La Colegiatura


Jimena está sentada frente a la ventana de su aula en el primer piso de la universidad privada de una ciudad pequeña. Estudia administración de empresas. Es la última clase de dos horas del turno vespertino y acaban de avisarle al grupo que la profesora no llegará, se quedó atorada en el tráfico.

 Se levanta con agilidad de la butaca jalándose la cortísima falda por los costados, sale del salón. En el pasillo va arreglándose el cabello con sus dedos llenos de anillos.

 Pasa cerca de un grupo de jóvenes a quienes miró desde lo alto del aula. Camina a paso rápido para cruzar el patio de la Uni. Sus piernas juegan con la falda guinda entallada y su blusa negra de licra que deja asomarse bastante sus pechos. Una chica no la pierde de vista, sigue su cuerpo armónico de muchacha veinteañera. Ella va con prisa, pero a la joven aún le da tiempo de mirar sus enormes ojos verdes que parecen abarcar toda su cara sin opacar nunca su boca. Un momento antes de cruzar la puerta principal, la estudiante que la observa mira cómo su rostro alegre cambia de expresión, sus enormes ojos se entornan con pesadumbre y se tuerce su boca roja, su cabello rizado se contonea al ritmo de su paso rápido.

 Ahora está sola sobre la banqueta gris y deteriorada, sus botines lo advierten sobre el cemento carcomido. ¡Otra vez se le raspó el tacón!  

 Hoy tendrá más tiempo para estar en “La Casa”, como le llaman las otras chicas. Escogerá despacio su vestuario. “Tal vez la minifalda tornasol que le regaló uno de los parroquianos y la blusa de aplicaciones de chaquira con la que, según le dicen, sube la intensidad del color de sus ojos”, va pensando mientras llega a la avenida donde abordará el microbús. Tiene que trabajar duro porque está próximo el día de pago de la colegiatura. 

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