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jueves, diciembre 1, 2022

¿A quién beneficia realmente la GUERRA SUCIA?

PACHUCA — La guerra sucia es una táctica de manipulación dirigida a demeritar la imagen política de un candidato o candidata. Pretende, pues, influir en la percepción que un electorado hipotético tiene sobre un personaje para diluir sus posibilidades de elección. Así, los votos que podrían volcarse sobre una opción, al modificar su opinión acerca de éste, variarían. En suma, la candidatura sobre la cual se ha dirigido la táctica vería mermada su influencia, lo cual se traduciría en una eventual derrota o, de menos, la reducción de su ventaja.

La lógica electoral indica que, los votos que la víctima perdiera, se canalizarían hacía la opción más fuerte seguida de ésta. Pero la política no es binaria. En elecciones, siempre se juegan más de dos opciones aún si sólo dos personas compitieran. Factores como la anulación del voto o el abstencionismo también son alternativas en una elección, además de todos los recursos legales a los que el pueblo tiene acceso para anular a quien considere que ha competido contra el reglamento. En elecciones donde se presentan tres, cuatro o más candidaturas, las preferencias que perdiera la opción que ha sufrido la «guerra sucia» se decantarían por aquella con la que habría más afinidad política; es decir, lo más parecido a. Por ejemplo, en la elección presidencial mexicana de 2006, quienes rehusaron votar por el aspirante de izquierda Andrés Manuel López Obrador, lo hicieron por la variable más cercana, en aquel caso, la candidata del entonces Partido Alternativa Socialdemócrata, Dora Patricia Mercado Castro. En el caso de que, en una elección, no hubieran dos o más candidaturas afines, esos votos se perderían.

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Sin embargo, comete un grave error quien considere que la «guerra sucia» siempre funciona. Como en teoría de comunicación, un mensaje pierde su efecto en un contexto adverso, una táctica de manipulación como tal fracasa si no encuentra condiciones adecuadas. Condiciones como el ánimo social, la historia política de la comunidad en cuestión, las circunstancias materiales locales (economía regional, nivel de desarrollo, dispendio de recursos, calidad de servicios, función pública, etc.) y, en el último de los casos, la solidez del prestigio público del candidato a quien se pretende dañar. Así, para volver al ejemplo anterior, esto explica el fenómeno sin precedentes de la popularidad del hoy presidente López Obrador; sometido a una campaña de desprestigio por, al menos, veinte años, AMLO roza el sesenta por ciento de aceptación, convirtiéndose, además, en el segundo mandatario mejor evaluado del mundo. Su Partido, Morena, lidera todas las preferencias para las elecciones de 2022. Esto, a pesar de enfrentar una permanente oposición en medios.

De modo que no, la «guerra sucia» no siempre funciona y, puede decirse, casi nunca. Un error común entre la clase política es subestimar la inteligencia de la ciudadanía. Si como afirmara el teórico comunicacional Marshall McLuhan: «el medio es el mensaje», es muy fácil que la gente perciba de donde o de quién salen las campañas de desprestigio a razón de la impronta que carga el mensaje en sí, aun si las partes se deslindan. Es como tapar el sol con un dedo; o peor, lanzar la piedra y esconder la mano lo que, además de un despropósito, es una cobardía.

Luis Alberto Rodríguez Ángeles
Luis Alberto Rodríguez Ángeleshttp://rodriguezangeles.com/
Periodista y escritor. Premio Nacional de Periodismo en derechos humanos "Gilberto Rincón Gallardo" 2009. Doctorante en Investigación y Creación Literaria por Casa Lamm.

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