El Alivio

por Luis Ariel Ortega

Así que llevaba horas contemplando el techo sucio de aquella habitación ensombrecida y ruin. Miraba los miles de puntos esparcidos que forman figuras inimaginables. En algún momento creyó descubrir el espejo en el que se reflejaba su propia figura. Ese cuerpo desnudo echado en un colchón, las largas piernas morenas, el pecho lampiño, el vientre poco abultado para sus 45, el seño embriagado de placer. Todo, menos su rostro. Esa imagen grotesca y agotada no se encontraba.

Y ella a su lado. Perdida en un sueño cualquiera. Era el deseo descansado, el maravilloso e inerme pecado carnal. Preciosa inmovilidad. La blancura de su cuerpo, la cabellera enmarañada, la fortaleza de sus endemoniados muslos, la redondez de unos pechos que apenas y asoman de entre sus delgados brazos.

Y la música de fondo: irresistible, profunda, furiosa. Voz lenta, frívola, premeditada. “Una chica fría te matará en un cuarto obscuro”. Siniestra forma de satisfacer los sentidos.

Y él, pensativo. Cada vez más contemplativo. Extraviado en sus pensamientos en medio de la oscuridad. Los recuerdos en su mente eran fugaces, angustiantes. Una vida plagada de frustraciones, fracasos, derrotas. Un perdedor más en el mundo. ¿Cuál era la salida?, se preguntaba. Para un hombre que, desnudo de cuerpo pero no de alma, miraba su nauseabunda figura y evocaba esos días de paseo por parques, jugando con aquellos niños tirados al abandono un buen día asoleado que terminó en lluvia.

Cuál era la salida para un sujeto taciturno que falló dos veces con aquellas esposas decentes, tiernas, extrañas. La última vez al menos no fue aprehendido por dejar a su mujer en estado de shock toda una semana, tras una golpiza propinada una noche que nunca terminó.

Y ella seguía ahí, atrapada en sueños inalcanzables. Iluminados de fantasías. Devorando su conciencia fugitiva. Seguía ahí, inmóvil, sublime. Descansando después de una frenética lucha entre sábanas de odio y melancolía con aquel hombre. El mismo que semana tras semana acudía al mismo lugar y a la misma hora. Y con la misma billetera repleta de billetes de cien.

Y la música continuaba. Cada vez más lenta, cada vez más sombría. Deprimente como aquellos dos que más que dormidos y contemplativos estaban muertos.

¿Cuál era la salida? Acaso el destrozo de los recuerdos de una vida plagada de derrotas. Acaso la búsqueda inútil del reflejo de un rostro repugnante en un espejo inexistente en ese techo sucio, en esa habitación ensombrecida y ruin. Acaso las dos manos de él alrededor del cuello de ella. Sí, la misma que ahora permanecía inmóvil, sublime. La muerte agradecida.

La música continuaba y él aliviado porque otra vez no había encontrado la salida.

Old Man by Window (1974). - disabilityartsonline.org.uk

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