¿Recuerdan el sexenio de los «daños colaterales»?

Deben ser los sinaloenses, y nadie más que ellos y ellas, quienes decidan si fue correcta o no la decisión de preservar la vida de los casi setecientos mil habitantes de Culiacán en vez de desatar una masacre en la ciudad por la detención de Ovidio Guzmán, hijo del Chapo Guzmán, del cártel de Sinaloa. Es muy fácil hablar desde fuera. Hay personas (muchos periodistas, para mi vergüenza) que prefieren se derrame sangre a preservar la vida de las personas. Crecieron jugando a sacarse el pene y ver quién lo tiene más grande. ¿Ya no se acuerdan de lo que ocurrió en Tamaulipas, en Veracruz, en Michoacán, cuando lanzaron al Ejército a responder fuego contra fuego? Poblaciones enteras fueron desplazadas, niños murieron, era la época de los «daños colaterales», de los doscientos mil muertos, los ochenta y tres mil desaparecidos, los millón y medio de desplazados. ¿Ya no se acuerdan o les gusta hacerse tontos? Ahora vociferan «Estado fallido», «Gobierno rendido», «López inepto», mientras se regodean con los muertos, cuando callaron los crímenes de Estado o se enajenan exaltando narco-telenovelas. Se les olvida o prefieren omitir que Calderón y Peña Nieto pactaron con el narco, según lo han reconocido los abogados de los cárteles. Amantes de la cultura gringa, se les pierden las preguntas cuando se trata de reconocer que desde Estados Unidos se venden esas armas de alto poder, las mismas que se usan en Siria, y en Estados Unidos se compra la droga que sostiene al narco. Podrá juzgarse, con razón o no, que fue un operativo fallido, pero, cuando al fin hay un Presidente que prefiere salvar la vida de las personas por encima de la captura de un capo; que llevó a la Guardia Nacional para hacer una captura real, sin cámaras, ni pactos; que no juega a ponerse casaca militar, entonces sí se acuerdan que Sinaloa también es México.

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