El sufrimiento de los niños palestinos encarcelados en el vientre de la bestia

«Este sitio es el grano en el culo de la ocupación», dijo Dalit Baum cuando a la salida se cerraron las puertas de la prisión de Ofer.

A los palestinos residentes en Cisjordania, que llevan más de cuarenta años viviendo bajo la ocupación y han sido privados de los derechos más elementales, se les lleva ante la justicia en tribunales militares. Todo este mecanismo legal al completo (interrogadores, fiscales y jueces) se compone de hombres y mujeres uniformados, subordinados y al servicio no de los principios de la ley y la justicia, sino de la maquinaria de la ocupación.

La cárcel, centro de detención y tribunal de Ofer se encuentra en un territorio palestino que fue confiscado a sus propietarios.

Durante algunos meses, acudí al tribunal y documenté lo que estaba sucediendo allí. Fui testigo de los intentos del sistema de crear la ilusión de que se trata de una corte judicial que respeta los artículos de los tratados y legislación internacionales, cuando en realidad no se trata más de una farsa que desborda cinismo.

Además de a los adultos, en este lugar se encarcela también a niños de todas las edades. Niños indefensos cuyo rostro había visto llorar sin voz. Niños a quienes se da caza en las calles, en las avenidas y en las casas de sus padres, en mitad de la noche y a plena luz del día.

Por esos niños torturados y tratados con violencia, cuyas cicatrices físicas y mentales jamás sanarán, cuya infancia les ha sido arrebatada y machacada; por los niños encarcelados, por los niños que habían cumplido su condena y por los niños a quienes todavía tenían que notificarles la fecha de ingreso en prisión, que planea sobre ellos como una amenaza perpetua para su vida cotidiana… Por todos esos niños tenía la obligación de contar esta historia.

La primera vez que atravesé el umbral y crucé las puertas de la sala, antes de conocer y comprender las reglas que rigen el lugar, las reglas de la arbitrariedad y la erradicación de seres humanos… al entrar en el salón donde se arrastra a gente joven dolorida y apesadumbrada, mi mirada se fijó en el rostro de un adolescente esposado y con grilletes en los pies cuyas mejillas estaban surcadas por dos torrentes de lágrimas. Las lágrimas manaban de sus resplandecientes ojos negros en silencio y su mirada estaba prendida en un rincón remoto de la sala, donde estaba sentada su madre con un gesto similar al de su hijo, con las lagrimas corriendo por las mejillas, con unos ojos luminosos que mantenían con él una conversación a gritos, sorda y sin lenguaje, que iba y venía entre uno y otra.

Yazun

En la sala del tribunal vi a Yzun Ta’ar Hamuda Alhatib, un chico Ramala, de 17 años, acusado de «tirar piedras». Al ver el rostro de sus padres, sentados en la última fila, la reservada para los familiares de los detenidos (lo más lejos posible de sus seres queridos) por miedo a que puedan tocarse, a que la madre o el padre toquen a su hijo (mientras que yo, una forastera, podía sentarme en los bancos de la primera fila), el rostro de Yazun se encendió con una sonrisa ancha y encantadora. El padre se apresuró a preguntar a su hijo si necesitaba algo. «No, nada», le respondió. «¿Dinero para la cantina?», insistió su padre. Pero Yazun sonrió: «No hace falta». De repente, como si se hubiera secado el manantial interior de la sonrisa, bajó la cabeza y empezó a llorar. Se serenó de inmediato, se limpió las mejillas y se apresuró a ponerse la máscara de la sonrisa que ocultaba el pesar y el dolor, una herramienta para superar la angustia y tranquilizar a sus padres.

Wasim

Y también vi en la sala de menores al frágil Wasim Said Saadi Elharhi, 15 años, de Hebrón, acusado de cualquier cosa arbitraria.

Wasim tenía cara de niño y permaneció todo el tiempo al margen de lo que estaba sucediendo, como si no tuviera nada que ver con él, ni con su destino, y cuando el juez Sharon Rivlin Ahai informó de que el acuerdo de culpabilidad que ambas partes estaban aceptando incluiría una multa de 3.000 shcekels, su padre se puso en pie y gritó que no disponía de medios para pagar semejante suma.

Entonces, la juez le dijo: «¿Qué hacemos con este chico? (expresándose en plural, como si ella y el padre actuaran en colaboración); no va por el buen camino…». Wasim miró a su padre con angustia y anhelo mientras la juez procedía y concluía en tono paternalista: «¡Debería aprender un oficio para hacerse un hombre!». Wasim siguió recluido.

Fuera, pregunté al padre cuál era el delito de Wasim. Me contestó: «Ya sabe, vivimos cerca de la Tumba de los Patriarcas, le robó una botella de gas a los soldados». Entonces, alguien que estaba cerca me explicó: «se refiere a un bote de gas».

Mientras van pasando las semanas y los meses y se visita este sitio, los rostros, nombres e historias van saliendo como una tupida telaraña de desesperación y pesar que hace añicos la vida y destroza toda esperanza, que encierra la infancia y la adolescencia en un callejón sin salida.

Todo el mundo debe saber lo de los niños y los adolescentes; las historias concretas similares a estas, de las que hay miles, son un retrato de la sociedad palestina y, para nosotros, la sociedad israelí, deben ejercer de señal de alarma, como un espejo que nos refleja.

Fuente: OICP Tamar Fleishman / Desertpeace . Traducido para Rebelión por Ricardo García Pérez

Como miembro de Machsomwatch, Tamar Fleishman, autora de la segunda parte de este artículo, se ocupa una vez a la semana de registrar lo que sucede en los puestos de control o checkpoints situados enter Jerusalén y Ramala. Esta documentación (informes, fotografías y vídeos) se puede consultar en la página web de la organizacion: www.machsomwatch.org. Tamar Fleishman también forma parte de la Coalición de Mujeres por la Paz y es voluntaria de Breaking the Silence. Escribió este artículo para PalestineChronicle.com. [Esta versión en español ha sido traducida del inglés, idioma al que lo tradujo Ruth Fleishman. (N. del T.)]Desert Peace es el nombre por el que también se conoce a Steve Amsel, estadounidense residente en Israel desde hace 27 años. Es responsable de este blog que, según sus propias palabras tiene por intención ofrecer una plataforma a las voces de palestinos y otras personas implicadas en la noble causa de alcanzar la justicia.

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