La gente está HARTA y sólo quiere VOLVER a VIVIR


Sobre el rostro de Manuel escurría angustia. Lo amainaba el intenso calor de mediodía, sí, pero más que eso, la desesperación. Llegó solo al centro de abasto de oxígeno implementado por el Ayuntamiento de Mineral de la Reforma buscando un alivio. “Me dijo mi sobrino que aquí ayudaban. Vengo consiguiendo un tanque. ¿Sabes en cuanto los están dando? Treinta kilos. ¿Quién tiene treinta mil pesos ahorita?. Nomás los pinches políticos”, dijo al reportero mientras esperaba su turno en la pequeña fila para tramitar el beneficio.

Sacó su INE de la cartera. Nombre, edad, domicilio. ¿Cuántos pacientes tiene? ¿Es su familiar? Todas las respuestas van a la libreta. Ojalá y de esto se sacaran estadísticas. En Hidalgo no sabemos cuántos enfermos por COVID hay en casa. Se cuentan sí, quienes acuden al centro de salud; y de ahí, los muertos y los recuperados. Todos esos datos los tiene el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias. ¿Pero quiénes son los que aquí vienen? ¿A qué se dedican? ¿A quiénes cuidan? Son vecinos. Todos, pobres. En esta fila no se asoma ningún poderoso, ningún rico en Suburban de un millón.

Quienes aquí están llegaron a pie y a pie se van, cargando entre uno o dos el cilindro que pesa lo mismo que la sombra de la muerte. O llegan como Manuel, en un destartalado tsuru rojo dentro del cual se hace caber el tanque de uno sesenta metros y cien kilos completos. Es como cargarse a sí mismo, más el peso de la angustia que ya perla su rostro y su cuello. “Te ayudo mai”, le dice uno que a paso corto se arrima a ayudarlo. El cubrebocas le cuelga por debajo de su lugar, lo mismo que el pantalón. No importa; la solidaridad es el más apreciado de los modos. Y lo logran. Chocan las manos, aunque no deberían. Harta, la gente sólo quiere vivir.

Mientras, ya se asoma la primavera. A ver si con su llegada florecen esperanzas en este paraje semiseco de la comarca minera. “¿Cómo la ve? ¿Pará cuándo cree que acabe esto?”, me pregunta Manuel. Ojalá supiera. Alrededor sólo hay cuerpos que sienten el tiempo como pasando por la boquilla de un reloj de arena.

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