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Dos contra el mundo: Amelia y su hija

Amelia es una mujer sensual e irreverente, o al menos así noto que la lee la mayoría de las personas que la siguen en sus redes sociales. Desde que yo la vi, me pareció que debajo de esa primera impresión había una mujer sensible e incluso tierna, no por ello carente de fuerza, pues basta mirarla con su pequeña en brazos para saber que es una luchadora.

Intuí que esa personalidad viene de la manera en que fue maternada. Lo confirmé: su madre la trató con dureza y poco afecto; era la segunda hija de tres, así que las atenciones eran principalmente para sus hermanas, con quienes, afortunadamente, hoy tiene un vínculo cercano y saludable.

Actualmente tiene 38 años y se convirtió en madre de una niña hace dos. Esto ocurrió con un compañero sexual a quien conoce desde hace siete años. La noticia tomó a ambos por sorpresa, ya que, supuestamente, una condición física de Amelia hacía imposible que quedara embarazada, razón que los convenció de que ya no era necesario usar preservativo.

Aunque le prometió no obligarlo a colaborar con la manutención, sí le pidió involucrarse de manera activa en la crianza

Ella comunicó a su pareja que deseaba continuar el embarazo. Por su parte, él dijo que no estaba listo para ser padre, cuestión que no la detuvo. A partir de entonces, las visitas de él durante el embarazo eran de un par de veces por semana hasta llegado el alumbramiento, tiempo en que se distanció de Amelia y la recién nacida para después volver de manera intermitente, ya que, aunque mi entrevistada le prometió no obligarlo a colaborar en la manutención de la niña, sí le pidió involucrarse de manera activa en la crianza.

Esto ha dificultado ejercer plenamente la maternidad, pues se ve constantemente en una encrucijada «cómodo-incómoda» dentro de dicha relación, con un hombre que actualmente le plantea la idea de tener juntos un segundo hijo a pesar de su falta de compromiso con su primera hija. Por otro lado, también ha tenido que enfrentarse a la desigualdad de género que se traduce en falta de dinero y también de tiempo para sí misma.

Llamándose idealista, ella me dice “El desde un inicio no quiso participar, es algo que hoy día no comprendo. Ignoro cuál es su mayor temor o que sucede en su vida para no estar. Pienso que quizá en un futuro, cuando mi hija quiera conocer a su padre, estará con las mejores herramientas de vida para afrontar [dicho encuentro] junto con él. También pienso que tal vez en algún momento derrumbará sus temores y será valiente para disfrutar de su paternidad”.

Pareciera que la sororidad no existe cuando te conviertes en madre

Le pregunto si tiene una red de apoyo y me dice que sí: su familia y algunas amigas, aunque las dos horas de distancia a las que se encuentra su familia imposibilitan que acudan a ayudarla a menudo. Hago una pregunta más, sabiendo que ella es activista: ¿Y las compañeras feministas de ésta ciudad (Pachuca)? Amelia me responde: “Curiosamente cuando nació mi hija, ya no las vi. Pareciera que no existe la sororidad cuando te conviertes en madre, o yo no la vi. Recuerdo bien estaba en una reunión con mujeres feministas del estado y con las más cercanas compartí que tenía tres meses de embarazo aproximadamente y lo primero que hicieron fue preguntarme por el padre; que dónde estaba y si se haría responsable. Me sentí mal, no cobijada por el gremio. Su respuesta es la que menos esperaba; me sentí juzgada y rechazada. En ese momento decidí estar sola y tomarme un tiempo para disfrutar mi embarazo. Tiempo después conocí a una gran mujer en quien me he apoyado mucho”.

Agrega que tiempo después se sumaron a su vida más mujeres, colegas de su trabajo, que en la medida de sus posibilidades le ofrecen apoyo. Esto ha permitido salir adelante en el intento de culminar su licenciatura, trabajar e incluso para mantenerse fuerte tras ser discriminada por personal de una institución gubernamental dedicada a brindar atención a mujeres, quienes la hostigaron constantemente desde que supieron que estaba embarazada.

Se le dificulta hallar espacios donde la gente no la violente con todo tipo de comentarios respecto a su hija

Otro de los obstáculos que Amelia ha encontrado para integrarse a la sociedad siendo madre es el adultocentrismo. Me cuenta que se le dificulta hallar espacios públicos seguros y donde la gente no la violente con todo tipo de comentarios respecto a su hija sólo porque es una niña inquieta y  activa, o sea normal, pienso yo.

Le pido que me cuente qué es lo que más le gusta de ser mamá. “Lo intensa que es la vida. Experimentó en un día muchas sensaciones: amor, estrés, miedo, alegría. También me descubrí valiente y con otras cualidades como la paciencia… aunque a veces sí quiero salir corriendo!”.

Dice que quiere hacer de su hija una mujer libre y amorosa, guerrera y leal, que no se deje caer y sobre todo mire la vida con alegría. Y que le gustaría mucho que construir o que existiera un grupo de mujeres feministas para apoyarse en la maternidad.

Las madres que no están casadas presentan mayor vulnerabilidad que el resto de las mujeres en tanto que cuentan con menos redes de apoyo

Según el INEGI, el porcentaje de quienes tienen al menos un hijo y que se encuentran divorciadas, solteras, separadas o viudas aumentó 5.7 por ciento en 17 años. También confirmó lo que muestra la historia de Amelia al explicar que las madres que no están casadas presentan mayor vulnerabilidad que el resto de las mujeres en tanto que cuentan con menos redes de apoyo, y que la desventaja puede hacerse mayor en las que ejercen la maternidad en edades tempranas.

Otra estadística me hace preguntarme ¡¿Por qué carajos la maternidad no es parte de la agenda del Estado ni de la agenda feminista?!: Para las mujeres de 30 años y más, la proporción de quienes han tenido al menos un hijo nacido es de 90.2%, lo que indica que el tener descendencia es un hecho que forma parte de la gran mayoría de las mujeres en México.

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