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jueves, mayo 23, 2024

Sí, me SUCEDIÓ OTRA VEZ: ACOSO SEXUAL callejero

Sucedió otra vez. Calle Valle de Citlali, a las 8:05 de la noche. Hacía algún tiempo que no experimentaba ese peculiar temor y la inevitable impotencia, lo suficiente como para olvidar que está entre nosotras. Esta vez no llevaba tacones, ni ropa considerada “provocativa”, mi mochila color vino me cubría toda la espalda, pero ahí estaba de nuevo, acechándome.

Lo que me preocupó es que no me percaté hasta que la camioneta roja estaba justo a lado de mí. No recuerdo el rostro del hombre, estaba oscuro y sólo tengo registro de su sonrisa burlona cuando me dijo “súbete, te llevo”. Taquicardia, ganas de correr, de gritar, porque estaba a la mitad de una calle solitaria, acosada, nuevamente. Lo ignoré y caminé más rápido, mientras mis ojos trataban de buscar una piedra o algo con qué defenderme “por si acaso”. Me siguió un rato más; no volteé y se fue. Otra vez me salvé. He aprendido a mantener la firmeza en cada ocasión que me han acosado sexualmente. Así se llama.

Ya he escrito muchas veces sobre estas experiencias malditas. Me sucedió por primera vez a los cinco años en un taxi; el chófer me observó la ropa interior. Luego, a los diez en el transporte público, un adulto mayor me tocó la pierna. A los quince, un hombre se masturbó frente a mí en la ruta verde de San Antonio. A los veinticinco, un policía municipal me siguió en la patrulla por la calle Cuauhtémoc: “¿Para dónde vas? Si quieres te llevo a dónde me pidas”.

Esta vez no llevaba tacones, ni ropa considerada “provocativa”, mi mochila color vino me cubría toda la espalda, pero ahí estaba de nuevo, acechándome.

Nunca escribí nada sobre ello, hasta los 27 cuando fui agredida sexualmente a unas calles de mi casa. Un hombre, un maldito ser humano al que nunca había visto en mi vida metió su mano entre mis piernas con tal fuerza que durante ese día no pude sentarme sin sentir dolor físico y emocional. Cuando corrió, traté de alcanzarlo, pero me esperaba a unas cuadras con una camioneta blanca encendida y las puertas abiertas; eran las 8:10 de la mañana. La idea era llevarme. Tuve mucho miedo por semanas.

Luego, ese sentimiento se convirtió en coraje, en rabia, al recordar sus sonrisas burlonas. Aprendí a enfrentarme a cada hombre que se atreviera a decirme “un piropo”, porque así nombran al ACOSO SEXUAL EN LAS CALLES: “un piropo”; “¿qué tiene de malo eso?”, “ahora eso les molesta”, “así nunca nadie se te va a acercar”. A cada persona que me ha dicho eso me gustaría que experimentaran lo que he sentido cada vez que me ha sucedido.

En un autobús de Actopan hacia Pachuca, una tarde cualquiera, aproximadamente a las dos de la tarde, trataba de dormir en el trayecto cuando por alguna razón volteé hacia el otro lado del pasillo y me encontré a una Lorena de doce años arrinconada en la ventana; un hombre tenía la mano dentro de su pantalón que dejaba en evidencia que se estaba masturbando; ella estaba pasmada. Maldito. Con ese coraje guardado le hablé a la niña “¿te quieres pasar conmigo?”; “sí”, me respondió asustada. El cobarde, como era de esperarse, se cambió de lugar. “¿Te estaba molestando ese hombre?”; “sí”, dijo de nuevo. Metros adelante, el infeliz bajó del transporte y no pude decirle nada, me venció el temor. Lo lamento, niña.

A cada mujer que he conocido en mi vida en algún momento la han acosado en el transporte público y en las calles. A ti que me lees, compañera, seguramente también.

Pienso en mis sobrinas y en todas las niñas y adolescentes que esto en algún momento les sucederá (si no es que ya) y me invade la rabia al saber que no todas podrán defenderse porque el temor a que suceda “algo más” paraliza.

Los piropos son acoso sexual, las miradas lascivas son acoso sexual, el acercamiento innecesario en el transporte público es acoso sexual, y todo eso está normalizado, qué vergüenza.

Hermana que me lees, desde esta pantalla te abrazo si has sufrido acoso sexual en los espacios públicos; comprendo tu impotencia y tu miedo; no fue tu culpa, ni fue por tu vestimenta, ni por la hora en que transitabas. No provocaste a nadie con tu forma de caminar y nunca permitas que te traten de convencer de lo contrario. No estás exagerando. No tengas vergüenza de contarlo ni de nombrarlo: es ACOSO SEXUAL EN LAS CALLES.

Los espacios públicos no son seguros, las calles no lo son, el transporte público no lo es. Me sucedió otra vez. Calle Valle de Citlali, a las 8:05 de la noche.

Lorena Piedad
Lorena Piedad
Pachuca, 1990. Locutora y redactora. Participante de la Feria Nacional de Escritoras Mexicanas (FENALEM), edición 2022. Algunos de sus textos fueron publicados en la Antología Poéticas de los Sures Femeninos Despatriarcalizando la Poesía (Colombia, 2020) y en Voces Indómitas Primera Antología de Narrativa Breve Escrita por Mujeres (México, 2021).

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