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viernes, julio 19, 2024

NO HAY AGUA

Las luces de una torreta quebraron la oscuridad de mi calle con destellos que allanaron mi recámara y su quietud. Eran las diez de la noche y había escándalo en la manzana. ¿Qué diablos estaba pasando? ¿A quién mataron? ¿Por qué hay una patrulla enfrente de mi casa? Lo raro es que no había escuchado nada. Porque en este rincón de la ciudad vivimos apretados y todo se escucha, ya si alguien sufre o está gozando, lo sabemos. De manera que el año pasado, cuando asaltaron al vecino propietario de una pequeña fábrica de costura, la detonación de un revólver se oyó hasta las zotehuelas. ¿Y ahora? Nada. Como buen vecino preocupado (y ávido de chisme) me asomé a la banqueta. Lo que supuse que era una patrulla, resultó ser una pipa de agua que, a esas horas que no son de dios, estaba rellenando los tinacos de mi vecina de enfrente.

«Hace tres días que no cae agua», me dijo cuando me acerqué discretamente hasta su puerta para preguntar desinteresadamente si necesitaba ayuda. ¿Tres días? ¿Cómo no me di cuenta? Claro, tengo mi tinaco y al parecer no me baño lo suficiente. Eso o más bien ocurre que la vecina tiene un local y renta tres cuartos en su domicilio y, claro, el agua le escasea mucho más rápido. Pero eso no pasaba. Es la primera vez que la veo llamando a una pipa tan tarde, o sea que casi era la media noche y el borbotear de la bomba de agua seguía y seguía. No me aguanté y subí a ver mi tambo. Estaba casi vacío, por debajo del último cuarto de su capacidad. Es un recipiente de mil ochocientos litros. Al asomarme escuché el eco de mi respiración dentro de su oscura inmensidad. Para estar así debieron pasar, en efecto, al menos tres días sin agua corriente. Y no lo noté por la mañana que hice desayuno, lavé trates y me duché. Despreocupado e ignorante de la tragedia que me acechaba. Salí de nuevo a la calle para encontrarme con el chofer de la pipa y negociar que también llenaran mi tinaco. Rogué con mi recibo de agua pagado y lo conseguí.

Esa noche dormí preocupado. Claro que antes había dejado de caer agua desde la llave de paso; pero era la primera vez que me sentía obligado a ayudarme de una pipa, que, si lo pienso bien, es un servicio de emergencia; una especie de ambulancia de agua; una intervención extraordinaria antes de que todo colapse. Pronto se acercaron más vecinos y vecinas. La pipa surtió dos o tres tandeos más. A la mañana siguiente llegaron otras y sirvieron agua en toda la cuadra. Por ese día quedamos bien. Pero en el ambiente que rodea este camino barrial de asfalto quebrado y basura abandonada, quedó la certeza de que, más pronto que tarde, nos volverá a ocurrir. Y de aquí para siempre.

Luis Rodríguez Ángeles
Luis Rodríguez Ángeleshttp://wixorodriguez.com/
Periodista y escritor. Premio Nacional de Periodismo en derechos humanos "Gilberto Rincón Gallardo" 2009. Doctorante en Investigación y Creación Literaria por Casa Lamm.

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