Alina Alvarado, «Vivo mi mayor sueño: ser mujer»

En la CDMX, en el seno de una familia católica y en gran medida conservadora, nació un bebé varón. Con alrededor de cinco años de edad, se sentía diferente a sus compañeros del jardín de niños. Su maestra y compañeras no le parecían atractivas, «admiraba su belleza, porque eran niñas, pero realmente consideraba atractivo a un compañerito del salón. Yo me preguntaba ‘¿Por qué me gusta él?’ No lo entendía», relata quien hoy lleva el nombre de Alina y tiene 35 años de edad.

Su transición a convertirse en mujer transgénero fue muy lenta, ya que en su familia muchos no entienden de sexualidad. «El sexo es un tabú», afirma. «Primero salí como un chico gay, a los 14 años; estaba en la secundaria aquí en México. Siempre fui una persona muy afeminada y delicada; me hacían bullying. Proclamarme gay fue una manera de sentirme más cercana a lo que yo quería: ser mujer», relata Alina, a quien a partir de ese momento dejaron de molestar, cuidaron y respetaron. Por su parte, su familia intentaba comprender la situación.

Cuenta que incialmente decidió “salir del closet” como un chico gay porque notaba que estos tienen más apoyo o aceptación por parte de la comunidad heteronormada. “Yo sí vi la diferencia entre ser gay y ser lo que soy. Personalmente ser gay fue más fácil que ser mujer trans. Hay muchos estigmas contra quienes decidimos ir en contra de nuestra naturaleza biológica. Hacerlo me cerró bastantes puertas”.

Alina vivió unos años en Estados Unidos con su familia, «Como un chico gay, practicaba el travestismo. Era mi una manera de ser mujer por momentos. Ser gay boy fue bueno allá; tuve el trabajo que quise, sin complicaciones. En México también pude tener trabajos como cualquier otra persona, pero cuando me convertí en mujer trans, esas posibilidades de tener un empleo formal y bien remunerado fueron nulas».

En 2010, impulsada por quien era su pareja, decidió convertirse en mujer. «Fue en un instante. Vivía en Playa del Carmen, salía con un chico de España que me dijo que tenía todo el potencial para ser la mujer que quería ser».

Aunque Alina pudo por fin ejercerse como deseaba, la violencia la esperaba a la vuelta de la esquina. “Me he encontrado con todo tipo de violencia. Por ejemplo, a la fecha no tengo idea de cuántas veces me han violado, lo han hecho muchas veces”.

«Superar los episodios de violencia me ha costado mis horas de meditación, aprender sobre la espiritualidad. Pienso ‘Ok, ya me violentaron. No hay nada más que yo pueda hacer para quitar esa marca, pero depende de mí si quiero verla como una herida permanente o como un aprendizaje para elegir qué debo seguir haciendo y qué debo dejar de hacer. Una vez una gran amiga feminista llamada Raquel me dijo ‘No hay necesidad de exponerse a tanto.’ En ese momento no lo entendía, pero hoy por hoy puedo decirle gracias, tenías razón. Hoy por hoy, esa violencia ya ocurrió, sólo puedo superarlo, salir adelante y desearle lo mejor a todos los seres”, dice con esa voz carente de rencor que siempre la ha caracterizado.

Alina, a quien conozco desde hace años, ha mencionado constantemente su deseo de retornar a EUA o vivir en otro país, porque considera que, en México, hasta dentro de la comunidad LGBT hay violencia. «México tiene un problema social y cultural lleno de prejuicios, que si eres güero, pobre, indio, entre muchas otras cosas. Estos años en México me ha pasado de todo. Tuve la oportunidad de ir a Canadá una temporada. Aunque era migrante y distinta, sentí más respeto de parte de ellos que por la gente de mi propio país. Quisiera irme para encontrar un trabajo bien remunerado donde no me digan como aquí, que no aceptan a gente como yo», expresa.

Piensa que nadie debería vivir ese tipo de discriminación y desea que México pueda evolucionar en ese sentido. «Cada vez veo más transfeminicidios. Así como las mujeres cis, las trans estamos cansadas de ser consideradas un objeto sexual o personas que sólo pueden trabajar como prostitutas o estilistas. No digo que esto sea malo, pero yo creo que también podemos desempeñar otros trabajos».

Cuando le pregunto qué ha sido lo más positivo de convertirse en quien es ahora, afirma que ver la manera en que su familia y amigos se acercan a ella. «La gente que me rodea, auténtica y genuinamente, me ama; sin juzgarme, rechazarme o preocuparse por el qué dirán. Aún en el 2020, mucha gente nos mira con cara de asco, de rencor, de cosa rara. Por fortuna, la gente que me rodea, me apoya, me ama y me respalda. Yo me siento segura y agradecida por los seres que me han aceptado en este curso de vida».

Uno de los sueños de Alina es, en sus palabras, una utopía: «fraternidad, amor y paz, pero también creo estar viviendo mi mayor sueño: ser mujer, ser quien realmente me siento en mi interior y poder expresarlo sin temor alguno. Ese es mi mayor sueño y lo hago realidad cada día, aunque sé que en este país me puede costar la vida».

«Lo más importante para mí es vivir el día a día y saberme hecha, que ya soy la mujer que de pequeña imaginé ser», finaliza.

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