Infancia

El jueves pasado celebramos el primer “Tiempo de cosecha” del Semillero Creativo de Pachuca, en la colonia La Raza. Dicho Semillero es uno de los ejes que conforman el programa Cultura Comunitaria de Gobierno Federal, que se implementa desde este año en diversos municipios del país.

Aquí en Pachuca somos la artista visual Nayeli Velázquez Garnica y yo quienes estamos al frente, en un Centro de Desarrollo Infantil cedido temporalmente por Nueva Vida A.C.

Cartel oficial para invitar al «Tiempo de cosecha»

El día del “Tiempo de cosecha” las madres y padres de familia de las niñas, niños y adolescentes que asisten al Semillero, acudieron temprano para montar tres carpas y un par de lonas en la cancha de la calle Ignacio Pavón, recientemente enmarcada con frases pintadas que invitan a la lectura.

A las 14:00 horas arribó El Son de Kalunga, banda pachuqueña que amenizaría el evento; también llegó Mundo Espinosa, quien presentaría la obra de teatro unipersonal El insoportable. Cuando dieron las 15:00 horas, se veía caminar a las madres calle abajo cargando recipientes con guisados, y niñas y niños comenzaron a llenar la cancha con sus risas y el clásico juego de las correteadas.

Después de un breve discurso, cortamos el listón amarillo para inaugurar nuestro evento. Con algunos covers de música mexicana de fondo, todos recorrieron la exposición de los trabajos elaborados por ambos grupos del Semillero (uno es de niñas y niños y otro de adolescentes).

Libros elaborados por niñas, niños y adolescentes

Posteriormente, Mundo Espinosa cautivó con el inicio lleno de energía de El insoportable. Cuarenta minutos después, la lluvia hizo su aparición, pero esto no fue impedimento para acarrear los alimentos del Centro a la cancha.

El Son de Kalunga inició su segunda tanda, invitando a niñas y niños a pasar al frente y tocar algún instrumento musical. Esto les encantó y participaron con entusiasmo. Mientras tanto, una fila de gente del Semillero y ajena a él, comenzó a formarse para probar algunos de los guisados que prepararon las madres. Incluso un par de indigentes con problemas de alcoholismo se acercaron al evento. Estábamos alerta, sin embargo, no causaron ningún problema. Tomaron algunos alimentos y permanecieron a un costado del escenario mientras la banda tocaba.

Comunidad de La Raza

El día terminó con las niñas, niños y adolescentes sonrientes que, sin embargo, esperaban un poco más de todo. Eso intentamos brindar quienes dirigimos este Semillero situado en una zona vulnerable y es también lo que esperamos de políticos y autoridades de cultura en Hidalgo: un poco más.

Este Semillero requiere de nuestro esfuerzo para fortalecer la habilidad de lecto-escritura de casi 30 niñas, niños y adolescentes; necesita más materiales, necesita más personas que suban hasta allá para acercar el arte a la población y hacer valer sus derechos culturales. Sobre todo, este Semillero necesita oídos y puertas abiertas de quienes se encuentran en una posición privilegiada, porque la gente de La Raza tiene mucho qué decir y mucho talento que impulsar.

[Advertencia: El contenido de este artículo puede contener spoilers]

Hoy es el Día de la Salud Mental y mi querida amiga y colega Ana Lara, abogada, me pidió compartir este escrito donde reflexiona en torno a la película del Joker y el caso de nuestra tercera integrante en la Colectiva que el mes pasado mató a su hijo en condición de autismo. Espero que su texto llegue a las instancias procuradoras de justicia y a la sociedad en general. Adelante.

Dos de las frases que tiene el Joker anotadas en su libreta son: «La peor parte de tener una enfermedad mental es que la gente actúa como si no la tuvieras¨ y «Espero que mi muerte tenga más sentido que mi vida».

Recientemente, una amiga mató a su hijo en condición de autismo, que también había sido diagnosticado con esquizofrenia y estaba en tratamiento con un medicamento antipsicótico.

Ambos habían padecido toda la problemática del rechazo social que implicaba la condición de autismo del adolescente, el cual, después de quince años de cuidados, creció hasta alcanzar una altura de 1.70 metros y una fuerza inusitada, y también desarrolló una esquizofrenia que se traducía en conductas violentas que descargaba sobre la madre, durante las cuales, ella se protegía como mejor podía hasta que paraban.

Una semana antes del trágico desenlace, el adolescente la agredió en los Portales y una patrulla y policías de seguridad pública llegaron y pretendieron detener al menor, ella no lo permitió. -¡Ya se a calmar, ya se va a calmar!––les dijo. Y aguantó y esperó a que se calmara.

En ese momento supo que había quedado rebasada para el cuidado y atención del chico y acudió al único hospital psiquiátrico que hay en Hidalgo para intentar que fuera recibido.

A ella no la evaluaron, estaba en un estado que se llama “colapso del cuidador primario”

Lo revisaron y le dijeron que no lo podían ingresar.  A ella no la evaluaron, estaba en un estado que se llama “colapso del cuidador primario”, enfermedad reconocida por la Organización Mundial de la Salud y el Sistema de Salud en México, es decir, al límite de sus fuerzas para poder seguir atendiéndolo.

Un crimen que pudo evitarse si las instituciones hubieran actuado, pero efectivamente, como se muestra en un diálogo de la película en donde le avisan al Joker que cierran el centro de ayuda social, las personas como el hijo de mi amiga que tienen “condiciones mentales” no les importan, y tampoco las de quienes los cuidan, que en su mayoría son mujeres y madres.

¿Saben que únicamente existen 33 hospitales psiquiátricos de acuerdo al Informe de Salud Mental en México? En Hidalgo solo hay uno y está rebasado, al igual que su personal.

La escuela a la que asistía el chico le avisó que ya no podía llevarlo porque sus conductas agresivas ponían en riesgo a los niños y niñas más pequeños.

¿Recuerdan todas las escenas de violencia en la película?

En el trabajo la corrieron porque faltaba mucho, las crisis se agudizaron y ella se quedó para atenderlo cada vez que se presentaron.

Recuerdo un día en que le llegó un video de la escuela; el adolescente, si no mal recuerdo, pudo con dificultad y frente a una imagen de una ardilla decir “Es una ardilla, vive en un árbol y come avellanas”. Ella se soltó a llorar, lo había preparado durante meses para esa clase final.

También recuerdo que hace cerca de un año me dijo que no podría trabajar más con la Colectiva, porque las crisis del hijo iban en aumento y ya no podía llevarlo a la escuela.

Ella ha sido etiquetada y enjuiciada socialmente y por los medios de comunicación como mala madre.

Mi amiga fue imputada por homicidio calificado agravado por instituciones que no saben de perspectiva de género y de infancias en condiciones de trastorno mental

La última crisis fue muy severa. Mi amiga fue imputada por homicidio calificado agravado por instituciones que no saben de perspectiva de género y de infancias en condiciones de trastorno mental, las que nunca le auxiliaron en la atención del adolescente y le negaron la ayuda en el momento más crítico, en lugar de apoyarla.

Mi amiga y su hijo fueron víctimas propiciatorias de un sistema y una sociedad que tiene mucho que aprender sobre empatía y enfermedades mentales y su manejo, y que sin importar esta deficiencia, acusan, juzgan y condenan.

Solo deseo que el juez o jueza que vaya a dictaminar su caso, haya visto la película de “El Joker” y entienda las frases que tenía apuntadas en su libreta a la hora de sentenciar, que aplique la perspectiva de género y sepa lo mínimo sobre condiciones mentales. La única instancia que aplicó la perspectiva de género al caso, de manera temporal, fue la Procuraduría General de Justicia de Hidalgo.

Ella quedó atrapada por el sistema entre un diagnóstico que dice “Síndrome no es enfermedad. Un colapso de cuidador primario ¿qué?”

´Foto de El Heraldo de San Luis Potosí

Última parte

Denisse y Leonardo

Denisse es estudiante de posgrado en Ciencias de la Educación y madre de dos, uno de ellos Leonardo, de cuatro años, quien tiene autismo nivel 2 no verbal. Aunque cuenta con una valiosa red de apoyo integrada por padres y esposo, afirma que su hijo necesita de mucha atención.

A la edad de dos años 10 meses, la terapeuta del lenguaje de Leonardo, quien no era experta en el tema, intuyó el diagnóstico de este debido a la falta de lenguaje verbal, aunado a anomalías en su conducta.

Cuando escuchó autismo, se llenó de miedo e impotencia que se tradujo en depresión. Tardó alrededor de un año en aceptar la realidad.

Denisse cuenta que en ese momento, cuando escuchó autismo, se llenó de miedo e impotencia que se tradujo en depresión. “Sin notarlo comencé a rechazar a mi hijo limitando el tiempo que pasaba con él; cuándo note eso sentí culpa y comenzó la negación. Descartaba el diagnóstico con la falsa esperanza de que fuera solo un problema de lenguaje. Mi conducta cambió radicalmente en todos los aspectos de mi vida: me apagué. Cuando acepté mi depresión comencé con terapias alternativas. Me tomó alrededor de un año superar la depresión y ya en proceso de aceptación de la realidad, busqué un diagnóstico formal (psicológico) para mi hijo e incluirlo en terapias. Durante ese año me sentía juzgada por mis cercanos y me daba vergüenza admitir la condición de mi hijo”.

Como Leonardo no es un autista profundo, sus crisis no duran más de 10 minutos y regularmente consisten en alterarse y llorar, salvo un par de ocasiones en que se golpeó contra la pared (al notar el dolor dejó de hacerlo) y una sola vez le presionó con fuerza el cuello a Denisse.

A pesar de ello, Denisse manifiesta sentir temor ante lo incierto del desarrollo de su hijo. “Me preocupa que al crecer las crisis agraven, que yo seré más vieja y menos fuerte y él cada vez más grande y con mayor vigor. Trabajamos mucho el control emocional en casa y la terapia para prevenir este miedo”.

Cuando pregunto acerca de su estado físico y emocional como madre y cuidadora de Leonardo, Denisse me responde que vivir con un autista sin duda representa una montaña rusa de emociones que se acentúa según el día que viva tu hijo, bueno o malo.

“Por lo regular durante el día paso del amor, infinita ternura y hasta diversión de verlo crecer, desarrollarse y convivir, hasta la desesperación y rabia cuando hace cosas indebidas, ignora indicaciones o se pone necio. Pero es una constante el estado de alerta y estrés en el que se vive”, afirma.

«La forma de vida de quienes cuidan de personas en situación de autismo cambia por completo. Las madres deben adaptar sus actividades (laborales, sociales, familiares) a la condición de su hijo(a)”

Roxana, la psicoterapeuta, confirma lo que Denisse y Sara me contaron: “La forma de vida de quienes cuidan de personas en situación de autismo cambia por completo. Las madres deben adaptar sus actividades (laborales, sociales, familiares) a la condición de su hijo(a)”. Hablando de trabajo, Roxana me cuenta que las oportunidades se reducen, pues las madres “deben estar disponibles para ir a las consultas médicas, psicológicas, de terapia física, de comunicación, etcétera”, ya que el autismo no es algo que se pueda atender sólo con un psicólogo o dos,  como se pretende en el Hospital del Niño DIF en Hidalgo, que tiene un área de atención al trastorno con un consultorio donde sólo un par de  psicólogas brindan atención a todas las personas en condición de autismo del estado.

Cuando pregunto a Denisse y a Roxana acerca de las deudas de la sociedad y el Estado con las madres -y padres que también se hacen cargo-, así como con sus hijos en condición de autismo, Roxana responde sin titubear “¡Todas las deudas! A la fecha ni siquiera sabemos cuántas personas con Trastorno del Espectro Autista hay en México. Se intentó que ese reactivo se incluyera en el censo del INEGI, pero no se consiguió. La mayor parte del trabajo se ha hecho por las organizaciones civiles, que en muchos casos fueron creadas por madres y padres que no encontraron un espacio en donde atender a sus hijos(as)”.

No existen espacios adecuados y suficientes en México y mucho menos en Hidalgo que brinden atención integral para estas personas.  Las escuelas, aunque más dispuestas a ofrecer espacio para que las niñas y niños en condición de autismo puedan integrarse a la vida escolar, no poseen personal capacitado ni suficiente, “les piden como requisito a las(os) cuidadoras(es) que contraten o consigan una maestra sombra o maestro monitor para que atienda a su hijo(a), lo que implica un gasto extra”. Un dato más “a las personas con autismo solo las reciben en los niveles básicos y medio superior. ¿Qué pasa con las(os) adultas(os)? No hay espacios laborales para ellas(os). La esperanza de vida de alguien con el trastorno es el mismo al de cualquier otra persona promedio”, señala Roxana. Por otro lado, Denisse resalta que es necesaria una crítica a la educación estandarizada.

Denisse solicita programas de concienciación social respecto al tema y que antes de emitir un juicio de valor u opinión, las personas se informen.

A través de la entrevista que me brindó, Denisse pide al Estado principalmente apoyo económico y programas sociales, pues es muy costoso mantener las terapias de un autista y la mayoría de los centros son privados; las instituciones de salud públicas están saturadas y carentes de recursos. También solicita programas de concienciación social respecto al tema y que antes de emitir un juicio de valor u opinión, las personas se informen, que acepten que lo «normal» es que todos somos diferentes. Que no hay «discapacidad» sino capacidades y personalidades diferentes.

Al hablar de autocuidado, ella me cuenta que ha aprendido a darse tiempo a sí misma, ratos a solas, terapias y sobretodo mantener una actitud positiva. Así, con actitud positiva y hasta sentido del humor, intentaba mantenerse erguida día a día mi amiga, la que motivó esta pequeña investigación. En una clave coinciden ambas: la resiliencia.

En el texto que mi amiga presentó el año pasado para el foro de maternidades, ella pedía que la sociedad se educara a sí misma y no espera a que lo hicieran las madres y padres de personas con autismo. “Todos lo podemos hacer, para coexistir, por alteridad, por hacer comunidad”, escribió.

Pedía un lugar en las agendas políticas, espacios de diálogo para que el tema de los cuidados y la maternidad deje de ser un asunto que se trata de las puertas de la casa hacia adentro; pedía que la discapacidad dejara de ser una determinante para elegir si vale o no la pena vivir, sino considerarla una determinante para generar mejores condiciones de vida. Exigía a los hombres hacerse cargo de lo que por tanto años han delegado a las mujeres: la educación y los cuidados. Pedía también que los cuidados de una persona en condición de autismo no se vivieran en soledad.

El día de hoy ella sigue atrapada ahí, en la soledad. Al escuchar los testimonios de Sara y Denisse y las historias de otras, no me queda duda de que los juicios, las opiniones desde la ignorancia, la indiferencia, el abandono, la condena de mujeres como ellas y sus hijos(as) a la precariedad, el nulo acceso a servicios dignos de salud, educativos, de infraestructura son los ingredientes perfectos para una tragedia.

Me pregunto si la sociedad y el Estado tendremos el valor o por lo menos la decencia de responsabilizarnos por la parte que nos toca.

Tras conocer que mi amiga y colega afirmó en audiencia que no huiría de su responsabilidad por el crimen cometido, me pregunto si el Estado y la sociedad tendremos el valor o por lo menos la decencia de hacer lo mismo, responsabilizarnos por la parte que nos toca y que empujó a esta joven mujer no sólo a terminar con la vida de su hijo, sino a trastocar la propia.  

A diferencia de ella, nosotros estamos libres. ¿Lo merecemos? ¿Qué haremos con esa libertad?

Parte 2

Como mencioné en la primera parte de este artículo, Manuel, el hijo de Sara, fue medicado con Risperidona y Tradea. A los cuatro años de edad vivió la peor de sus crisis. Sara la relató así: “Fue una semana que pareció un infierno, así te lo digo, un infierno, porque mi hijo se autolesionaba, azotaba la cabeza, lloraba, gritaba. En un momento yo sentí mucho miedo y desesperación. Él tenía una fuerza tremenda. Lo único que pude hacer fue abrazarlo hasta que se calmó. Tuvo esta crisis a raíz de tomar esos medicamentos. Cuando hablé con el médico me dijo que estaba probando. Me dio mucho coraje y frustración. Nuestros hijos no son conejillos de indias”.

Fue una semana que pareció un infierno, así te lo digo, un infierno, porque mi hijo se autolesionaba, azotaba la cabeza, lloraba, gritaba. En un momento yo sentí mucho miedo y desesperación.

En ese tiempo, la madre de Sara le pidió dedicarle más tiempo a Manuel y asumir los cuidados; lo hizo. Cuando le pregunté cómo ha sido desde entonces, me dijo “Ha sido complicado todos los días de mi vida. Hubo algunos momentos en que me preguntaba ¿¡Por qué me tocó esto!? ¿¡Por qué tuve que vivir esto!? Te sientes con resentimiento y culpa, es una especie odio. Yo lo hice consciente y día a día lo trabajo. Ahora miro diferente a mi hijo, con amor, sabiendo que tengo que ser paciente aunque me esté quebrando porque él me necesita, yo soy su pilar”.

Cuando le pregunto si alguna vez ha perdido el control, Sara responde un poco apenada que sí. “Una vez me enojé tanto que quise pegarle a mi hijo, pero pude controlarme a tiempo. Le di alguna nalgada al darme cuenta de que era un berrinche, no mentiré. Ahora Manuel comprende cuando estoy molesta. Aún sin hablar, nos entendemos. Aprendimos juntos”.

Cuestiono si le ha hecho falta algún apoyo para ella y comenta que le gustaría que quienes cuidan de personas en condición de autismo tuvieran sostén emocional, pues no conoce ninguna institución u organización donde puedan expresarse libremente, a veces sin la culpa de sentir cansancio, coraje, frustración y hasta odio.

Le gustaría que quienes cuidan de personas en situación de autismo tuvieran sostén emocional, pues no conoce ninguna institución u organización donde puedan expresarse libremente.

Dice que lo único que puede hacer para contrarrestar dichas emociones es ir día a día, sin pensar demasiado en el futuro o lo que pasaría si le faltara a Manuel. “Aprendí, Manuel me ha enseñado eso”, agregó.

Sara envía un mensaje a quienes leen este artículo pidiéndoles sensibilidad, estar informados y ser empáticos para entender que las madres y padres de personas con condición de autismo viven todo el tiempo con niveles elevados de estrés, con cansancio físico y mental, aunque por fuera intenten sonreír. “Es como ya no saber para dónde ir. A veces quisieras tiempo para ti, libertad para hacer cosas, pero todo el tiempo estás limitada, todo el tiempo son ellos [los hijos]”.

Roxana, la psicoterapeuta que me puso en contacto con Sara, constata que gran parte de las personas que cuidan, en su mayoría mujeres, manifiestan malestares tales como angustia constante, pérdida de la memoria, dolor de cabeza, insomnio, contracturas físicas, agotamiento mental y físico. Sin embargo, me dice que no es fácil que acudan a recibir atención psicológica y/o física, ya que, aunado a la resistencia a hacerlo, su economía no se los permite y tampoco es fácil hallar quién asuma la gran responsabilidad de cuidar a un niño o niña en condición de autismo.

Gran parte de las personas que cuidan, en su mayoría mujeres, manifiestan malestares tales como angustia constante, pérdida de la memoria, dolor de cabeza, insomnio, contracturas físicas, agotamiento mental y físico.

Cuando pregunté a Roxana acerca de los padres de estas niñas y niños, ella respondió que, en su experiencia, siete de cada 10 abandonan a la familia.

Continuará…

Tomada de Womens Ministries Resources

Parte 1

La semana pasada vi cómo una de mis amigas más cercanas fue crucificada en un medio local al ser llamada “la mujer que mató a su hijo a martillazos”. Entre el cúmulo de emociones que viví y que sería largo de explicar, la que más predominó fue la de indignación ante la falta de perspectiva de género y el estilo nota roja con que retrataron a una mujer que, si bien cometió un crimen, es una persona con una historia tras ella que seguramente contribuyó a que, junto a su hijo, perdiera la vida.

Experimenté también una profunda tristeza. Me impactaron los comentarios de la nota, en su mayoría de parte de varones desconocidos que emitían juicios severos, pero también llamaron mi atención los que venían de algunas mujeres que, al parecer, comprenden lo que implica ser madre. 

Recordé a mi amiga con sus prisas, sus reflexiones, sus aprendizajes, asombro e intentos por encaminar a su hijo por si ella llegaba a faltar. Lo sostenía como una hojita de otoño que podía volverse un tornado ante el mínimo cambio de rutina o sobre estimulación en su día a día. No tenía certezas, veía postergarse sus sueños una y otra vez; el centro en torno al cual giraba su vida era él y eso, escribió, dolía incluso en el cuerpo.

No tenía certezas, veía postergarse sus sueños una y otra vez; el centro en torno al cual giraba su vida era él y eso, escribió, dolía incluso en el cuerpo.

Nos hablaba de costosos medicamentos, de la entrada de su hijo a la adolescencia, del desprecio de la gente que la obligaba a veces a guardarse o utilizar taxis para evitar el rechazo, de los cambios de domicilio de la escuela porque los gritos de las niñas y niños molestaban a los vecinos; estos cambios que a veces implicaban traslados largos y tediosos en el transporte ineficiente, no incluyente y carente de perspectiva de género de nuestra ciudad pachuqueña.

Hablaba también de buscar ingresos extra quizá vendiendo ropa de paca, de los descuentos en el trabajo por las faltas o definitivamente la pérdida del empleo, de su plan de construir desde cero una institución para personas autistas donde hubiera personal suficiente y capacitado, atención integral.

Nos contó cómo alguna vez, en una de las crisis fuertes de su hijo, se negaron a recibirlo en un hospital y ella, con sus medios, tuvo que hacerse cargo. Como él se había vuelto un riesgo para los niños más pequeños en la escuela, buscó otras opciones, una de ellas estaba fuera del estado; no quiso enviarlo porque la idea de no verlo durante mucho tiempo le parecía insoportable.

Todo lo hacía con ayuda principalmente de su madre, que cuidaba también de su padre, gravemente enfermo. El padre de su hijo no se hacía cargo desde hacía más de una década. Sin embargo, ella sostenía al niño y no sólo a él, sino que daba acompañamiento a padres y madres al otro lado del mundo que, como ella, también experimentaban continuamente soledad, desesperación, impotencia.

Yo y nuestra otra inseparable amiga le dábamos ánimos; a mí me sorprendía verla tan fuerte, tan reflexiva. Hace algunos días entendí: no supe leerla, por falta de sensibilidad, por ignorancia, ¿por comodidad? En su ponencia para el Primer foro interestatal “Madre solo hay… ¡varias!”, llevado a cabo el año pasado en el Instituto Hidalguense de las Mujeres, ella ya pedía ayuda entre líneas. No supe leerla.

En su ponencia para el Primer foro interestatal “Madre solo hay… ¡varias!”, llevado a cabo el año pasado en el Instituto Hidalguense de las Mujeres, ella ya pedía ayuda entre líneas.

Esta situación me ha llevado a posar mis ojos y oídos en las madres cuidadoras que tienen hijos con lo que la psicoterapeuta Roxana Barrera Rojas llamó “la discapacidad invisible”; por ello, contacté gracias a Roxana a un par de mujeres radicadas en Hidalgo, con la finalidad de sensibilizar-nos y mirar la historia completa. Usaré nombres ficticios a fin de proteger su identidad.

Sara y Manuel


Sara es mamá de un niño de casi ocho años llamado Manuel y vive al sur de Hidalgo. Psicóloga de profesión, tardó alrededor de dos años en conocer el diagnóstico de su hijo: autismo. Transitó por varias instituciones de salud y especialistas para realizarle diversos estudios, ya que el menor no tenía lenguaje verbal y a ojos de su familia no era más que un malcriado y tonto.

Sara me cuenta que, cuando recibió el diagnóstico, vivió una especie de duelo por las expectativas a futuro puestas en su hijo. Agregó “Tuve coraje, sentimientos de culpa, muchas emociones, pero a partir de ahí tomé otra actitud con mi niño, como evitar regañarlo o darle alguna nalgada debido a su aparente necedad. No visualizaba lo que implicaba el autismo. De lo primero que hice fue enfrentarme a la familia, pues ellos decidieron aislarnos, ya no nos tomaban en cuenta, nos hicieron a un lado. Fue un golpe muy fuerte”. 

Sara es viuda, quien era su pareja murió a los siete meses de nacido Manuel, pero se separaron cuando este tenía tres meses. Nunca recibió apoyo del padre ni de la familia de este, pero sí de su propia madre y hermana, apoyo que consistía en cuidar a Manuel para que ella pudiera trabajar e incluso en préstamos de dinero cuando no tenía a causa de los costosos análisis y medicamentos.

Otro golpe duro fue saber que Manuel debía ser medicado con Risperidona, un medicamento para tratar la esquizofrenia. Con un año y ocho meses, el pequeño sólo dormía un promedio de dos horas por cada 24, por lo cual dejó de tener avances, incluso empeoró. Sara decidió dejar su empleo; estaba desgastada físicamente debido a su trabajo de campo al centro de Hidalgo y agotada por la falta de sueño de Manuel. Tomó un empleo en una fonda cerca de su casa. La jornada era larga y pesada, pero su jefa y amiga le permitía salir cuando Manuel tenía sus consultas. 

Manuel debía ser medicado con Risperidona. Con un año y ocho meses, el pequeño sólo dormía un promedio de dos horas por cada 24, por lo cual dejó de tener avances, incluso empeoró.

Un paidopsiquiatra, cuyo nombre omitió Sara, fue quien le prescribió a Manuel la Risperidona y también Tradea (psicoestimulante para el tratamiento del trastorno por déficit de atención con hiperactividad, el síndrome de taquicardia ortostática postural y la narcolepsia). Sara cuenta que tiempo después, con cuatro años de edad, Manuel vivió la que ha sido su crisis más intensa.

Continuará…