Siguen en peligro los reinos animales: ¿quién tiene la culpa?

El jaguar mexicano, una de las diez especies con mayor peligro de extinción en México. FOTO: Especial
El jaguar mexicano, una de las diez especies con mayor peligro de extinción en México. FOTO: Especial

PACHUCA. —El calentamiento global es el resultado del conjunto de acciones inconscientes de los seres humanos; especie dominante que ha afectado el planeta y su equilibrio. ¿Pero qué lo ha causado?  La caza no reglamentada, el tráfico ilegal de especies y, por supuesto, la alteración de los ecosistemas naturales.

Aunque se realizan grandes esfuerzos para despertar la conciencia espiritual, ecológica y solidaria, ¿por qué parecen insuficientes o poco eficaces sus acciones para cumplir el noble objetivo de proteger los reinos animales?

Debido a que la construcción del ser civil está relacionado con la educación, podemos ver que ésta viene fallando ya que la gente compra productos hechos de animales, consume productos de organismos vivos de manera ilegal o explota a animales salvajes para uso doméstico como mascotas. Algo falla en el modelo educativo que no se logra transmitir a la gente que destruir a los animales crea un desequilibrio en el planeta, el cual está arriesgando la existencia del ser humano.

Algunas obscuras cifras:

El tráfico ilegal de especies (animales, plantas o cualquier organismo vivo) es una “empresa mundial” que próspera en países donde hay gran riqueza de flora y fauna como México, que es el cuarto país mega-diverso del mundo. Y las ganancias de éstas «empresas» —por lo general clandestinas—, se cuentan entre los 8 y 10 millones de dólares anuales (¡Anuales!), estando por debajo, aunque de forma sutil, del tráfico de drogas y el contrabando de armas. Pero, a gran diferencia de éstas dos, sus “castigos a los infractores” son menores pues no se les considera grave ante, por ejemplo, vender sustancias ilegales o armamento. ¿Pero por qué? Acaso, ¿no es lo mismo que traficar personas? ¡Estamos hablando de vidas que fueron privadas de su libertad, de su voluntad y son reducidas a una simple mercancía!

Lo que más se llega a vender son peces, aves, mamíferos diversos, primates, corales, tortugas, colmillos de elefante y rinoceronte; también plantas como el cactus y orquídeas, pero ¿quién alienta el mercado de éstas especies? ¿Si hay mucha gente que está en desacuerdo con éste tipo de contrabando, por qué se siguen pidiendo?

La Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), revela que: “Se calcula que en el reino animal hay alrededor de 700 especies en peligro de extinción y 2.300 seriamente amenazadas. Unos 50 millones de animales son utilizados en investigaciones de laboratorio (como pasa con Colgate, L´oreal, Garnier, etc.) o capturados para su venta como mascotas. […] En Estados Unidos ingresan anualmente 30 millones de animales como mercancía, que vienen de Brasil, México y países africanos. El tráfico ilegal de animales mueve más de 4.000 millones de dólares por año.” (Semarnat, 2014).

¿Pero cómo ha sido posible que se permita toda ésta ola de destrucción? Como todo, tiene su explicación y el parámetro es triste.

Empezando por explicar que no sólo las especies están en riesgo por la caza indiscriminada, sino porque su hábitat también está siendo agredido ya sea porque la gente altere su equilibrio natural de las especies. Por ejemplo: agregando especies no autóctonas de la zona que distorsionan la cadena alimenticia; especies de plantas que se vuelven parasitarias o que reducen el número de especímenes que ya habían ahí. También porque se instalan negocios en esa zona que contaminan el agua y el aire, forzando a los seres vivos a huir, o  porque la gente pasea por las zonas verdes sin respetar las normas y andan por ahí como si fuera el patio de su barrio. También porque  han aumentado los desarrollos de inmobiliarios con la excusa de atraer turistas y/o  satisfacer la demanda de vivienda de los centros urbanos o rurales. Es entonces que muchos países que han perdido a sus especies locales por falta de cultura ecológica.

En la revista, SinEmbargo, Dulce Ramírez, directora de la Organización de la Igualdad Animal, habla por los derechos de los animales: “La caza es un crimen, es una práctica injusta y debe terminar sencillamente porque mata animales. Nada justifica dispararle a un animal por diversión”.

Israel Arreola de AnimaNaturalis argumentó lo siguiente respecto a la situación de nuestro país: “Nosotros luchamos por los derechos fundamentales de los animales entre el cual está el derecho a la vida y, evidentemente, la caza lo vulnera. Otro derecho es el de no ser torturados, pero los cazadores los hacen sufrir, porque muchas veces los animales reciben un disparo y no mueren al instante; tratan de huir heridos hasta que son rematados o mueren ellos por su cuenta, y el sufrimiento puede extenderse por varios días.”

Ellas, al igual que yo, somos parte de la idea de que la vida de los animales, al igual que la de un ser humano, se le ha arrebatado el valor moral y ha sido sustituido a un valor monetario. Arreola asegura que la venta de animales es un «negocio rentable» y que «nos encontramos en una situación en la cual se le otorga mayor importancia al dinero que al derecho más importante, el de vivir», lo que nos vuelve a nosotros los seres humanos, seres egoístas y crueles.

Yo tengo compañeros de arquería que van de caza y lo ven como algo divertido, como si no tuviera consecuencias, como si se tratara de lanzar una pelota a una canasta, pero en éste caso es que quien logre matar al venado se lleva el dinero. Si estuviera a mi alcance, los denunciaría ante las autoridades y así los venados de cola blanca, los conejos, los pumas y muchas otras especies se salvarían, pero prefiero proteger a los venados por mi cuenta que perdiendo energía con personas así, corruptas y seguras de su idiotez.

Porque, la caza por diversión (mas no la que se hace por necesidad como hacen los nativos del Amazonas, de la Sierra Tarahumara o los esquimales) yo la considero un acto de violencia, porque los animales son acosados con trampas, con sonidos engañosos y disparos; sufren con los cuchillos, las balas y los venenos.

Muchas autoridades deportivas mexicanas aprueban ésta “industria alternativa” para atraer turistas de diferentes entidades sociales extranjeras. Porque aquellos que la promocionan le brindan a la economía del país 160 millones de dólares, según cifras difundidas por el diario La Jornada, (17 de septiembre del 2001). Y dice la Secretaría de Turismo ante esto que ésta actividad se podría aprovechar como una mejora para controlar los recursos y darle cierta reinvención a la conservación. Yo sinceramente, pienso que eso es una gran mentira. Suena casi a una excusa. ¿Matar animales como modo de reinvención de la conservación? Si la vida silvestre desaparece,  por más que tuviéramos la piedra filosofal, no viviríamos para contarlo.

Por si te inquietaba, en el territorio nacional, no son más de 12 mil áreas las que tienen el permiso de Semarnat para poder practicar la caza deportiva,  la cual genera infinidad de empleos directos e indirectos: prestadores del servicio, guías, choferes y un largo etcétera. En 10 año,s sólo en Estados com: Chihuahua, Coahuila, Sonora, Nuevo León, Tamaulipas y Baja California, se han generado 43 mil 685 empleos en la temporada de caza. (Esperen… Me huele a doble moral.)

Es así, mientras que para los activistas ecológicos (entre ellos me incluyo), la caza furtiva, deportiva y la venta ilegal de animales es considerado un acto inhumano por lo que ocurre tras bambalinas, para otros muchos ven una gran oportunidad económica o un deporte como cualquier otro. Y considerando que la cultura es un conjunto de valores, costumbres y creencias prácticas que construyen la forma de vivir de un grupo en específico, vemos que nuestra cultura está errando sus valores, lo cual nos está llevando a éste desequilibrio con la naturaleza y con nosotros mismos.

Las autoridades deberían aumentar la vigilancia en las zonas verdes y protegidas, eliminando los mercados negros. Deberían analizar los permisos de caza; deberían capacitar a su personal para que sean funcionarios y funcionarias honestas, con ideales comprometidos a la naturaleza y a la vida, para que sus decisiones estén destinadas a la preservación de las especies.  Y también depende de nosotros, de nosotras: Hay que hacer conciencia sobre lo que sucede en nuestro planeta, no sólo en el aspecto político y social sino también en el ecológico. Repensemos nuestras acciones. Le estamos haciendo daño al mundo y, por ende, a nosotros mismos.

 

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