Infanticidio: el caso de Fátima

Son pocas las activistas feministas que ponen a las criaturas al centro, una de ellas es Alicia Murillo Ruiz, sevillana, música, comediante, estudiante de teología y también madre biológica y de acogida, quien señala con firmeza y elocuencia que es necesario dejar de categorizar como violencia de género la violencia infanticida.

En uno de sus post de julio del año pasado, la activista escribió: “Llamar violencia de género a un infanticidio es tan absurdo como si cada vez que mataran a una mujer dijéramos que es violencia infantil porque sus criaturas quedaron huérfanas”.

En estos días, pienso en Fátima, la pequeña cuya historia circula por cientos de medios oficiales, perfiles y páginas de Facebook. Efectivamente, no fue asesinada por su ropa, ni por salir de noche sola, ni por beber, pretextos clásicos de la sociedad mexicana para justificar los feminicidios. ¡Claro! ¡Porque era una niña y como tal, no comparte dichas características identitarias con sus congéneres adultas! Por ello, tratar dicho caso como violencia de género contribuye a negar la identidad de las niñas en favor de otras: las mujeres adultas, como ha señalado Alicia en otros casos en que se distorsiona el uso de las categorías de la violencia.

Es un señalamiento interesante para quienes consideramos que son las niñas y niños quienes deberían estar al centro y su identidad reconocida como la de cualquier ser humano completo, no como un proyecto de adulto(a).

Urgente la categoría infanticidio y reconocer en qué casos se ha sido cómplice de personas como quienes acabaron con la vida de Fátima. Esto incluye cuestionarse desde las «bromitas» de desprecio hacia niñas y niños, disfrazándolas de liberación de las mujeres o de independiencia.

Para mí, el feminismo será antiadultocenstrista o no será.

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