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viernes, marzo 13, 2026

Ninguna mujer debería tener que justificar su voz

Cada 8 de marzo las calles se llenan de morado. Se levantan pancartas, se pronuncian consignas, se recuerdan historias de violencia y resistencia. Es un día que incomoda, que sacude, que obliga a mirar una realidad que durante demasiado tiempo fue normalizada.

Pero hay algo que cada año aparece con la misma fuerza: el juicio.

No el juicio contra la violencia. El juicio contra las mujeres.

De pronto, alrededor del 8M surge una especie de tribunal invisible que empieza a evaluar quién tiene derecho a hablar y quién no. Se revisan decisiones pasadas, se cuestionan historias personales, se buscan inconsistencias, como si la legitimidad para alzar la voz dependiera de haber vivido una historia impecable.

Si una mujer denunció y llevó su caso hasta el final, se le reconoce.

Si en algún momento tomó una decisión distinta por miedo, por cansancio, por estrategia, por supervivencia, entonces aparece la sospecha.

¿Tiene derecho a llamarse feminista?

¿Tiene derecho a vestirse de morado?

¿Tiene derecho a hablar?

La pregunta en sí misma revela el problema.

Porque la violencia contra las mujeres no ocurre en laboratorios donde todo es claro, limpio y perfectamente racional; ocurre en la vida real, en medio de relaciones complejas, presiones sociales y procesos personales que nadie más vive desde adentro y, sin embargo, desde fuera, siempre parece fácil juzgar.

La comodidad del espectador permite construir narrativas simples: la víctima ideal, la decisión correcta, el camino que debió tomarse.

Pero la realidad de las mujeres es infinitamente más compleja.

A veces, denunciar es un acto de valentía y sobrevivir también lo es.

A veces, la justicia llega en los tribunales y, a veces, llega en la decisión de cerrar una etapa y seguir adelante.

Ninguna de esas decisiones cancela el derecho de una mujer a reflexionar, a cuestionar, a alzar la voz sobre lo que vive la mitad de la humanidad.

Pretender lo contrario es profundamente contradictorio.  Porque una lucha que busca liberar a las mujeres no puede terminar imponiendo un nuevo molde de perfección moral sobre ellas; no puede exigir historias impecables para conceder legitimidad; no puede convertir la experiencia de la violencia en una especie de examen público.

El feminismo no nació para fabricar mujeres perfectas; nació para que ninguna mujer vuelva a ser silenciada.

Por eso el 8 de marzo no debería ser un filtro que determine quién merece hablar.

Debería ser exactamente lo contrario: Un recordatorio de que todas las mujeres tienen derecho a su voz, incluso cuando su historia no encaja en las expectativas de los demás.

Porque la verdadera incoherencia no está en las decisiones complejas que una mujer pudo haber tomado.

La verdadera incoherencia está en exigirle perfección a quien ya tuvo que atravesar lo que nadie debería vivir. (Por I. M. V.)

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