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viernes, junio 14, 2024

La lucha de una MUJER por su DERECHO A LA SOLEDAD

Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas. ―Alejandra Pizarnik

Una mujer soltera de 32 años come sola, por primera vez, en un lugar público. Una experiencia abrumadora y enriquecedora, ninguna más que la otra.

Estoy de espaldas al paso de las personas. ¿Y si me encuentro al del ajolote? ¿O al del periódico? Ansiedad.

Pongo sobre la mesa la Obra Negra, de Emiliano Ruiz Parra, ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2016. Contiene historias abrumadoras de mujeres. Me siento con vista hacia el pasillo donde camina la gente. La mente me hace malas jugadas y me dice que todos me miran (como la canción de Gloria Trevi): «está sola». Cambio de lugar, le doy la espalda y ahora sólo veo pasar autos. Al cruzar la avenida está una plaza donde graban el monumento de Benito Juárez; nadie me ve, las personas continúan con sus vidas, como debe ser.

Respiro tres veces. Me cuesta trabajo creer que es la primera vez que como en un lugar público sola ―S O L A―, pero quien haya experimentado la codependencia sabrá el triunfo que esto representa.

Me cuesta trabajo creer que es la primera vez que como en un lugar público sola

Nosotras, las mujeres, siempre hemos tenido que acostumbrarnos a la soledad, estar con ella, ser una misma.

Dijo mi abuela que a veces no sentía tanto la ausencia eterna de mi abuelo porque «de todas formas él nunca estaba, yo siempre estaba sola en la casa».

Las solas: adolescentes con sus pensamientos; las que salen del camino establecido por su familia y emprenden el vuelo sin compañía; las madres con sus hijos, hijas; las sentenciadas por elegir no tenerlos; las casadas que no tienen un compañero de vida sino una carga; las divorciadas que prefieren la libertad, las solteras, las viudas.

Día con día luchamos por nuestro derecho a la soledad, por dejar de romantizar la compañía como sinónimo de bienestar. Atrevernos a encontrar la belleza de un asiento vacío a nuestro lado; de la ausencia de una llamada, de un mensaje, de la necesidad de sentirse completa, si hay alguien…

A los dieciséis años fui sola a un concierto en el Auditorio Nacional porque a mi madre no le alcanzó más que para un boleto, el mío. Ella y mi hermano menor me llevaron hasta las puertas de ese lugar. Estaba ansiosa por ser adulta. Error. Quería experimentar la vida adulta; estar sola en un concierto de mi banda favorita en la Ciudad de México. Es uno de los cumpleaños que más recuerdo. Entonces amé la soledad.

Luego llegué a los veinte y cancelé mi compromiso de boda porque quería saber más de la vida. Ese hombre quizá me haya perdonado por no amarlo, pero la sociedad no. ¿Cómo dejaba yo ir a un buen hombre como él? Se notaba que me amaba, me iría bien en el matrimonio. Estaba yo mal y un día me iba a arrepentir. Escuché esas y otras frases. A los veinticuatro terminé la universidad y, cuando estaba a punto de conseguir mi primer empleo, «ojalá pronto encontrara una pareja», me dijeron. “El tiempo no perdona y cuando quieras ser madre ya no vas a poder». ¿Querré?

Sobre aceptar que la soledad no es nuestra enemiga, es nuestra aliada.

La primera vez que fui sola al cine, a los veintinueve, quería salir corriendo por el pasillo. Compré palomitas y un refresco. Entré rápido a la sala para que nadie dijera: «mira, vino sola, qué triste». Me senté hasta arriba y respiré tres veces. La película comenzó a disipar el temor al juicio, el temor a la soledad, el temor al temor.

Luego, los treinta, cuando me registré para el concurso de la solterona. Así nos llaman, ¿verdad? O la otra competencia para titularme como «la quedada» por caminar lento y que se me pasara el tren. «Las personas en su condición de humanas siempre nos van a fallar, debemos aprender a soltar el miedo a la soledad», me dijeron una noche. Lloré.

Después, casi cuatro años después, estaba sola frente a una hamburguesa, una bebida de arándanos y un libro, pero nunca me sentí más libre. Este camino trata sobre aprender a luchar por la libertad. Sobre aceptar que la soledad no es nuestra enemiga, es nuestra aliada. Que nadie nos convenza de lo contrario.

Lorena Piedad
Lorena Piedad
Pachuca, 1990. Locutora y redactora. Participante de la Feria Nacional de Escritoras Mexicanas (FENALEM), edición 2022. Algunos de sus textos fueron publicados en la Antología Poéticas de los Sures Femeninos Despatriarcalizando la Poesía (Colombia, 2020) y en Voces Indómitas Primera Antología de Narrativa Breve Escrita por Mujeres (México, 2021).

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