Érika Rodríguez y la POLÍTICA DIGNA


En la punta de la sierra de Actopan, allá donde avistó el famoso puma, un joven se arrastraba entre la maleza con la fuerza de sus brazos y empuñando la tierra; así aprendió a avanzar, sin las piernas que, sin embargo, no le hicieron falta pasa hacerse a la vida. Por la vereda, su jornada se encontró con un grupo de jóvenes liderados por Tamara Pedraza Rodríguez, hija de Erika Rodríguez Hernández, quién en esos días estaba recorriendo la zona durante su campaña a diputada local por aquel distrito que atraviesa la montaña actopense, entre El Arenal, puerta del Mezquital y las vegas elevadas de Metzquititlán.

Al verlo luchando a puños por sortear los caminos, Tamara y su equipo lo detuvieron con amabilidad. Había que saber más. ¿Quién era? ¿Por qué una persona con tal discapacidad ha de arrastrarse sin la ayuda de una silla de ruedas? Pero la historia del hombre, no era la que se esperaría desde la mirada de los seres de ciudad. Él héroe no necesitaba una silla con la cual moverse. Aún más, ya lo tenía resuelto con una burrita sobre la cual recorría el monte, supliendo la fuerza de las piernas que le faltaban. Pero su querida compañera de viaje, recién había muerto. Por eso, su cuerpo tuvo que volver a arrastrarse sobre la yerba.

Tamara sintió el estrujo de su alma, más del dolor brotó la convicción: Aquello debía saberlo quien debía saberlo, para encontrar la forma de ayudar. Tomó el teléfono y del otro lado de la línea, Érika Rodríguez dio un sí enérgico. La misión en medio de una campaña a pie y sin recursos de pronto era: ¿de dónde y cómo conseguir un burrito para ayudar a aquel necesitado héroe de la sierra? En su reflexión nocturna, con el calor de un té, la candidata resolvió de una manera personal —porque es ahí, en las imperiosas circunstancias, cuando uno puede valerse de los cariños cercanos—. Llamó a Raquel Hinojosa, querida comadre de su muy querido terruño San Agustín Tlaxiaca. Y sí, como ocurre a menudo, es entre los propios, los inclaudicables, dónde se hallan los apoyos.

El burrito llegó de manos de doña Raquel Hinojosa, que fueron las manos de Tamara y de la propia candidata. El hombre que hubo de arrastrarse, de nuevo se elevó. La voluntad de detener una campaña para ayudar a un ser humano en necesidad, más si se trata de alguien que no es el «gran elector» que el sistema valora, podría ser para muchos expertos casi un suicidio electoral; pero para Erika Rodríguez Hernández fue un momento para demostrar que no hay política más digna que servir a los demás y eso, al final, le valió la confianza de todo un distrito.

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