugares más inaccesibles. Todo el petróleo de fácil explotación ya ha sido explotado, y ahora se tiene que ir a sacarlo en el fondo del océano a tres mil metros de profundidad, o en climas extremos como el ártico, o en lugares geopolíticamente inestables. Las guerras por el petróleo ya comenzaron hace mucho tiempo, y es inminente el momento en que la oferta ya no pueda satisfacer a la demanda. El llamado punto pico del petróleo es el punto en el que la mitad de las reservas probadas de petróleo ya han sido agotadas, y todos los expertos de las mismas compañías petroleras o independientes, coinciden en que ese punto ya ha sido cruzado o está a punto de suceder. Algunos dicen que fue desde el 2005, otros lo ponen en el 2010 o hasta en el 2015, pero lo que hay que entender aquí es que a la humanidad le llevó 150 años acabar con la mitad de las reservas probadas de petróleo, y no le va a llevar otros 150 años acabar con la segunda mitad. La demanda ahora es mucho mayor, y es posible que en tan solo otros 30 o 40 años hayamos acabado hasta con la última gota de petróleo que sea rentable o posible explotar.

En México el punto pico del petróleo ya pasó, y la producción del complejo Cantarell en la sonda de Campeche, que es el que proporciona el mayor porcentaje de producción nacional, ha disminuido más de un millón de barriles diarios, desde un máximo de 2.2 mbd (millones de barriles diarios) en 2003 a 1.05 mbd en junio de 2008. El consumo diario de petróleo en México es de dos millones de barriles diarios, y el país todavía es capaz de producirlos, pero por un lado la demanda interna sigue aumentando y por el otro las reservas petroleras del país han manifestado una tendencia en constante descenso. Es posible que antes de que termine la década tengamos que importar el crudo, pero en un mundo en el que el crudo va a ser cada vez más escaso va a llegar un momento en que esa opción tampoco va a ser viable.

Y el punto es que no hay ninguna fuente de energía que sea capaz de sustituir al petróleo como motor de nuestra sociedad industrial moderna. Ni la energía hidroeléctrica, ni la energía nuclear, ni las llamadas energías alternativas, ni todas ellas juntas, son capaces de proporcionar más que un pequeño porcentaje de la energía que proporciona el petróleo y los otros combustibles fósiles. De hecho el 90 por ciento de la energía consumida en el mundo proviene de los combustibles fósiles.

Nos hemos acostumbrado a la energía barata y abundante. Todo el progreso económico y tecnológico del último par de siglos está basado en la explotación de un recurso acumulado durante millones de años y guardado en las entrañas de la tierra y que podía haberse utilizado de una manera más racional e inteligente. En lugar de eso nos abalanzamos encima del recurso con avidez y glotonería y lo hemos despilfarrado en una orgía de producción y de consumo en un tiempo extremadamente breve. Las futuras generaciones nos van a reclamar que no les hayamos dejado nada. Fueron los combustibles fósiles los que permitieron el aumento desordenado y exponencial de la población humana, que se multiplicó 10 veces en los últimos 250 años, y a medida que entramos en el crepúsculo de la era de los combustibles fósiles es posible que nos demos cuenta que todo ese progreso económico no ha sido más que un espejismo y que vamos a tener que aprender a vivir de nuevo dentro de los límites que nos marca un mundo finito que va a estar seriamente disminuido y con niveles de población muy por encima de la capacidad portativa del planeta tierra. No hay civilización que pueda sobrevivir al deterioro de la base ecológica sobre la que se sustenta, como lo descubrieron en su momento todas y cada una de las civilizaciones que pasaron por el escenario de la historia y de las que no quedan más que unas cuantas piedras; cuando los recursos que son esenciales para el funcionamiento de una sociedad se utilizan más rápidamente que la capacidad regenerativa del recurso, tarde o temprano la sociedad va a dejar de funcionar.

En nuestro caso el recurso es no renovable. A medida que empiece a escasear el petróleo podemos esperar una creciente disfuncionalidad que se va a manifestar en todos los aspectos de la vida diaria y en todos los niveles de la sociedad. Esa disfuncionalidad ya está presente, y la vemos en el recrudecimiento de las guerras, en los índices de criminalidad y en los niveles de desigualdad social y de represión por parte del estado, pero a medida que escaseen los recursos esa disfuncionalidad se va a hacer cada vez más marcada. Podemos esperar crisis económicas, desempleo, disturbios sociales, un deterioro progresivo de los sistemas de salud, educación, infraestructura y producción de alimentos, y un creciente cuestionamiento de la capacidad que tienen las élites para gobernar. En el ocaso de toda civilización las minorías dominantes tienden a hacerse cada vez más dominantes y a aferrarse a sus privilegios hasta las últimas consecuencias, y podemos suponer que no va a ser una excepción en nuestro caso. Para la gente común y corriente la pérdida progresiva de complejidad de nuestra sociedad se va a traducir en una creciente incapacidad para satisfacer las necesidades más básicas y en un aprender a vivir con menos recursos, opciones y oportunidades.

Este escenario se va a jugar a lo largo de varias décadas; no es que el petróleo vaya a desaparecer de la noche a la mañana. La diferencia en la vida de cada día es imperceptible, pero cuando veamos en perspectiva como vivíamos en el año 2011 y como viviremos en el 2040 se notará la diferencia. Lo más trágico del asunto es que no hay absolutamente la menor planeación a largo plazo y la visión que la gente tiene del futuro por lo general no va más allá del partido de futbol del próximo fin de semana o, en el caso de los políticos, más allá del término de su mandato. Quizás sea demasiado pedir que las personas con poder de decisión tengan la misma visión de los indígenas norteamericanos de la confederación iroquesa, que cuando se reunían en consejo contemplaban las consecuencias de sus decisiones hasta la séptima generación, pero actualmente parece que el único criterio para tomar decisiones sigue siendo el beneficio inmediato. Nuestra sociedad industrial va a seguir adelante hasta el final del camino, y en lugar de contemplar y hacer preparativos para una transición hacia una sociedad con una utilización más racional y moderada de los recursos, le pisa al acelerador y nos quiere llevar al futuro a la mayor brevedad posible.

Pero hablábamos de un dilema, y todo lo que se ha dicho hasta ahora no constituye más que un aspecto del predicamento en el que nos encontramos. El otro aspecto lo constituye por supuesto el impacto ambiental que nuestra civilización industrial ha tenido y tiene sobre el medio ambiente y que se manifiesta en el deterioro progresivo y pérdida del equilibrio homeostático o estado clímax del gran ecosistema llamado biósfera y de todos los ecosistemas que lo conforman. Las consecuencias de este impacto, incluyendo un cambio climático,ya se están viendo y cada vez va a ser menos posible seguirlas ignorando. La dimensión del problema no es difícil de entender, lo más difícil es querer entenderlo.

Durante varios cientos de millones de años la naturaleza se encargó de retirar el exceso de dióxido de carbono de la atmósfera hasta hacerla respirable, y sólo entonces la vida se trasladó de los océanos a las superficies emergidas. Todo ese carbono quedo atrapado en las entrañas de la tierra y con el tiempo se convirtió en petróleo, carbón y gas natural. Y ahí se quedó mucho tiempo y la tierra se convirtió en un vergel y llegó a un estado clímax de máxima diversidad y de equilibrio dinámico con una amplia capacidad regenerativa, y llegó por fin nuestra especie que se apropió del planeta tierra y de todos sus recursos y encontró su nicho ecológico liberando esas vastas acumulaciones de energía de nuevo al medio ambiente en un período extremadamente breve de tiempo. De acuerdo a la segunda ley de la termodinámica la energía fluye de áreas de gran concentración a áreas de menor concentración, y tarde o temprano la energía que se ha acumulado debe ser liberada. Desde este punto de vista, nuestra especie evolucionó entonces en servicio de la entropía, pero el punto crítico que hay que considerar aquí es que lo que a la naturaleza le llevó cientos de millones de años retirar del medio ambiente el ser humano lo ha devuelto en tan sólo un par de siglos, que no es más que un abrir y cerrar de ojos en escala geológica.

Cuando la primera fábrica a base de carbón se inauguró en algún lado de la campiña inglesa a mediados del siglo 18, al humo que salía de la chimenea no se le concedió la menor importancia. Total, se lo lleva el viento, han de haber pensado los gentlemen ingleses. Pues sí, se lo lleva el viento, pero resulta que no se lo lleva a ningún lado, porque todo se queda aquí, en la tropósfera. En la actualidad ya no es una fábrica, son millones de ellas, y mil millones de vehículos, y cada año se liberan 27000 millones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera; si se pudieran congelar, a -80º centígrados, se llenaría un contenedor de uno y medio kilómetros de alto y 20 kilómetros de circunferencia. Hemos quemado la mitad de las reservas probadas de petróleo y con eso ha sido suficiente para alterar el equilibrio de los sistemas de autoregulamiento que permiten que el planeta tierra mantenga las condiciones ideales para el desarrollo de la vida. Al mismo tiempo que se libera esa enorme cantidad de gases a la atmósfera, nuestra civilización industrial arroja 13 millones de toneladas de compuestos químicos tóxicos y 6 millones de toneladas de basura al medio ambiente cada día, y una buena parte de esa basura y compuestos tóxicos terminan en ríos, lagos y mares. Asimismo cada día son destruidas 80,000 hectáreas de selva tropical, casi una hectárea cada segundo, y más de 100 especies vegetales y animales son llevadas a la extinción. El estado clímax en el que alguna vez estuvo la biósfera hace tiempo que se perdió, y estamos viviendo una dramática pérdida de biodiversidad y deterioro en la cantidad y calidad de vida de nuestro planeta. Hemos roto el equilibrio, y sin quererlo estamos conduciendo un incontrolable experimento sobre el sistema de soporte vital de la tierra, y no podemos predecir las consecuencias.

Algunas de estas consecuencias ya se empiezan a notar. Sabemos que si no hay una reducción rápida y drástica en las emisiones de carbono a escala global la temperatura del planeta puede aumentar hasta unos seis grados a fines de siglo, y un aumento de por lo menos dos grados parece ya completamente inevitable incluso si se tomaran medidas inmediatas, que no se están tomando. Pero no es necesario esperarnos a fines de siglo, los efectos ya se están sintiendo. Los casquetes polares ya se están derritiendo, y el mítico paso del norte ya está abierto. Las tormentas tropicales cada vez son más fuertes, y las sequías más pronunciadas. Los refugiados ecológicos ya empezaron y a partir de algún momento se van a convertir en avalancha. Es importante considerar que para el planeta tierra un cambio climático es algo relativamente normal. A lo largo de las eras geológicas la tierra ha pasado por muchas etapas de calentamiento y enfriamiento y una variación de seis o diez grados no es nada que la tierra no pueda llegar a asimilar. Son los efectos sobre la civilización y la población humana los que van a ser devastadores. La tierra es mucho más resiliente que nosotros, y ha estado aquí mucho antes y seguirá estando mucho después de nuestro paso por el mundo. Si la temperatura global aumenta seis o diez grados quizás le tome al planeta tierra unos cien mil años volver a recuperar las temperaturas a las que nosotros estamos acostumbrados; el planeta tierra tiene el tiempo y la paciencia necesarios para esperar. Somos nosotros los que tenemos que decidir si queremos vivir en un mundo así.

Nos hemos colocado entonces entre la espada y la pared. Por un lado estamos completamente dependientes del petróleo, nos hemos acostumbrado a niveles de consumo de recursos y de energía insostenibles, nuestro sistema económico tiene una inercia impresionante y va a ser prácticamente imposible detenerlo, no hay la menor voluntad política para tomar medidas que sean significativas o que puedan hacer una diferencia real, los intereses creados están demasiado atrincherados y se van a defender hasta las últimas consecuencias, los niveles de población siguen aumentando y la mayor parte de la gente vive en una feliz y despreocupada ignorancia y en una completa apatía y desinterés por este tipo de cuestiones. Y por el otro lado es nuestro mundo el que está en la balanza. El mundo en el que estamos acostumbrados a vivir. El mundo que le vamos a dejar a las generaciones futuras, que nos van a reclamar no ya que no les hayamos dejado petróleo, sino que lo hayamos quemado todo y que les hayamos dejado un planeta tan seriamente disminuido y donde la única opción va a ser tratar de sobrevivir en las nuevas circunstancias.

Pero un dilema es un dilema únicamente hasta el punto en que todavía se puede hacer algo al respecto. Y si no se hace nada al respecto llega un momento en que uno es rebasado por los eventos. Es probable que eso sea lo que nos suceda. Vamos a seguir quemando el petróleo hasta la última gota. La ventana de oportunidad que todavía tenemos para reducir las emisiones de carbono la vamos a dejar pasar y vamos a seguir con el pie en el acelerador creyendo en el mito del progreso y del crecimiento indefinido en un mundo finito hasta que nos topemos con los límites y terminemos por llegara donde vamos. La verdadera sustentabilidad no puede estar basada en el crecimiento. Como dijo Gandhi, la verdadera civilización no consiste en el aumento artificial de las necesidades, sino en reducirlas voluntariamente.

La única alternativa es educar y concientizar a la gente. Sólo si un número crítico de personas están dispuestas a hacer cambios en sus estilos de vida y a participar activamente en campañas para tratar de frenar los peores excesos de nuestra civilización industrial quizás se llegue todavía a hacer alguna diferencia, por lo menos para suavizar un poco el inevitable encontronazo con la realidad que nos espera a lo largo del camino. Los cambios los vamos a tener que hacer de todas maneras pero es mejor hacerlos paulatina y voluntariamente, con preparación, a que nos sean impuestos por las circunstancias, y ya hemos dejado pasar demasiado tiempo.

Nadie nos va a venir a sacar del predicamento en el que nos encontramos. A estas alturas el énfasis debe de ser en tratar de conservar lo que todavía se tiene, lo que queda del mundo natural, contra todo intento de seguirlo explotando. El mundo natural no nos pertenece y sólo si aprendemos a vivir en armonía con ese mundo habrá un lugar para nosotros en el futuro que se nos viene.

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