La prestigiada Ediciones ERA que hizo famoso a José Emilio Pacheco y a Carlos Fuentes anunció su fin, prácticamente. En tanto, el debate es: ¿Es que el público mexicano no lee o es que la industria editorial es un viejo rancio que bebe whisky con refresco de manzana?
Antes de empezar, un descargo de responsabilidad: Femboy es un término moderno relacionado a una práctica del travestismo en la cual un varón personifica a un carácter femenino de ficción con objetivos lúdicos. Su práctica está catalogada como una expresión de género válida dentro de la diversidad sexogenérica. La utilización de esta palabra dentro del presente ensayo obedece a una cita textual, la cual ironiza, desde un punto de vista diverso, con la decadencia de una famosa compañía con reconocidos signos machistas. El autor reconoce y respeta la presencia de la comunidad Femboy dentro del espectro de las expresiones de género y rechaza rotundamente su instrumentalización.
Ahora sí:
La prestigiada editorial mexicana Ediciones ERA anunció que reduciría sus operaciones “al mínimo”, lo cual significa que ha publicado el adelanto de su propia esquela.
De inmediato, muchas personas en el mundillo cultural y literario salieron a rasgarse las vestiduras: “¡Ay, Ediciones Era, los libros se están muriendo!”.
Algunas culparon al público, que porque no leemos.
Otras, culparon al mercado, al TikTok y hasta a la inteligencia artificial.
Y no faltaron quienes le echaron la culpa a Claudia Sheinbaum y clamaron, otra vez, por una “política pública destinada al fomento editorial” que no es más que una petición de exención de impuestos porque “es que hacemos libros, wey”, como si editar publicaciones fuera más importante que fabricar pan y, por tanto, merecedor per se del privilegio de ganar dinero sin rendirle cuentas al fisco.
Mucha lagrimita de cocodrilo.
Algunas voces, un poco más sensatas, recordaron que ERA ―la editorial de cabecera de José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska y Carlos Fuentes― se olvidó del público joven, tanto, que hace muchos años dejó de publicar a nuevos talentos.
Al tiempo, falló en alimentar a la gallina que le daba los huevos de oro: La obra de José Emilio Pacheco, la cual, dicen, ya no supo vender y tampoco le interesó crear nuevas y atractivas ediciones. ¿Será?
Y si eso es cierto, pues qué gacho. Es como si un maestro albañil nomás quisiera levantar casas con puro ladrillo rojo, negándose a usar materiales actuales y convenientes como el bioconcreto.
Ah, ¿eso significa que el ladrillo rojo dejó de servir? No, pero cierto es que ya muy pocas, poquísimas, personas son las que la usan o la solicitan. Es más, debajo de ellas nada más están quienes usaron (así, en pasado) el adobe.
Parece que ERA se equivocó de era (risas pregrabadas).
En su defensa y para hacerle más justicia a la realidad, este es un mal de casi toda la industria cultural.
No es que esto sea el gran secreto, tesoro encriptado del pueblo Asirio por fin revelado; de ninguna manera.
Es que se trata del fin de la cultura masiva. Se trata de la aplastante verdad de la cultura de nichos.
Al respecto, una vez le pregunté al reconocido guitarrista César Huesca si el rock había muerto. Tajante, me dijo que no y casi me escupe un “qué pregunta tan estúpida” con su negativa, lo cual pude tener merecido. En realidad, me dijo, el rock no ha muerto, pero es verdad que ya no se escucha en la radio y ha dejado de ser un elemento del mass media. O sea, que yo extrañe a Radio Activo no significa que no se haga rock; significa que cambió de lugar. Oh, demoledora verdad: Significa que yo ya no soy el público del rock, si es que, para escuchar a Caifanes, tengo que sintonizar El Fonógrafo (historia verídica).
El rock se volvió de nicho. De la misma manera, hacer libros dejó de ser una industria dirigida a grandes públicos.
Y no porque “la gente no lee” como algunos quieren hacernos creer. Esa mentira la vengo escuchando desde niño: “Es que el mexicano no le gusta leer”. ¡No mames, Enrique! Que al obrero no le interese leer tu poemario sobre chaquetearte en los baños de un Soriana y de cuánto te mama el Bacardí, no significa que no lea, no pueda leer o no tenga el hábito de la lectura.
Otra mentira: “Es que el mexicano sí lee, el problema es que lee basura”.
¡Mentira, Raquel! Lo que pasa es que el TVNotas cuenta mejores chismes que tu novela sobre una morra alternativa-pseudobajobarriera que cuenta historias inverosímiles y clichés sobre el narcomenudeo.
No se dan cuenta de que esas ínfulas de alta cultura alejan cada vez más a Coral Bracho del público y lo acercan más a Karime Pintder.
Y no es casual. Al fin y al cabo, la banda conecta más con La Más Draga que con Ediciones ERA.
Pero la culpa no es de la cultura; la culpa es de quienes no se interesan realmente en ella.
Mi youtuber favorito Blake Jennings lo ejemplificó de la manera más incorrecta pero acertada posible, aludiendo a la decadencia de la cadena de restaurantes Hooters, ese símbolo del hombre blanco semiheterosexual: “Hooters, escúchenme: Aún pueden salir de la bancarrota. Hagan un Hooters compuesto enteramente por femboys y lesbianas que podrían destrozarte. Sería literalmente como imprimir dinero”.
O sea, cambien, dejen atrás su tradición anacrónica e irrelevante; el dinero está con otro público; adáptense o mueran, cretinos. ¡Genio!
El mundo occidental se transformó. Las generaciones a las que por muchos años miramos por encima del hombro, han tomado el control de la cultura y no lo vimos o no quisimos verlo venir. Luego entonces, aquí ya no hay lugar para viejos rancios que desprecian a la chaviza mientras ahogan en rabia sus deseos. En estos días ya pueden salir libremente del clóset ¡y no quieren darse cuenta!
Un momento. ¿Acaso estoy comparando el fin de la editorial de José Revueltas con la decadencia de un viejo panista y closetero?
¡Sacrilegio! Ediciones ERA fue la tribuna del pensamiento de izquierda, me dirían.
Es cierto. Pero otra cosa también es cierta: Si los monopolios editoriales y Enrique Krauze se encontraran en el bar del Sanborns, ambos pedirían un Chivas Regal campechano de manzanita con tehuacán y pasarían la tarde quejándose de que al público mexicano no le interesan los libros, que si el TikTok hace estúpida a la gente, que Donald Trump tiene un punto y que en esta vida ya no se puede decir nada porque la “cultura de la cancelación” está cabrona.
¿Cómo alguien así va a entender la cultura del 2026, llena de lesbianas fabulosas, trans antifas y batallas de farmear aura? ¡Cómo se nota que nunca han leído La rata con thinner!
Pero, para que no se diga que estoy escribiendo desde un púlpito, esto es lo que yo haría para salvar a Ediciones ERA:
De inmediato le daría un contrato a Anne Feta “Drag Poeta” y le llevaría presentar su poemario a todos los puestos de miches de La Lagunilla, mientras un DJ mezcla unas rolas para fondear su spokenword con otres poetas invitades. Pero no sólo eso, también le rentaría el salón Dostoievsky de la Casa Lamm para que haga una lectura comentada, a ver si la academia le aprendemos algo. Todo, mientras no dejo morir mi catálogo de José Emilio Pacheco editando nuevas obras en pasta dura y portadillas en vegetal de alto gramaje para apantallar a los Leo Zuckerman de Latinoamérica y, entonces sí, nunca anunciar que me veo obligado a renunciar mis operaciones al mínimo y dejar a la gente sin chamba.
Quizá sea demasiado tarde para ERA, pero aún hay tiempo para muchas editoriales.


