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miércoles, febrero 8, 2023

Crónica: La MARCHA de los PATA-RAJADA

Los “indios pata-rajadas” salieron a marchar. Sí, esos a quienes hace unas semanas la derecha mexicana así llamaba: “nacos”, “acarreados” y sellaba su rencor llamando al presidente López Obrador “indio de Macuspana”. La respuesta fue una movilización de un millón doscientos mil personas que colapsó a la Ciudad de México para recordarle al fascismo local que este país no tiene espacio para el odio.

Este domingo 27, AMLO convocó a lo que será una de las últimas movilizaciones de un proceso que comenzó con la marcha contra el desafuero del año 2005. En ese entonces, más de un millón de personas también tomaron las principales avenidas de la capital mexicana para repudiar el intento del entonces presidente Vicente Fox, del PAN y sus aliados del PRI, de descarrilar a López Obrador de la competencia por la presidencia del país, metiéndolo a la cárcel por el supuesto desacato de una orden judicial. Ahí surgió la consigna “¡Es un honor estar con Obrador”! que, dieciséis años después, sigue retumbando en la neuralgia del sistema político mexicano.

La gente comenzó a llegar ni bien daban las primeras horas del 27. Pero ya, a la medianoche del 26, se reportaban los primeros arribos de seguidores obradoristas al pie del Ángel de la Independencia donde, enmarcados por banderas de México y carteles con el rostro del presidente mexicano, arrancó la primera verbena con música, baile y cafecito traído en termos. Ahí pernoctaron y, al cabo de la madrugada, poco a poco fueron llegando los contingentes desde diferentes puntos de la República.

Yo llegué a las tres horas con treinta. El camión que me condujo salió a las dos de la mañana desde Pachuca.

Este soy yo al pie de la torre Bancomer. FOTO: DESDE ABAJO MX

−¿Y por qué tan temprano? −le pregunté a uno de los organizadores del viaje que concentró a pachuqueños, algunos militantes de Morena, el partido político del presidente, y otros que, como yo, quisieron asistir a modo de protesta contra el avance del fascismo.

−Esto va a colapsar −dijo−. Si queremos llegar bien han que entrar ahorita. Después vas a ver cómo se va a poner.

En efecto. Para las seis de la mañana, la mayoría, sino es que todas las entradas a la Ciudad de México estaban atiborradas de vehículos, muchos de ellos −como el mío− camiones que trasladaron a obradoristas desde cada Estado de la Republica. Así, un poco más entrada la mañana, me encontré con el contingente de Sinaloa, ubicado al noreste del país, por cierto, encabezado por su gobernador Rubén Rocha Moya, dirigente de izquierda antiguo colaborador de López Obrador. De entre el grupo, pude conversar con una mujer mayor que aguantaba el paso como cualquiera.

−¿Desde a qué hora salieron, oiga?

−Si le dijera… Nos hicimos veintidós horas de viaje y aquí andamos.

−¡Ventidos?

−Y venimos igual veintidós camiones.

Para cuando yo llegué, no éramos los primeros ni mucho menos. Ahí ya esperaba un nutrido piquete proveniente del estado de Guerrero al que poco a poco se le fueron uniendo más. Portaban sombreros de ala ancha atados con un listón desde su copa, típico de la entidad. En un momento llegó con su marcha desde el sureste su camión animador a ritmo de “¡Ahí viene el toro! ¡Ahí viene el toro!”, una quebradita famosa con la que hizo campaña la actual gobernadora del lugar, Evelyn Salgado Pineda, en alusión a su padre, Félix Salgado Macedonio, a quien así apodan. “¡Dónde está Guerrero?”, gritaba un hombre de voz gruesa al micrófono, a lo que el contingente respondía con bullas y brincos. Eran las cuatro de la madrugada pero, a juzgar por sus bríos, parecía el mediodía. Uno de los puntos más aburguesados de la avenida Reforma, a la cuesta del rascacielos del banco BBVA, con su helipuerto e iluminado de azul como las torres de Qatar y a las puertas de la llamada entrada de los leones, con sus estatuas de bronce y reja al estilo del clacisísmo francés, parecía una fiesta en la colonia Vicente Guerrero de Acapulco o en la comunidad de Los Zapotales, en Tlapa de Comonfort, en plena montaña, terruño de muchos y muchas que celebraban.

Antes de que el primer rayo de sol se asomara de entre los edificios, varias hileras de camiones y camionetas se apoderaban de las aceras del sur de la avenida. Junto a Guerrero, arribó Michoacán con cientos de personas que, en un momento se convirtieron en mil o muchos más. De sus vehículos bajaron trastos y mantas y hieleras que, en un instante, se convirtieron en un puesto callejero sobre la plancha que alberga la Estela de la Luz, escultura rectangular similar a una galleta que es monumento a la corrupción de mil trescientos millones de pesos construida por el gobierno de Felipe Calderón para conmemorar el bicentenario de la Independencia mexicana. Su fastuosidad fue tomada por el pueblo michoacano y un par de cazos, donde pronto se comenzaron a cocinar unas carnitas, sí, carnitas de cerdo, famosísima comida típica de ese estado, cuyos platos fueron repartidos para todo aquel que se acercara a degustar un taco y a seguir celebrando. Así pasaron las primeras horas entre el regocijo, el olor a carne confitada y el frío sereno del amanecer.

La marcha vista desde el monumento a la Diana Cazadora. FOTO: Claudia Sheinbaum / Facebook

Para cuando el sol salió, todo era un rio de gente. Me alejé de mi grupo con la urgencia de encontrar un baño, misión en la que nos embarcamos cientos más y no exagero. Con la quijada apretada y el paso apresurado me adentré en las calles que rodean al lujoso paseo. Eran las siete horas y pocas cosas estarían abiertas, salvo, quizá, algunas cafeterías. Pero ese perímetro rodeado de edificios y cornisas con nombres en inglés no era mi barrio donde cualquier vecino me puede dar un vaso de agua. No hay como la necesidad de orinar para recordar lo inhumano de los rascacielos. Me acordé de aquel capítulo de Los Simpson donde Homero está en Nueva York y tiene que buscar un retrete en lo alto de las torres gemelas. Pero, a diferencia de él, lo mío no era una caricatura donde sí se puede ir a un piso noventa en busca de un baño gratuito, sino una pesadilla donde estacionamientos y restaurantes hicieron su agosto. Los Starbucks, cerrados hasta las ocho y sí, con la chance de usar su baño siempre y cuando uno se gaste ochenta pesos en un café ordinario. Y si de por sí tengo una severa animadversión por esa marca debido a su explotación laboral, terminé por odiarlo más y con ganas de excretar sobre cada establecimiento de esos que yo me encuentre en un futuro, como el perro proletario que soy. Y alrededor mío, en cada lugar con un excusado abierto, colas de cincuenta o más personas esperando su turno con gestos de angustia. Otras tantas, corriendo de un sitio a otro persiguiendo la versión: “me dice Tatiana que encontró un estacionamiento a tres cuadras” y partían a las carreras en pos de la intestina esperanza. Logré ver en mi teléfono −cosa milagrosa porque, de tanta gente, la señal estaba saturada− que un restaurante llamado Los Canarios se declaraba en servicio no muy lejos de ahí. “Desayunos. Abierto ahora”, me indicaba el Google Maps. Troté (casi) muy a pesar de mi barriga hasta completar doscientos metros cuando al fin lo divisé como un oasis en medio del desierto. Unas cintas de “No pasar” cercaban la entrada del lugar. De frente, un par de guardias más gordos que yo me indicaron que se accedía por el lobby del hotel contiguo.

−Está bien −dije, consciente de que en momentos así hay que saber elegir las batallas.

Enseguida, uno de los gorilas me atajó.

−Señor, le indico: son ochocientos pesos bufet, cuatrocientos pesos el ‘brunch’.

−¿Cómo? −contesté con honesta preocupación. Quizá me estaba quedando sordo de tantas ganas de mear o era que el rugir de la multitud que me tenía aturdido.

−Ochocientos pesos el bufet, cuatrocientos el ‘brunch’. Se paga al entrar, señor −repitió el tipo muy orondo.

−¿Ochocientos pesos para pasar?

−Sí…

−¡Salaverga! Mejor me hago aquí −dije en perfecto mexicano.

Y me di media vuelta.

Reforma, que ya lucía llena, para ese momento ya estaba inundada. Entre personas que caminaban hacia todas direcciones como en un hormiguero, me abrí paso desesperado hacia la única solución que encontré. Me adentré un par de calles donde mucha gente seguía formada esperando un momento en los baños públicos, me escondí entre un árbol y un coche y apliqué la de soldadito sobre la llanta del vehículo esperando que el dueño no se apareciera y que, quienes me vieran (porque me vieron) pasaran de largo y me dejaran sacar hasta la última gota, por amor de dios.

Misión cumplida.

De regreso hacia la avenida, pudiendo mirar otra vez la vida llena de colores, ligero como papalote y orgulloso de mi poder resolutivo, encontré una masa de seres humanos llegados de cualquier lugar, literalmente Sobre la torre mayor, un contingente de Zacatecas aguardaba entre la música de banda que los acompañaba junto a uno de Sinaloa que, juntas, eran multitudes y, ambas, bailando con las tubas y brincoteando como si fuera boda. Yo tenía que volver con mi grupo que estaba a doscientos metros, allende la Estela de Luz; y debía pasar driblando cuerpos, pidiendo conpermisito, apretando algunos callos y dando caderazos a los descuidados porque aquello ya parecía metro Pantitlán a las seis de la tarde, pero al mil por ciento. Logré llegar hasta el camellón, donde el gobierno de la doctora Sheinbaum adornó con Nochebuenas, varias de las cuales ya habían sido aplastadas por los imprudentes que se atravesaban brincando los bordes triangulares que lo forman. Yo no. Yo sí tuve cuidado y por eso me torcí el pie y casi doy de bruces hasta el otro lado de no ser por un compita que me atrapó son su espalda sobre la cual me agarré arañándole la playera.

−¡Perdón, carnal! ¡Perdón! −dije con algo de cinismo porque, de no ser por él, hubiera sido la burla de todo el contingente del municipio de Chalco que estaba ahí, haciendo mitote.

El presidente López Obrador abriéndose paso entre miles de seguidores. FOTO: Facebook

Para mi fortuna, aquel compita no se cayó porque, de tanta gente, pudo sostenerse contra los demás para no dar conmigo sobre el asfalto de la avenida Reforma. De tal modo, mi siguiente misión era atravesar a ese mar de mexiquenses en medio de lo cual, se supone, tendría que estar mi grupo. Seguí con la técnica de los empujoncitos y el “tantita chancecita, tantita chancecita, es que voy a pasar” para intentar abrirme paso; y sí, muchos de ellos y ellas me hicieron hueco mientras veía la “suavicrema” más cerca de mí cada vez, entre el puesto de carnitas de los michoacanos y un grupo de danzantes concheros que venían con los del Estado de México, quizá, desde San Juan Teotihuacan. Pero hubo un momento en que los cuerpos hicieron un muro y había dos opciones: vararme ahí hasta que la marcha comenzara y entonces poder moverme, o intentar salir de vuelta, justo por donde me había metido. Estaba, pues, en una arena movediza donde, de avanzar más, podía morir sin aire. Bueno, más o menos así, arrollado por la multitud. Reconocí que no podría llegar hasta mi grupo. Me limité a enviarles un mensaje para avisarles que estaría por ahí que, con la benevolencia de las masas, les vería cuando la marcha al fin avanzara.

Eran las nueve de la mañana. Mis fuerzas las ocupé para buscar un pedacito de cemento donde sentarme. Así, me acomodé en el filo del camellón, con mi mochila al frente para no aplastar las flores. Sentado ahí, vi a esos “acarreados” que mencionó la derecha golpista. De hecho, esa misma gente hizo suyo el insulto y levantó pancartas ironizando con la acusación. “Aquí están los millones de acarreados”, decía una. Y había grupos que coreaban: “No somos acarreados, venimos por convicción”. ¿Pudo haber entre todos ellos alguien obligado a ir? Seguro. Quizá las bandas musicales estaban ahí bajo contrato, amenizando los bailes que se combinaban con la marcha. A la mejor el de la tuba ya quería irse a su casa; o el de la tambora que giraba al ritmo del Sinaloense jamás tuvo pensado estar en una marcha de apoyo a López Obrador. Y, sin embargo, ahí estaban, haciéndose uno con el río guinda que se vertía desde el Auditorio Nacional hasta el Zócalo. Me tocó ver una comparsa de la Huasteca hidalguense, ataviados de diablos, bailando con el chuntata-chuntata de la banda de viento. Me tocó ver a los Chinelos de Morelos, destellando colores y texturas. También vi unos Tlacololeros de Guerrero, estremeciendo el espacio con los sonidos de trueno que blandían con sus látigos, a punto de reventar los tímpanos e infundiendo miedo. Y vi una batucada mexiquense, acompañada de zanqueros de Ecatepec, haciendo un carnaval seguidos de un cerdo gigante con esmoquin y la frase: “El INE es una porquería”. Pensé: ¡Cuántos grupos tradicionales! Esto sólo pasa en la izquierda. Me tocó ver, pues, que el fascismo no baila, manipula; no danza, escupe; no marcha, odia.

Escena del contingente de Michoacán. FOTO: Claudia Sheinbaum / Facebook

Como al mediodía, luego de siete horas de espera, al fin, los contingentes comenzaron a avanzar. Dicen que a esa hora López Obrador había arribado al Ángel de la Independencia, donde tenía lugar la avanzada. Así fue que el millón y medio de personas congregadas arrancamos hacia el Zócalo. Al notar esto, me paré de mi sitio y orillé el cansancio de mis pies del otro lado del camellón de Reforma donde, se supone, mi grupo pasaría en algún momento detrás de los de Michoacán. Y mientras esperaba que eso ocurriera, miré los pasos de la gente andar como golpe de olas. Una señora, con un cartel de metro y medio consignaba: “Soy acarreada. Me pagan con un presidente que sí trabaja”, franqueando con tal paradoja la burla de la oposición.  Fueron andando lentos, lentos, como en un domingo de tianguis. Con casi el mismo alboroto, pero más, que no de venta y marchantes, sino de lucha y alegrías, con varias mentadas contra el presidente del Instituto Nacional Electoral, Lorenzo Córdova, supuesto árbitro democrático que se ha convertido en un opositor más a la llamada “cuarta transformación”.

Al fin vi a quienes venían conmigo, horas antes de perderme entre la muchedumbre republicana. Nos topamos y nos abrazamos mediante carcajadas de alivio.

−¡Dónde te habías metido, Beto?

−Pues aquí estaba, pero no pude pasar.

−Hay un chingo de gente, ¿no?

−Un chingo y qué bueno.

−¡Vamos, pues!

Avanzamos con el mismo paso lento de la marea. Un par de metros y alto. Otro tanto y a detenerse de nuevo en el océano obradorista. Atrás de nuestro pequeño contingente pachuqueño, marchaban unos guerrerenses: “Aquí estamos los pata-rajadas ¡Presentes!”.

Luis Alberto Rodríguez Ángeles
Luis Alberto Rodríguez Ángeleshttp://rodriguezangeles.com/
Periodista y escritor. Premio Nacional de Periodismo en derechos humanos "Gilberto Rincón Gallardo" 2009. Doctorante en Investigación y Creación Literaria por Casa Lamm.

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