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martes, octubre 4, 2022

BRASIL, con LULA, a punto de salir de la PESADILLA Bolsonaro

Connecticut, EEUU. La fenomenal película de Glauber Rocha, una alegoría de Brasil, sobre todo de su región nordeste, en forma quizás más teatral que cinematográfica, mostró en el ya lejano 1964, lo que estas elecciones del 2 de octubre de 2022 enfrentan: El progreso, la civilización y la lucha contra la desigualdad, empoderando a minorías, mujeres y jóvenes; el combate a los cambios climáticos, y muchas otras tareas directamente relacionadas con la supervivencia de la humanidad. Todo eso está en juego.

Del lado de la reacción y el poder de la oligarquía, representada por el presidente Jair «M» Bolsonaro que quiere reelegirse (¿para siempre?) y perpetuar la desigualdad y la humillación de las mayorías, mientras nuestro mundo dure.

¿Que nos presenta este laureado filme? Manuel y Rosa son dos campesinos del depauperado nordeste brasileño, simbolizando al pueblo oprimido. Son explotados por los terratenientes del lugar y sus esperanzas se ven frustradas cuando el coronel para el que trabajan no le reconoce la muerte accidental de unas reses. Manuel lo mata y mata a sus guardaespaldas, mientras que su madre muere en el tiroteo.

Luego huye con su mujer y sigue al beato Sebastiao, un predicador negro que tiene engatusados a un grupo de personas pobres e incautas (quienes no han tenido oportunidad de recibir la menor educación) con la promesa de un mañana mejor en el que el sertão (la sabana yerma y seca) se convertirá en mar proveedor de riqueza y viceversa (ese viceversa del discurso cristiano: los pobres serán ricos y los ricos serán pobres, para solaz de grandes y chicos).

Sebastiao representa al mito religioso, no a la Iglesia formal, institucional. A pesar de que Sebastiao dice predicar la no violencia, termina apuñalando a un bebé para sacrificarlo. Rosa lo mata, al tiempo que llega al lugar Antonio das Mortes, un sicario pagado por la Iglesia formal y los terratenientes (el poder político y económico) para aplastar las revueltas de los campesinos. Antonio deja vivos a Manuel, Rosa y a un trovador ciego de nombre Julio. Posteriormente se unen a Corisco, un cangaçeiro (bandolero rural), que al igual que Sebastiao, les promete lo que no podrá cumplir: su emancipación.

Corisco, a diferencia de Sebastiao, trata de llevar a cabo su objetivo a través de la lucha armada. Representa la «revolución», pero caricaturizada y sin principios reales. Rebautiza a Manuel como Satanás y juntos saquean y destruyen. Antonio das Mortes, quien también va tras Corisco, le da alcance y lo mata. De esta suerte Manuel y Rosa podrán buscar juntos el tan ansiado (e improbable) mar, en la infinita, interminable sabana.

Solo algo como el Programa del Moncada en la época de Fidel Castro o los Lineamientos del PT y Lula da Silva hoy día, bien adecuados a la realidad de Brasil, los podría llevar a la orilla soñada.

Para quienes no hayan visto la obra maestra de Glauber Rocha o deseen refrescar sus memorias, pueden acceder a ella aquí:

América Latina (y Brasil como parte de la Patria Grande) es muy diferente de la Europa capitalista desarrollada donde se definió el marxismo originalmente. Cuando vemos la diferencia entre el sertão (o el altiplano boliviano, el Chaco guaraní, la Canaima venezolana, por poner otros ejemplos) con las propias urbes eurocéntricas de esos mismos países, queda evidente que no hay una regla exacta y muchos menos completa o permanente para enfrentar los inmensos problemas políticos, económicos y sociales de nuestros pueblos.

La teoría revolucionaria y el papel de la vanguardia debe ser necesariamente situacional y siempre anti- hegemónica, del lado del pueblo, para que esta teoría pueda triunfar. El ejemplo principal es Fidel Castro Ruz y su permanente contacto y dominio de la realidad.

Algo que Lula da Silva después de las titánicas vicisitudes pasadas y vencidas, entiende muy bien. El pueblo no necesita ni dioses, ni diablos, necesita líderes que lo conduzcan por la vía del progreso.

Jair Bolsonaro (y Donald Trump), ¿»Regresivismo» en la Historia?

Lula da Silva

Más allá de los símbolos Rochianos, Donald Trump y Jair Bolsonaro tienen una asombrosa cantidad de puntos en común. Uno de ellos es su mesianismo portentoso, otro la absoluta paranoia en que viven, todo lo que sucede es concebido como una conspiración contra ellos mismos (quienes son en realidad los permanentes conspiradores). No menos importante es que ambos consideran que las leyes son para los demás, en ningún caso para ellos mismos.

Bolsonaro no aceptará el resultado de la elección si es derrotado y busca movilizar desde ahora a sus partidarios para intentar repetir en Brasil un movimiento violento de fanáticos y lúmpenes, inspirado en la invasión del Capitolio de Washington por seguidores del entonces aun presidente estadounidense, el 6 de enero de 2021.

Ya se vio unos días atrás durante la celebración del bicentenario de la Independencia. La presentación de la candidatura de Bolsonaro a la reelección fue marcada por vituperios contra el Tribunales Supremo y Superior Electoral, contra el PT (Partido de los Trabajadores) y el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva y por una convocatoria a manifestaciones el 7 de septiembre (Día de la Independencia de Brasil), en una probable repetición de los actos golpistas o al menos de carácter violento ocurridos en Washington el año pasado.

Bolsonaro no va a entregar el poder de forma tranquila y respetuosa después que ocurra una muy probable derrota electoral. En eso se diferencia mucho de Iván Duque en Colombia. Además, puede terminar en la cárcel, por tantas arbitrariedades que ha cometido durante su mandato.

En el Palacio de la Alvorada (residencia oficial en Brasilia), ante unos 40 diplomáticos extranjeros, el exmilitar repitió el 18 de julio pasado sospechas sin fundamento y ya desmentidas sobre las urnas electrónicas supuestamente «hackeables» y su influencia en el proceso electivo, «curándose en salud» ante su segura derrota.

Para el derechista grupo mediático Folha do Sao Paulo, «su objetivo, esta vez, no fueron las urnas electrónicas; en lugar de invertir contra los equipos electrónicos que facilitaron la transparencia de las elecciones en las últimas décadas, el presidente dirigió sus diatribas contra el STF, órgano encargado de salvaguardar la Constitución».

Advierte Folha que «fruto de la coyuntura política y del desorden republicano provocado por Bolsonaro, la comodidad de no verse debidamente investigado debe cambiar en caso de una eventual derrota electoral», en octubre. Es decir que por sus patrañas va a pagar si pierde- como insistimos es muy probable – las elecciones.

Nada menos que el diario O Globo se posiciona en un editorial, denunciando el riesgo de un golpe militar de los bolsonaristas (partidarios del excapitán del Ejército). La agenda del jefe de Estado está aún más clara que después de las mentiras sobre las urnas electrónicas proferidas al cuerpo diplomático acreditado en Brasilia. El golpismo de Bolsonaro «es una amenaza aguda a la democracia, que necesita ser enfrentado con energía y determinación», remarca el periódico, tradicionalmente defensor de los candidatos de la oligarquía.

Uno de los problemas principales que confronta Bolsonaro en su intento Trumpiano de retener el poder a como dé lugar, es que ha perdido el apoyo de elementos críticos de la oligarquía y el establishment brasileño, como por ejemplo la cadena O Globo, del grupo Folha y otros de ese tipo.

No es solo que Bolsonaro ha perdido todo control de sí mismo, toda credibilidad y respeto hasta en sectores históricamente derechistas. Es también que huele a muerto, y los «medios canallas» no quieren cargar con cadáveres políticos.

Ya lo demostró en el primer debate televisivo del 28 de agosto pasado, donde dio un tremendo ejemplo de falta de control personal, llamando a Lula «ex- presidiario y corrupto» e insultando a los periodistas presentes al mostrar exasperación e impotencia en cada una de sus intervenciones.

Sin embargo hay una diferencia importante entre las «perretas» políticas de Trump y Bolsonaro, y es que este último tiene una influencia en las Fuerzas Armadas a la que su ídolo estadounidense no se atreve ni a soñar. Y eso hay que tenerlo muy en cuenta y estar muy alertas ante el peligro de golpe militar.

Lula ídolo de la juventud

Lula da Silva

A pesar de su edad, Lula (74) es ídolo de la juventud y se espera que reciba el voto de más del 60 por ciento de ese grupo. Esa posición de privilegio está dada por ser el portador de la esperanza, porque los jóvenes creen en su palabra, como en otras latitudes la juventud cree en Pepe Mujica, una década mayor que Lula, pero tan joven como él.

La juventud apoya a Lula, mientras que para la mayoría de esa faja etaria, Bolsonaro no es solo reaccionario, totalitario e intolerante, sino que también es visto como «careta» o «maracatú» lo que en jerga luso- brasileña quiere decir pasado de época y aferrado a formas anacrónicas de vida y conducta. Tienen razón, es al igual que Trump, un intento de «regresivismo» en la Historia.

Para los jóvenes el actual gobierno de Brasil representa un presente y un futuro sin perspectivas. Están conscientes de su poder en las elecciones de octubre, pues además de solidez y reciedumbre electoral, poseen la capacidad de influir políticamente en su entorno, en las demás generaciones. Se estima por muchos analistas que los jóvenes pueden tener un peso importante en el sufragio de este 2022 y sus resultados, a medida que tratan de imprimir su presencia en las redes sociales y en el contexto de amigos y familiares.

A lo anterior se une que, desde diferentes sectores de la sociedad, se estimula al público adolescente a obtener el título de elector, mediante el uso del derecho ciudadano a votar. Esto es importante, teniendo en cuenta que los jóvenes pueden ejercer esa prerrogativa en comicios nacionales a partir de los 16 años, una disposición prevista en la Constitución de 1988, que inscribió el voto obligatorio a partir de los 18.

Insatisfechos con el gobierno del mandatario de tendencia ultraderechista Jair Bolsonaro, los jóvenes prometen acudir a las urnas en octubre como nunca aconteció en la historia de Brasil, para ser protagonistas de las elecciones.

Pese a los intentos por colocar en el tablero electoral una llamada tercera vía de candidatos, la elección está claramente polarizada. Es: que triunfe Lula o, en su defecto, triunfará el fascismo corporizado en Bolsonaro.

Las encuestas corroboran cada vez más tal centralización entre dos actitudes políticas de extremos ideológicos, con poco espacio para una tercera propuesta. El expresidente Lula da Silva exhibe más del 45 por ciento de la preferencia, seguido de Bolsonaro, quien rebasa bastante el 30 por ciento.

Los partidos políticos, artistas, influencers y movimientos populares realizaron acciones para alentar a los jóvenes a obtener el título de elector y que pudieran votar por primera vez, mediante campañas como «mi primer voto para quitar a Bolsonaro».

Respecto a los dos candidatos favoritos y el posible voto, la jurista Allanis Dimitria de Oliveira insiste en que «la juventud brasileña siente los efectos de las crisis económica, social, política, ambiental y sanitaria, agravada aún más en el Gobierno de Bolsonaro». Todos son conscientes de que en los últimos cuatro años ha habido un empeoramiento en las condiciones de vida por la aplicación de «una agenda política ultra neoliberal, conservadora y neofascista que atraviesa nuestras vidas. ÂíSobrevivir es cada vez más difícil! Somos una generación sin perspectiva».

La frase de orden entre los jóvenes es «ÂíFora Bolsonaro!» Las encuestas indican que seis de cada 10 votantes de 16 a 24 años votarán por Lula para la presidencia. Al menos el 67 por ciento de los jóvenes desaprueba la actual administración», adicionó. En las próximas elecciones el voto joven puede ser el decisivo.

Lula da Silva dijo que «en ocasiones a la juventud se le trata como un problema, como un riesgo para la sociedad y que a los políticos les agrada cuando los jóvenes les aplauden, pero no cuando los abuchean. En una democracia participativa los jóvenes tienen mucho que decir, que contribuir y que hacer». Esa diferencia se verá en las urnas, y hablamos, para que nadie se confunda, de millones de votos.

Queriendo intimidar a la sociedad brasileña

Jair Bolsonaro está usando de la forma más destemplada el arma de la intimidación, este 7 de septiembre pasado se esperaba mucho mayor desorden y violencia. Pero el extraordinario político Lula da Silva no cayó en la trampa tendida por el fascista presidente, quien sugería que el exmandatario llamara a las calles a cientos de miles de partidarios y protagonizara un enfrentamiento de gran violencia para declarar la Ley Marcial o cualquier otro apodo para un golpe de estado, cancelar las elecciones y perpetuarse en el poder. La derrota de Bolsonaro se percibe por doquier.

Viendo todas esas imágenes del presente, «Dios y el Diablo en la tierra del sol» se muestra como una anticipación simbólica del Brasil convulso y enfrentado de hoy día. Bolsonaro sólo ofrece fanatismo retrógrado y muerte, elegido al Planalto únicamente como consecuencia del vacío electoral del 2018.

Manoel y Rosa, los personajes de Glauber Rocha que representan al pueblo humilde de Brasil, no quieren seguir corriendo por siempre sin rumbo y sin destino. Peor aún, sin tener certidumbre o un mapa mental de adónde se dirigen. Para lograrlo, se necesita de nuevo a Lula da Silva al timón, y a la vanguardia de izquierda y progresista completamente enfocada a encabezar y servir al pueblo.

Las últimas encuestas continúan favoreciendo ampliamente al gran Lula da Silva con un 44 por ciento de los votos válidos, con 13 puntos de diferencia, sobre Bolsonaro (31 por ciento de respaldo). Para una probable segunda vuelta, prevista para el 30 de octubre, Lula tiene una preferencia del 52 por ciento contra un 36 de Bolsonaro, de acuerdo con IPEC.

!El hermano pueblo brasileño no se dejará engañar!

(por José R. Oro, colaborador de Prensa Latina / Desde Abajo MX)

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