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Hidalgo
domingo, abril 14, 2024

Sierra Gorda hidalguense: ENCONTRAR AL AUSENTE en sus montañas

Alguna vez me contaron que la Sierra Gorda Hidalguense tiene 240 millones de existencia. Mi abuelo me dijo un día que es una zona difícil de recorrer y que tiene unas montañas impresionantes. Aquello lo comprobé el 10 de abril, con fecha exacta por si alguien lee este texto.

Mi abuelo Tomás Hernández Pérez murió el 16 de septiembre de 2022. Le lloro cuando visito su tumba, pero lo busco en las carreteras de este estado porque, según sus relatos, su vida fue manejar; a los caminos les entregó sus ilusiones, su alegría, su alma…

El lunes 10 de abril, salí de Pachuca a las 5 am, a oscuras, como debe ser cuando huyes de la realidad. El Valle del Mezquital es un lugar conocido para mí, trabajé en él durante casi 2 años. Ahí amaneció. Luego entré a Zimapán, primer anuncio de que pisas terrenos de la Sierra Gorda. Creo que desde la ausencia de mi abuelo Tomás hay pocas cosas que me impresionen porque ya no puedo contarle lo que vi, escuché y sentí en los viajes, así que tenía pocas expectativas y me alegra que fuera así porque lo maravilloso lo encontramos en lo inesperado.

Cerré los ojos para no marearme en un camino repleto de curvas, pero una vez que la neblina desapareció con el transcurso de las horas, los abrí y en esa carretera encontré la paz de la que me habló tantas veces mi abuelo, mi Tomasito. ¿Cómo es posible la existencia de semejantes paisajes? Un camino anclado a las montañas verdosas, barrancos decorados con vacas y una que otra casa a lo lejos, como si de una maqueta se tratara.

La Misión y Chapulhuacán

Al llegar a La Misión, con la lluvia y neblina abrazándome, desayuné huevo con salsa del tradicional chile rayado, frijoles y café. Justo ahí recordé que mi abuelo era la única persona que todos los días, sin falta alguna, me preguntaba: “¿Ya comiste?”.

En el quiosco de Chapulhuacán, niñas y niños expusieron sus pinturas, tocaron la guitarra y bailaron folclor. Pensé en la resistencia que esto representa, infancias interesadas en actividades culturales y mejor aún, en preservar sus tradiciones.

De nuevo en la carretera experimenté la paz y me cuestioné si eso pudiera ser un premio divino, una recompensa por el dolor que te causa la muerte física (porque las hay espirituales) de alguien amado. La tristeza yo no la sentí en el sepelio sino ahora, a ratos, cuando algo o alguien me recuerda a mi abuelo. En ese momento se abre un hueco en mi estómago y pienso en su rostro dormido para siempre, y entonces lloro; a veces me aguanto, doy vuelta en la curva y descubro el poder de la naturaleza de transformar las formas de concebir esta existencia.

Pisaflores y Jacala

Sacar la cabeza por la ventana y respirar Hidalgo, en su mapa. Pisaflores es un municipio que se encuentra ubicado en la punta norte, cubierto por montañas, colindando con Querétaro y San Luis Potosí. Ahí estaba el Carnaval 2023. Vi bailar a los Viejos Carnavaleros, todos eran Don Tomás para mí. La sensación de caminar entre la algarabía de la festividad es imposible de transcribir, la plaza decorada con máscaras y puestos de elotes, el templete con letras de colores, las personas en las gradas a la espera del Pasacalles, que es el desfile de quienes participaron en el Festival Nacional de Danza. Ahí está un pueblo comprometido con la cultura.

Por la noche, rumbo a mi habitación, paré en una cabaña a pie de carretera para cenar. Conservo el rostro de alegría del señor que me atendió porque tenía “invitados”. “La comida es sagrada”, decía mi abuelo Al terminar, el anfitrión me acompañó a la puerta y me despidió en medio de la lluvia. Caminé por ese sendero oscuro, me detuve y levanté el rostro para que el agua cayera sobre él. ¿Abuelo, estás aquí? Paz. Infinita paz…

En Jacala de Ledezma me detuve a fotografiar sus letras pintorescas; pero a la derecha, justo en el centro del municipio estaba una casa color marrón con un letrero de “Se vende”. Cuánto me gustaría vivir ahí, pensé. La lluvia me impidió disfrutar más del paisaje frente a mí, montañas cubiertas por la neblina.

Pacula y el Ojo que todo lo ve

Para llegar a Pacula debes tomar un camino de terracería solitario, me advirtieron. De un momento a otro pasé de panoramas verdes y húmedos, a desiertos. Ese color inconfundible de los climas áridos y árboles sin hojas, curvas que implican cuestionarte si estarías dispuesto a entregarle tu vida a la majestuosidad de la naturaleza hidalguense. ¿Lo estás?

En el primer momento que pisé el suelo de Pacula me dejé llevar por su magia, por su orden, por su misticismo. Las calles impecables, en un muro de la plaza principal están pintados los horarios del transporte, que es poco por el camino al que la mayoría teme.

Imagen de la pequeña iglesia de Pacula. FOTO: Lorena Piedad / DESDE ABAJO MX

Pacula es misterio porque dentro de su iglesia principal, antes de poder apreciar al cristo, en la parte superior destaca el Ojo de la Providencia, conocido por la masonería como el Ojo que todo lo ve. ¿Cómo es posible tal combinación? ¿Se trata de una venganza, una imposición o de desconocimiento?

Nicolás Flores y la neblina

De Nicolás Flores me sorprendió la hospitalidad de su gente, su forma de explicarte con emoción las costumbres de su pueblo. Una niña me colgó un pan gigante, mientras me explicaron que ahí es tradición sellar pactos con ese alimento debido a que “del tamaño del pan, es el tamaño de tu compromiso”. Me tomé una foto que le habría gustado a mi ausente.

Finalmente, el recorrido hacia la realidad. Salí por una carretera que conecta a Nicolás Flores con Cardonal, antes de oscurecer. La neblina me intimidó y sentí miedo al no ver nada en la carretera, sólo a ella. Luego supe que si acaso ese fuera mi destino me quedaba el consuelo de que me reuniría con mi abuelo y me tranquilicé. Siempre tuve terror a la muerte, pero ahora él me espera.

La Sierra Gorda hidalguense me recordó a mi abuelo, a su bondad y la pasión que tenía por recorrer estos lugares. El clima frío me abrazó para hacerme entender que nunca más lo veré comer en las tardes frente al televisor ni me pedirá que le ponga al canal de las películas en blanco y negro; pero la paz que me brindaron las montañas me hizo pensar en él cuando hacía su oración de pie, con las manos unidas y los ojos cerrados; un hombre de fe que ahora puedo encontrar en la belleza de los paisajes de mi Hidalgo, en su Sierra Gorda que es misterio, es magia, es lucha, es resistencia, es pueblo, es paz, es calma ante la tormenta; es anestesia para el dolor, es amor, es mi abuelo Tomás.

Lorena Piedad
Lorena Piedad
Pachuca, 1990. Locutora y redactora. Participante de la Feria Nacional de Escritoras Mexicanas (FENALEM), edición 2022. Algunos de sus textos fueron publicados en la Antología Poéticas de los Sures Femeninos Despatriarcalizando la Poesía (Colombia, 2020) y en Voces Indómitas Primera Antología de Narrativa Breve Escrita por Mujeres (México, 2021).

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