Medios tibios, sociedad indiferente: «Esclavos Liverpool» y explotación laboral

. Pero en la cobertura del tema, la mención explícita a la tienda departamental brilla por su ausencia, como lo es también el contexto histórico y político sobre el evento: la explotación laboral que ocurre en los confines de una mazmorra en Iztapalapa es tan sólo la punta del témpano, una escena común en el mundo que desvela la parte baja de las cadenas de producción en la economía global contemporánea, de la que ‘Liverpool’ forma parte.

Por Mireya Márquez / Desde Abajo

La noticia cayó como bomba, pero como tal, se ha ido diluyendo. Un supuesto centro de rehabilitación en Iztapalapa funcionaba como maquiladora de bolsas para la cadena departamental Liverpool, ícono del consumismo aspiracional. Los bellos y seductores aparadores de sus numerosas tiendas son depositarios comunes de los sueños de millones de mexicanos en pobreza y de muchos clasemedieros que, tarjeta de crédito en mano, están a la caza de rebajas y descuentos de temporada con los que tales sueños acarician la realidad.
Pero resulta que sus llamativas y emblemáticas bolsas rosas, aquéllas que sirven para atesorar compras y que denotan el poder adquisitivo de aquél que las porta, tienen toda una historia detrás. Fueron fabricadas por adictos en ‘rehabilitación’, indígenas y migrantes recién llegados la ciudad, que fueron técnicamente secuestrados para someterlos a las peores condiciones de esclavitud, explotación laboral, maltrato, hacinamiento e inanición. Aún cuando en México las maquilas y fábricas a las afueras de las ciudades y en la frontera son estampa común de la pobreza urbana, esta vez el eslabón más alto del caso tiene un nombre y apellido por todos conocido, aunque sólo la agencia internacional de noticias AP, se atrevió a revelarlo: Liverpool. Por supuesto, un caso de esta índole pasa por la omisión, complicidad e inacción de las autoridades delegacionales y capitalinas. Deben informar y aclarar quién permitió la violación sistemática de sus derechos humanos e investigar otros posibles casos de esa misma naturaleza.

Curiosamente, a diferencia de las autoridades gubernamentales, el nombre de la cadena de tiendas Liverpool es el gran ausente del debate ‘institucional’ de los medios sobre los trabajadores en esclavitud de Iztapalapa. Uno esperaría que un episodio así tuviera la misma cobertura e interés mediático que las vicisitudes de los políticos, como aquéllas del titular de esa misma delegación, Rafael Acosta ‘Juanito’. La crítica a nuestra degradada clase política por parte de los medios de comunicación es el catalizador perfecto de las imágenes históricas que alimentan la cultura política nacional: políticos corruptos, ladrones, ineficientes, arrogantes, cínicos y sinvergüenzas que abusan de un pueblo indefenso e impotente, burlan o tuercen la ley, y defienden sus intereses, no los de los ciudadanos. Reafirmar esas imágenes a través de las noticias, comentarios y espacios de opinión es ya parte sustancial del discurso diario de las noticias. En contraparte, el cuestionamiento y crítica explícita al empresariado y al genéricamente llamado ‘sector privado’ aún está en pañales: la mención mediática a empresarios, tiendas, servicios y productos es mínima en comparación con la que se hace a la clase política.

Si usted está fuera de México y quiere seguir la noticia a través de los portales de Internet de los medios establecidos, se encontrará con que Liverpool es el gran ausente de la noticia sobre tales eventos. Haga la prueba: al introducir la combinación de palabras ‘esclavos’ y ‘Liverpool’ (palabras con las que la opinión pública se ha referido a los eventos) en un buscador de noticias, sólo encontrará un puñado de entradas, en su mayoría publicadas en medios electrónicos alternativos o blogs, y en contadísimos medios de comunicación establecidos. No así sí introduce la combinación ‘esclavos’ e ‘Iztapalapa’, que de inmediato muestra la amplia cobertura que han dado los medios al caso, pero que a simple vista, revela que el seguimiento a la noticia se ha enfocado a la cobertura de declaraciones de autoridades policíacas y delegacionales, a su posible vínculo u omisión sobre la situación en la que opera este centro, o a las acciones de la Comisión de Derechos humanos del Distrito Federal.

Pero en la cobertura del tema, la mención explícita a la tienda departamental brilla por su ausencia, como lo es también el contexto histórico y político sobre el evento: la explotación laboral que ocurre en los confines de una mazmorra en Iztapalapa es tan sólo la punta del témpano, una escena común en el mundo que desvela la parte baja de las cadenas de producción en la economía global contemporánea, de la que ‘Liverpool’ forma parte. Aún hay quienes preguntan por qué debería cuestionarse a la tienda cuando fue un proveedor, aparentemente ajeno, el que solapó tan aberrantes prácticas. Injusto es catalogar a la tienda de esclavista, argumentan. Pero esa visión en sí es de suyo preocupante: revela la naturalización con la que asumimos la gran maquinaria del capitalismo, que toma como inevitable el que deba haber perdedores para que las clases medias podamos gozar de las ventas nocturnas de liquidación. Son justo los proveedores y contratistas los que le hacen el trabajo sucio a las grandes empresas trasnacionales, los que burlan las legislaciones, estándares de calidad y reglamentación. Estos terceros partidos, como en el caso de este pseudo-centro de rehabilitación de Iztapalapa, son el instrumento moderno del trabajo sucio, la versión contemporánea de la trastienda decimonónica, el boleto que las empresas compran para tener el derecho a lavarse las manos y mantener su fachada e imagen intactas, y el instrumento sin el cual no podrían tener ganancias y precios competitivos.

Por ello la tesis de que Liverpool no es co-responsable de que un proveedor suyo le manufacture bolsas a bajos precios, peca de ingenuidad. Hasta hoy, no ha dado las explicaciones que se requieren, probablemente en la convicción de que la indiferencia de sus clientes no se las demandan, y en la seguridad de que convenientemente, los medios le seguirán marginado de su crítica. Cualquiera que sea su respuesta, sea ésta desconocer, ignorar , dejar pasar o solapar las condiciones de esclavitud con las que se elaboraban sus bolsas la hacen moralmente responsable por complicidad, ignorancia, o por omisión. Y el guardar silencio por tantos días revela un pésimo manejo de imagen institucional y un desconocimiento total sobre cómo son manejados estos casos más allá de las fronteras nacionales.

Como han hecho otras cadenas transnacionales, podría en primer instancia ofrecer una investigación exhaustiva, proceder a imponer desde ahora filtros y estándares de calidad más severos a sus proveedores y contratistas, que sean auditados por firmas independientes, y que aseguren no haber involucrado el maltrato a personas, animales o al medio ambiente en la elaboración de productos; que se comprometa a imponer códigos de ética y transparentar sus procesos de producción. Ello implicaría por supuesto, que no podría comprar a precios tan reducidos pero gana en imagen con un sector de consumidores que cada vez demanda—o debería demandar— mayores compromisos con el corporativismo responsable. De entrada la premisa suena irrealizable, por decir lo menos: la mayoría de activistas han pugnado por años para que la Organización mundial de Comercio imponga a los países estándares obligatorios de comercio justo y ético. Pero por lo pronto, ya en otros países sí existe una cultura del escrutinio a marcas, tiendas, y rutinas de producción de empresas, tanto por parte de los consumidores como de los medios.

Por eso mismo el instrumento más eficaz hasta ahora ha sido el consumidor organizado. La nueva tendencia de ‘consumismo ético’–aunque no libre de críticas también—no es una campaña de un puñado de activistas malolientes como usualmente se les ve. Es ya toda una moda y un estilo de vida entre las pudientes clases medias de los países industrializados, que cada día demandan más productos orgánicos, o aquéllos que garanticen que no hubo maltrato o explotación de personas o animales, o bien, que hayan sido comerciadas de manera justa. De tal forma, la etiqueta ‘fair-trade’ de los productos es ya un valor agregado, mucho más apreciado y buscado por consumidores cada vez más socialmente sensibles. Por ejemplo, las tiendas de cosméticos y productos de belleza ‘Body Shop’ es un ejemplo de productos sustentables que han sido comercialmente exitosos. La revista independiente británica ‘Consumidor Ético’, por ejemplo, publica anualmente una lista en las que reconoce aquéllas tiendas de ropa que invierten más en productos manufacturados éticamente.

Pero cuando no es así, los medios de aquéllos países, están prestos a escudriñar a las trasnacionales: asumen una postura explícita a favor de los consumidores (que a fin de cuentas son quienes compran sus diarios, leen sus revistas y ven sus programas), y no de las empresas. Véase por ejemplo el caso del diario británico ‘The Independent”. El mismo día que en México se conocía de la noticia de los trabajadores en esclavitud de Iztapalaba, el periódico publicó nuevas acusaciones contra la popular cadena de tiendas de ropa y accesorios ‘Primark’, cuya sucursal en la emblemática calle Oxford de Londres ocupa toda una cuadra y es destino favorito para compras a precios muy rebajados. Según el diario, justo cuando los accionistas de Primark celebraban ventas récord pese a la crisis económica, una organización independiente la acusa de continuar solapando las ínfimas condiciones de trabajo de sus maquiladoras y proveedores en el sur de Asia, donde por ínfimos sueldos, sus trabajadores soportan cargas de trabajo de 84 horas a la semana, desnutrición, maltrato, violencia sexual, hacinamiento e ínfimas condiciones sanitarias. Tras cada acusación, la tienda ha salido a defenderse con la promesa de imponer estricto códigos de conducta y verificación a sus proveedores, que aparentemente, no ha cumplido.

Por esta cultura de presión y cuestionamiento a grandes compañías, no es de extrañarse que en el caso Iztapalapa, hubiera sido la agencia de noticias AP, y posteriormente el New York Times, los que sin contemplación alguna hayan revelado el nombre de la ‘lujosa tienda departamental’ que otros diarios manejaron. El que los medios mexicanos no estén haciendo esa clase de cobertura mínima, e históricamente se abstengan de escudriñar a la empresa privada, o que se vea natural su marginación del tema y se aboque sólo a la responsabilidad de las autoridades gubernamentales, genera suspicacias sobre un posible conflicto de interés, dado que la tienda es una constante fuente de publicidad en los medios, particularmente en época navideña. El deber editorial de informar y cuestionar parece topar con la afectación de intereses económicos.

La tibia respuesta de los medios podría revelar dos cosas: que los grandes anunciantes siguen siendo intocables y la auto-censura parece ser la respuesta a los conflictos de interés, y dos, que no existe la voluntad ni visión periodística para identificar y obligar a empresas cuyas acciones trastocan el interés público, a rendir cuentas a sus clientes, a los consumidores y a los ciudadanos. Pero si los medios no pueden o no quieren, los ciudadanos y consumidores sí debemos hacerlo: no es un asunto de Liverpool, es una cuestión de vejaciones a los derechos humanos y a la legislación laboral vigente mediante la cuál una empresa privada está generando ganancias. El consumismo ético es una de las maneras en que el activismo a favor de derechos laborales, humanos, animales y de cuidado al medio ambiente, está pausada, pero decididamente, ganando un lugar preponderante y presionando las dinámicas de la economía de mercado. Las empresas sólo reaccionan a las demandas, cambios y tendencias de sus clientes. Sólo un consumo ético y responsable podrá ir abriendo brecha.

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