Andrés Manuel López Obrador dictó cátedra política en su tercer informe en el Zócalo.

La LÍNEA está dada: Anclarse a la IZQUIERDA, no desdibujarse


PACHUCA — López Obrador no sólo es un gobernante en turno; es un sujeto histórico. Lo que haga o deje de hacer, no obedece a cálculos políticos, como quien está pensando en el siguiente cargo. Sus decisiones parten de una raíz profunda: la historia misma. Así, cuando muchos están con los ojos puestos en la coyuntura, AMLO, desde el balcón de Palacio, lo ve todo con mirada histórica; así puede ver la plaza, sus edificios, quienes los ocupan, el camino de las personas y más allá, hasta la punta de los cerros del Valle de México. Puede ver hacia donde se dirigen los suyos y sus opositores; y puede entender cuando y por qué equivocan el rumbo.

A su voz, acudieron más de doscientas mil personas al Zócalo, junto con gobernantes de todos los Partidos políticos. Éstos pudieron atestiguar la fuerza de eso que sustenta la Presidencia de López Obrador. No son las alianzas con los poderes. No es la coacción de las fuerzas. No es el reparto de prebendas entre opositores. Su poder se halla en la gente y en lo que la gente le devuelve. Debe comprenderse de una vez por todas que no estamos frente a un político, sino ante un líder social. AMLO domina las cámaras, sí, pero sobre todo, las calles. Por eso, la simple mención de su nombre está ganando y seguirá ganando elecciones en todos los rincones del país. En todos.

Ante ese cúmulo de mentes, el Presidente trazó el camino que México ha de seguir y, sobre este, el que deberán seguir quienes a algo aspiren mientras vivamos en la era del obradorismo. Se resume así: anclarse a la izquierda, sin correrse al centro. Dijo el presidente:

«Los publicistas del periodo neoliberal, además de la risa fingida, el peinado engominado y la falsedad de la imagen, siempre recomiendan a los candidatos y gobernantes correrse al centro, es decir, quedar bien con todos. Pues no, eso es un error. El noble oficio de la política exige autenticidad y definiciones. Ser de izquierda es anclarnos en nuestros ideales y principios, no desdibujarnos, no zigzaguear».

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Y abundó en el método, como para dejárselo claro a quienes aún estuvieran confundidos:

«Si somos auténticos, si hablamos con la verdad y nos pronunciamos por los pobres y por la justicia, mantendremos identidad. Y ello puede significar simpatía, no sólo de los de abajo, sino también de la gente lúcida y humana de la clase media y alta, y con eso basta para enfrentar a las fuerzas conservadoras, a los reaccionarios».

La cosa es así: México ha parido una nueva era. Con López Obrador arribaron nuevas formas. Ahora, los discursos de las y los candidatos se centran en lo social: la pobreza, la justicia, los derechos universales. Sus postulados han permeado en el subconsciente político. Ya no se habla sólo de indicadores o de números; se habla de salud, de educación, de bienestar. Se habla de las personas. Todo el mundo en política graba sus videos recorriendo los territorios; quieren que les veamos con los zapatos sucios, comiendo en fondas, plantando arbolitos. Así, como AMLO lo ha hecho desde hace años. Porque se dan cuenta que reaccionamos a eso. Porque a eso nos ha acostumbrado el Presidente. Eso significa ser un sujeto histórico. Dentro de eso, hay futuro. Fuera de eso, hay derrota. El país cambió.

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