Trastorno de identidad disociativo

Me estaba acordando de ti, de cuando corrimos de la mano en la playa. Íbamos brincando y tú estabas triste, se te pusieron los ojos vidriosos y casi se te escapaban las lágrimas. Yo me dejaba acariciar las pantorrillas por las pequeñas olas que llegaban a la orilla.

     Mamá dice que eres muy exigente y que por eso nunca vas a ser feliz. Que siempre lloras sin razón, que eres una tonta. Yo creo que no eres tonta, somos amigas y nos divertimos mucho corriendo por la playa como cuando me ganaste la carrera y te alcancé en la roca. Me gustaría tener la fuerza que tienes en las piernas para que no me atrape tanto la arena porque siento los pies de atole como en mis pesadillas, trato de correr y la arena se aferra a mis plantas volviéndome más pesada.

     Te alcancé en la roca, estabas viendo que una ola chiquita se llevaba un zapato viejo y un pedazo de plástico y sí estabas llorando, como dice mi mamá, por cualquier cosa. A mí me da miedo la oscuridad y los gritos de mi papá, pero no le digo papá, cuando hablamos de él, mis hermanas y yo, lo llamamos por su nombre para perderle el miedo. ¿Tú a qué le tienes miedo? Los grandes no le temen a la oscuridad ni a su papá. Entonces, ¿qué es lo que te hace llorar? ¿Tú ves fantasmas que te espantan en las noches?, platícame para imaginármelo.

     También estuviste preocupada esa semana que no podía aprenderme las tablas y el maestro me dio un reglazo en la mano. Sentí tu mirada consolándome y sólo con eso me quitaste el dolor. Ese dolor igual al de cuando mamá me dio una cachetada: primero sentí el golpe, después un ardor, se me puso colorado y al rato me dio temperatura.

     Te vi espiándome, ¿por qué te metes al baño a la hora en que estoy desnuda a punto de abrir la regadera? Ves cada fragmento de mi cuerpo, encuentras lugares en mí que son como caminos por los que no he pasado, me haces pensar en cosas insospechadas que me depara la vida muchos años después de estos incipientes descubrimientos. Ya no abro la llave de la regadera, atisbo en los espejos y aparecen misterios, dudas, rutas muy largas que aún soy incapaz de explorar. Tú me das la confianza de que algún día tendré las respuestas.
     
     Pero dime, ¿cuándo desaparece el miedo a la oscuridad y la angustia de que es domingo y no puedes terminar la tarea, el terror a que mi mamá se va a la calle y yo me quedo sola? El otro día te vi fumando un cigarrillo; estudiabas, tenías a un lado un cenicero. Quise fumar como tú pero cuando lo intenté me dio tos. 

     ¿Crees que algún día yo pueda leer completo un libro de esos gordos como los que tienes en tu escritorio? Nada más de verlos me doy la vuelta y mejor me salgo a jugar, a contar los días y los años que me faltan para ser tú. Me subo a la bici y me caigo en el cascajo porque no puse el freno a tiempo. Pero antes de que me vaya contéstame una cosa, ¿cuál fue el fantasma que nos siguió en la playa?
 

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