Crónica

El sol abrasador convertía los minutos en horas y las horas en una espera que, parecía, nunca iba a terminar. Cientos de personas adultas mayores hacían fila con tal de recibir la segunda dosis gratuita de la vacuna contra la COVID. A diferencia de la primera aplicación, la delegación de los programas del Bienestar del Gobierno de México decidió que, en esta noble y paciente Pachuca, ya no se establecería un solo punto de vacunación, sino que se repartirán en diferentes sedes y, a éstas, acudirán las personas según el lugar donde vivieran. De modo que había esperanzas de que la perseverancia cediera a la celeridad, pero no fue así; el sol abrasador convertía los minutos en horas y las horas en una espera que se convertía en reclamo, en protesta, en indignación. Tantas personas mayores y tanta espera, otra vez.

Pronto y harta de las expectativas fallidas, Rosita le contó a su comadre de lo fácil que es vacunarse en Estados Unidos, no como aquí, dijo.

—No, si un hermano del amigo de Pedro, amigos, amigos, trabaja en Monterrey y dice que es refácil ponerse la vacuna del otro lado. No’mbre, rapidito que se pasó a Laredo a ponerse la vacuna, tu vieras. Así, facilito.

—¡Pues habría de ir Pedro también!

—No, no. Si iba a ir pero pues hay que sacar la visa.

—¿Y por qué no la saca?

—Bueno, es que eso le dijeron. Yo creo que no es tan fácil. Y yo le decía que fuera.

—Pues sí. No, y que te llevara.

—No comadre, yo a qué voy, ni visa ni pasaporte tengo yo. Yo le decía a Pedro que fuera. Pero no quiso.

—¿Pues no que era tan fácil?

—Sí, o sea, sí; pero es que eso a él le dijeron. ¿Y si no?—, dijo Rosita, mientras sorbía su agua, se acomodaba una vez más como tantas su cubrebocas, y ponía en orden sus reflexiones.

—Mejor aquí, mira, como sea que nos la da el Gobierno gratis.

—Eso sí—, dijo su comadre.

Por su parte, pasos atrás de la fila, un señor aprovechó la indignación colectiva y, a falta de mes y medio de las elecciones legislativas, intentó agitar a las masas obedeciendo a su talante militante en no se sabe qué partido político, dadas las confusas circunstancias.

—Pero, a ver, nos gusta que el Gobierno nos trate como bestias. ¿Hasta cuándo aprenderemos los hidalguenses?—, dijo. Agitaba las manos y con sus manos su botella de agua, su paraguas y su sobre con documentos, con la mollera bajo el rayo del sol y rompiendo la fila de por sí caótica. Pero una señora, tomando su propia sombrilla como báculo de autoridad, atajó al inconforme.

—Oiga señor, todos estamos aquí formados. Por favor tome su lugar.

El retobo de la vecina dejó plantado al señor sobre la banqueta, con las palabras anudadas bajo el cubrebocas. Miró hacia otro lado y, como buscando su vergüenza en el piso, dio pasos cortos hacia su lugar en la fila mientras mascullaba que López Obrador algo, algo, algo, algo, la cuatroté, el PRI, voto de castigo, algo, algo, algo.

De pronto un murmullo vino desde el principio de la fila. ¿Otro señor amargado? Como un trompo chirriador recorrió buena parte del kilómetro de cola que ya tenía aquella espera. El susodicho regresaba encendiendo su queja: “¡Ya no hay vacunas!”.

—¿Cómo? ¿Cómo? —decían los pacientes, acercándose al vecino quejumbroso— ¿Qué pasó señor?

—Qué ya no hay vacunas. Mi esposa lleva hora y media esperando ahí adentro y ya le dijeron que no hay vacunas.

—¡No! —dijo una señora y otras tantas también.

—Ah, pero no puede ser así. Seguramente fueron por más —dijo otra frunciendo el ceño—, no pueden dejarnos aquí sin vacuna.

—Con razón llevamos aquí mucho tiempo y no avanzamos —dijo alguien más.

—Con razón.

Pero más se tardaron en torcer las bocas y mentar madres en silencio, que un contingente de la Guardia Nacional arriba al punto de vacunación con una hielera de considerable magnitudes.

—¡Órale! ¡Ya llegaron las frías! —dijo un comediante acomedido, quien no se aguantó las ganas de dejar pasar el chiste contextual, bajo aquel horrible calor ardiente de mediodía. Pero su ingeniosísimo comentario no cosechó lo aplausos deseados. Público difícil.

Repentinamente, a punto del sopor, la fila avanzó con la rapidez que se le había negado por casi tres horas. Los pasos comieron metros y las quejas bajaron su volumen. Las servidoras de la nación recorrieron la hilera repartiendo los turnos a quienes llevaban tanto tiempo esperando bajo el calor inclemente, apresurándose a tomar su pedazo de papel sobre los cuales se leían 954, 987, 933. La ilógica seriación hizo explotar nuevas protestas, pero las funcionarias encargadas se limitaron a decir que ya no importaba el número, sino el papelito, garantía de que habría vacuna para quienes lo tuvieran. Con semejante testaferro bien asegurado entre las manos, de cincuenta en cincuenta fueron pasando. Algunas personas sacaban sus documentos de prisa, otras guardaban el paraguas, se ajustaban las gorras, atropelladas, jalaban de las manos a sus acompañantes y el barullo crecía con la emoción de vacunarse o de que, al fin, aquel suplicio acabaría.

—¿Credencial y recibo de la primera vacuna? —dijo la servidora encargada de la entrada a una vecina que estaba por entrar. Ella mostró los papeles atropellando su bolso con las manos y, guardándolos de nuevo, volteó para apurar a quien no estaba.

—¿Mary? —dijo, con los ojos del tamaño de un plato y resoplando la tela del cubrebocas. Dio media vuelta y, alzándose de puntas sobre los que venían detrás de ella, lanzó un grito a una joven que aguardaba separada de la fila, dónde los acompañantes.

—¡Cristi¡ ¡Cristina¡ ¿Dónde está tu tía?

—¡Se fue, mamá! —dijo, alzando las manos, como para señalarse entre la multitud.

—¡¿Qué?! ¿Cómo que se fue?

—¡Ahorita se fue! ¡Que no quería ponerse la vacuna!

La azozobrada vecina volteó hacia la funcionaria, dándose una sonora palmada en la frente.

—Señora, ya tiene que pasar —le dijo la servidora de la nación.

Desde antes de las 7 am, vecinos y vecinas de Actopan comenzaron a formarse para recibir la primera dosis contra el virus Covid-19, a diferencia de lo que muchos pensaban, la fila era corta; sin embargo, conforme pasaban las horas llegaban y llegaban más personas mayores de 60 años.

Con documentos en mano, acompañados y acompañadas de familiares, las y los adultos mayores se saludaban con efusividad, pero siempre respetando la sana distancia. Parecía que a la ciudad del convento regresaban esos miércoles bulliciosos, los cuales han sido silenciados por un año y parece que será por más tiempo.

Durante estos 365 días de pandemia, las y los vecinos de Actopan dejaron de visitar la tradicional Plaza de los miércoles y saludar a sus amigos y amigas, pero hoy, gracias a la vacunación, al menos de lejos y por un par de horas pudieron saludar, platicar y ponerse al corriente de los «chismes del pueblo».

Algunas noticias no fueron agradables, pues el coronavirus ocasionó el deceso de varios actopenses; pero a pesar de ello, se podía ver emoción y esperanza en los rostros de varias personas.

Norma Cerón mencionó que esperaba con ansias la vacuna, «nos cuidamos en extremo, no salimos, y si lo hacemos, es con todas las medidas, ha sido un año duro, mi familia no se pudo reunir en navidad porque hubo contagios, afortunadamente yo estoy bien, pero nos dio miedo cuando perdimos a uno de mis hermanos».

Por su parte Gregorio Franco, dijo, «este virus ha sacado lo mejor y lo peor de nosotros. Ha algunos les valió y siguieron saliendo a la calle. Ya sabemos que de algo nos vamos a morir, pero no tan pronto y menos por un descuido. Quiero disfrutar de mis nietos, que me vean llegar pasita, pasita y morir tranquilo en mi cama, aun me faltan muchas cosas, y por ello es que recibo la vacuna con mucha emoción. Porque además es un gesto de responsabilidad conmigo, mi familia, amigos y vecinos, y por supuesto de amor propio».

La jornada de vacunación en Actopan se realizó con tranquilidad durante su primer día, las medidas de higiene y sanitización fueron claves en el recinto ferial de la ciudad del convento. Además de un trato cálido por parte del personal del ayuntamiento, secretaría de Salud y Delegación del Bienestar.

Sobre el rostro de Manuel escurría angustia. Lo amainaba el intenso calor de mediodía, sí, pero más que eso, la desesperación. Llegó solo al centro de abasto de oxígeno implementado por el Ayuntamiento de Mineral de la Reforma buscando un alivio. “Me dijo mi sobrino que aquí ayudaban. Vengo consiguiendo un tanque. ¿Sabes en cuanto los están dando? Treinta kilos. ¿Quién tiene treinta mil pesos ahorita?. Nomás los pinches políticos”, dijo al reportero mientras esperaba su turno en la pequeña fila para tramitar el beneficio.

Sacó su INE de la cartera. Nombre, edad, domicilio. ¿Cuántos pacientes tiene? ¿Es su familiar? Todas las respuestas van a la libreta. Ojalá y de esto se sacaran estadísticas. En Hidalgo no sabemos cuántos enfermos por COVID hay en casa. Se cuentan sí, quienes acuden al centro de salud; y de ahí, los muertos y los recuperados. Todos esos datos los tiene el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias. ¿Pero quiénes son los que aquí vienen? ¿A qué se dedican? ¿A quiénes cuidan? Son vecinos. Todos, pobres. En esta fila no se asoma ningún poderoso, ningún rico en Suburban de un millón.

Quienes aquí están llegaron a pie y a pie se van, cargando entre uno o dos el cilindro que pesa lo mismo que la sombra de la muerte. O llegan como Manuel, en un destartalado tsuru rojo dentro del cual se hace caber el tanque de uno sesenta metros y cien kilos completos. Es como cargarse a sí mismo, más el peso de la angustia que ya perla su rostro y su cuello. “Te ayudo mai”, le dice uno que a paso corto se arrima a ayudarlo. El cubrebocas le cuelga por debajo de su lugar, lo mismo que el pantalón. No importa; la solidaridad es el más apreciado de los modos. Y lo logran. Chocan las manos, aunque no deberían. Harta, la gente sólo quiere vivir.

Mientras, ya se asoma la primavera. A ver si con su llegada florecen esperanzas en este paraje semiseco de la comarca minera. “¿Cómo la ve? ¿Pará cuándo cree que acabe esto?”, me pregunta Manuel. Ojalá supiera. Alrededor sólo hay cuerpos que sienten el tiempo como pasando por la boquilla de un reloj de arena.

El viento bajó con tradición pachuqueña para jugar con las banderas arcoíris, y el sol juarista bienvino con su histórico progresismo la Marcha del Orgullo Gay que, año tras año crece y se hace más grande, atiborrando de juventud sus contingentes.

Atrás quedaron esos primeros años de marcha, que apenas congregaban unas cuantas valientes. Quince, veinte libres y transgresoras, bajo la mirada envidiosa del resto de doble-moral.

Pero con los años de lucha, quedaron bajo sus tacones y suelas los resquicios de los cristianos anti-derechos; su paso hundió a la reacción católica-panista con los escombros de su hábitos viejos, polillosos y podridos, esos que salieron huyendo esta tarde, con su cara tapada pero la mirada asomándose entre los dedos piadosos para deleitarse con los pechos aceitados y la gracia de esas cinturitas oscilantes: «¡No que no, sí que sí, ya volvimos a salir»!

«¡Hidalgo es el nuevo polo del progresismo en México!», sentenció Gloria Davenport al micrófono, líder de Humana Nación Trans. Tras ella, el Reloj Monumental marcó la hora de la diversidad.

Karen Quintero, líder de Transgénero Hidalgo, resaltó que esta es la primera Marcha del Orgullo Gay que festeja dos Leyes a su favor: el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género, aprobados en la actual Legislatura, claro, gracias a la multitud que aquí sigue alzando su bandera, con cada vez más manos.

Pachuca se puso alas de mariposa; su pelo multicolor se complace sobre los rosarios escandalizados de un puñado de blanquiazules. La niña vestida de verano, danza el hula-hula con ese pegajoso y arrogante reguetón de Thalía. Nadie detiene su Orgullo. Ella baila como si estuviera sola, en medio de un mar de libertad.

Un muchacho no puede contener la risa. Da brincos con sus piernas desnudas, y ríe con desparpajo tras el maquillaje tornasol. Ríe y se desborda. Abraza a su amante y lo besa tierno y vehemente. «Este día es para nosotros», susurra, y suelta su cabello púrpura al viento que lo acaricia suavemente. Esta es su ciudad; aquí el amor no cede.

Llegué a Pachuca el 15 de octubre de 1989; en unos cuantos meses cumpliré 30 años viviendo en esta ciudad y este Estado, o sea ésta columna se adelantó. Pero el fin de semana próximo pasado me trajo muchos recuerdos y además sorpresas.

Mi queridísima amiga Dorothy Busto me platicó que cuando su hija mayor le anunciaba con un grito desde la puerta que ya se iba, ella le cuestionaba -«¿Dorothy a dónde vas?»; la joven respondía: «¡A la vida mamá, a la vida!»

Ándele, así han sido éstos treinta años en Pachuca, ¡pura vida!.

Cuando aún estudiaba periodismo, escribí para dos periódicos ya desaparecidos, Novedades y El Heraldo, en ambos me tocó ver lo mismo: un grupo de periodistas que se organizaban el viernes para venir en caravana a la capital hidalguense. Yo pensaba ¿pues qué hay en Pachuca? (pobre inocente criatura).

¡Así es, venían al Abanico! Y a adentrarse en la vida nocturna de la ciudad, que en ese entonces era distinta a la de México por una razón: aquí todo se cerraba a las nueve de la noche y lo que estaba abierto resultaba caro, así entonces una buena parte discurría en casas particulares.

No pude tener mejor guía para la vida diurna y nocturna de Pachuca que Daniel Pérez Romero. Con él camine en la madrugada y entré a casas de barrios como El Mosco, La Alcantarilla, Patoni, El Atorón, La Surtidora, El Arbolito. Pero igual estábamos en la Aquiles, la Plutarco, Constitución, Juan C. Doria o San Javier, daba lo mismo.

En ésas casas que se abrían para quién quisiera llegar. Sobre todo se bailaba (fascinante ver a los hombres de Pachuca bailar lo que les pusieran) se contaban cuentos, anécdotas, chistes, por supuesto se albureaba, claro que se bebía y todo transcurría en paz.

Conviví con los personajes más queridos y enigmáticos de ésta ciudad: El Perico Rodolfo Weber, La Urraca Toño Damián, El Bicho Malo, Doña Vero, Juan Manríquez, por supuesto con los hermanos Pérez Romero y sus familias. Me topé en la noche con el Hombre Negro (quién nunca se dejó entrevistar); Alma Grande me sacó de un atolladero,;El Chino me preparó bisteces al tequila y las mejores cubas de la ciudad; baile sin música en plena Plaza Juárez con mi compadre Alfredo Rivera y Aída Suárez.

Con Irma Rubio hice un danza bajo una de esas granizadas, que nadie me cree, caen en Pachuca de un lado de la acera y del otro no. Con mi compadre Agustín Badillo. Vi por primera vez cómo se preparaba la barbacoa. Mi compadre Pedro Crespo me dejó atónita con su guitarra. Me eché una competencia de canto con Conrado Sandoval. Lola Michel me persiguió con un “Alka-Seltzer” en la mano porque iba a entrar al noticiero.


Lourdes Parga me cuidó toda una noche cuando caí víctima del estrés y del cansancio. Perdí al dominó con Julio Menchaca. Discutí como se debe con Roberto Meza (que, créanme, no era nada fácil). Omar Fayad me enseñó a preparar los mejores Bloody Marys

Lourdes Parga me cuidó toda una noche cuando caí víctima del estrés y del cansancio. Perdí al dominó con Julio Menchaca. Discutí como se debe con Roberto Meza (que, créanme, no era nada fácil). Omar Fayad me enseñó a preparar los mejores Bloody Marys. Agustín Ramos trató de consolarme sin éxito cuando supe que mi hermano tenía cáncer. Disfruté del mejor jazz con los hermanos Gándara en la “Fresca Rosa”.

Todos estos recuerdos detonaron el fin de semana.

El viernes, Corina Martínez me invitó al 16 aniversario de su programa de radio “Desearte”. Ahí se presentó la magnífica cantante de Jazz y Blues, Nina Galindo. Ya en casa de Corina, Nina me sorprendió con su prodigiosa memoria y me hizo recordar otra anécdota.

Hace muchos años, Nina vino al aniversario de la sección cultural del Sol de Hidalgo, “Intervalo”, que coordinó Aída Suárez. Me tocó hacerla de chofera. Era la primera vez en mi vida que manejaba una combi. Salimos del “Socavón” tardísimo, el estacionamiento cerrado con llave, gritamos para que nos abrieran.

Varios perros furiosos que espumaban saliva salieron a nuestro encuentro. Detrás un enorme hombre con uniforme, todos le suplicamos que abriera. La verdad es que él sólo escuchaba una voz, la de Nina: «¡Es que éstos perros son bien buena gente, siempre me avisan cuando alguien viene!», le dijo. Nina, qué no solo tiene una prodigiosa voz para cantar, sino también para hablar, lo convenció de que abriera.

Entramos y nos dispusimos a abordar la camioneta. Nina entonces le pidió su quepí al policía, el policía se lo dio y ella lo modeló como si de un sombrero de Coco Chanel se tratara. Lo cierto es que si Nina le hubiera pedido la pistola al policía…la pistola le habría dado el policía.

El sábado por invitación de mis amigas de “Dulcísimo Ovario”, estuve en El Hostal del Viajero, para el cierre del laboratorio Drag que ellas organizaron la semana pasada. Ambos eventos inéditos en Pachuca, tanto el experimento como la fiesta. La mejor sorpresa que me llevé fue ver familias completas que estuvieron en el lugar para ver a sus hijos convertirse en mujeres y a sus hijas en hombres.

¡Les aplaudieron a rabiar! También varias personas que no tomaron el taller llegaron vestidas como Drag Queens y Drag Kings. ¡No cabe duda que las cosas están cambiando en ésta ciudad tan reacia al avance! En otro tiempo esto sólo se podría haber hecho bajo el cobijo de la clandestinidad.

Ahí me quedó clara la diferencia entre los grupos de ultraderecha y los que abogamos por los derechos humanos de todas y de todos. Mientras la ultraderecha sólo se concibe a sí misma y quiere que las y los demás desaparezcamos, las y los progresistas estamos convencidos de que todos y todas podemos convivir con respeto, tranquilidad y paz, ¡exactamente como estuvimos éste sábado en pleno corazón de Pachuca!

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